La ciencia y sus verdugos

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    La ciencia ha alcanzado tanto prestigio, que basta con pronunciar su nombre para que una disputa llegue a feliz término. Podría decirse que ocupa el lugar que en otros momentos tuvieron los religiosos o los chamanes, a quienes les bastaba con evocar los orígenes de su sabiduría para que sus seguidores aceptaran con obediencia y resignación sus pronunciamientos.
    La ciencia es el gran invento de los hombres, que tiene entre sus principales propósitos satisfacer las inquietudes intelectuales de la humanidad de una manera coherente, demostrable, compartible y alejada de todo aspecto mágico. Sus orígenes podemos rastrearlos hace más de dos mil años, pero su consolidación y manifestación más acabada no tiene más de cuatrocientos años; sin olvidar un largo periodo de estancamiento promovido por el retorno del autoritarismo religioso durante la Edad Media.
    La ciencia podemos definirla a partir de sus métodos, sus creadores, sus productos y sus historias particulares, pero, sin lugar a dudas, la manifestación más característica es la búsqueda del conocimiento racional.
    Decir que la ciencia busca conocimientos puede ser motivo de disputas, ya que podría objetarse el hecho de que el ciudadano común, sin necesidad de ser científico, también busca conocimientos. En este sentido, valdría la pena agregar que a través de la ciencia se intenta satisfacer sólo aquellos conocimientos que resultan accesibles al entendimiento humano y no se encuentran motivados por el sentido común o por alguna inclinación ajena a la propia pretensión de buscar un saber (a pesar de que el impulso de un gran número de investigaciones tiene su origen en actividades bélicas o productivas).
    Las ciencias contemporáneas tienen una ventaja sobre otras formas de procurarnos conocimientos, porque, además de ofrecer sus propuestas de una forma coherente y racional, dan la posibilidad de verificar de manera sensible sus aportaciones, gracias a sus procesos sistemáticos y ordenados, de observación y experimentación.
    Con el impulso racional y experimental, durante el siglo XIX, el saber científico ocupó el lugar de prestigio y confianza que en otros tiempos fue depositado en las especulaciones metafísicas. Con la ayuda del saber científico, también durante el siglo XIX, se consolida la tecnología, esto es, la búsqueda de satisfacción de las intenciones prácticas, pero soportadas sobre un saber racional y probado.
    A la ciencia contemporánea le ocurre lo que a José José: su voz impresiono, y después todo lo que hiciera referencia a él, parecía agradable. Hoy, a pesar de que venden más sus intimidades que sus interpretaciones, continúa siendo “El príncipe de la canción”. Lo que pretendo decir es que, montados sobre el prestigio de la ciencia han surgido intereses ajenos al saber que, respaldándose en la amplia aceptación del concepto “ciencia”, han desvirtuado sus principios y orientaciones. De manera similar, aquellas posiciones que pretenden culpar al desarrollo científico del desarrollo armamentista o el calentamiento global, descuidan el hecho de que estas desagradables consecuencias resultan de la implementación de tecnologías de manera irresponsable y no de la actividad científica. En este sentido, resulta común encontrar que vendedores, predicadores, políticos y hasta merolicos, sostienen que sus afirmaciones se avalan en la ciencia, con el fin de alcanzar un objetivo ajeno a la búsqueda del saber.
    Tres de las fuentes de mayor influencia en las creencias de un ciudadano contemporáneo son los medios de comunicación, la tecnología y la educación. A través de los medios de comunicación se ha recurrido al concepto “ciencia” con la finalidad de promover la venta de productos. En este sentido ofrecen alimentos, medicamentos, automóviles, productos de belleza o juguetes, con la promesa de satisfacer las necesidades de los consumidores, porque presumen estar respaldados científicamente. Es decir, se utiliza el concepto “ciencia” para finalidades ajenas a la búsqueda del saber, además de promover un pensamiento mágico por suponer que una palabra es suficiente para modificar la realidad.
    La tecnología tal vez se haya consolidado como un verdugo más de la ciencia al desvirtuar la noción del saber por el de utilidad. No es que me oponga al desarrollo tecnológico: lo único que me interesa apuntar es que ciencia y tecnología tienen objetivos distintos y tratar de equipararlos genera confusiones entre el público. La tecnología, como señalé arriba, busca satisfacer intenciones prácticas apoyándose en el saber científico, pero no es ciencia. Para alcanzar un propósito tecnológico no basta que los saberes se aproximen a la verdad, lo más importante es que funcione, sea aceptado y pueda utilizarse eficientemente. Por ello la imagen del científico como un sujeto creador de artefactos es una imagen engañosa de la ciencia.
    El tercer verdugo de la ciencia lo identifico en las recientes tendencias educativas que proclaman la pretensión de “educar para la vida”. La ciencia, que otrora fuese el pilar central de la educación, queda reducida a un conjunto de saberes anecdóticos y sólo valorados en tanto que responden al ambiguo concepto de “educar para la vida”.
    El concepto lo encuentro ambiguo por tres razones: 1. Las aspiraciones para que un individuo le dé sentido a su vida, no son transferibles. 2. Pretender indicar cómo es la vida correcta es una noción más de orden ideológico que racional y 3. Oficializar el sentido de la vida a través de programas educativos es un contrasentido para la autonomía.
    En resumen, el valor de la ciencia radica en la pretensión de alcanzar conocimientos sólidos y los procesos sobre los que soporta sus resultados, no en sus resultados por sí mismos, ni en el prestigio del concepto. Por ello las intenciones publicitarias, tecnológicas o de “educación para la vida”, que han visto en la ciencia un instrumentos para la justificación de intereses distintos a la búsqueda del saber, encabezan la lista de sus principales verdugos.

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