La Guadalajara de Mariano Otero

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    El pasado 14 de febrero oficialmente celebramos el 463 aniversario de la fundación de nuestra ciudad, cuyo nombre toma la Universidad de Guadalajara; y digo oficialmente, porque hay discusión si fue el 12, 13 o el 14. Incluso existe la curiosa tesis del arquitecto Francisco Belgodere, de que eligieron esta fecha porque es también el día de San Valentín presbítero y mártir, cumpleaños y onomástico del entonces vicepresidente, en funciones de presidente, Valentín Gómez Farías, y puesto que no faltó el barbero, para festejarlo sutilmente la fecha de fundación fue cambiada del 12 al 14.
    Discusiones académicas aparte, y ante tanta ridiculez y cursilería, como promover con bombo y platillo un beso por tu ciudad o la imposición de nombre de tramos del Periférico y calles con sus próceres partidistas Clouthier, Colosio, Fidel Velázquez, Gómez Morín, etcétera, lo cual hacen sin tener en cuenta en lo más mínimo la opinión de los habitantes de Guadalajara.
    Además de prepotentes son ignorantes de tomo y lomo, no conocen los méritos de los grandes próceres que ha dado la ciudad, o usted amable lector, ¿acaso conoce alguna calle con los nombres del literato Juan Rulfo, del científico Guillermo González Camarena, del primer cardenal mexicano José Garibi Rivera, de los arquitectos Rafael Urzúa e Ignacio Díaz Morales, del canónigo José Ruiz Medrano, del humanista Antonio Gómez Robledo o del compositor Hermilio Hernández, por mencionar solo algunos? Por supuesto, ni se moleste en buscarlas: la cultura de los políticos solo da para esquilmar a los ciudadanos y saltar al siguiente cargo.
    Es por ello que invito al lector a conocer algo de lo que escribió sobre su ciudad el gran tapatío y jurista padre del Juicio de Amparo, Mariano Otero, para continuar con lo tratado la semana pasada en este mismo espacio.
    Nació en esta ciudad el 4 de febrero de 1817. A los ocho días lo bautizaron en la parroquia del Sagrario, con los nombres de José Mariano Fausto Andrés; fueron sus padres la señora María Mestas y el doctor y catedrático de Medicina de la Real Universidad, Ignacio Otero, descendiente de los mayorazgos Porres y Baranda.
    A pesar de haber nacido de una familia de abolengo, su posición económica y en consecuencia su educación fue más bien difícil, como él mismo lo expresó en una solicitud de la plaza de escribiente de la Junta Directiva de Estudios de Jalisco:
    “Sin padres desde [la edad] de ocho años, quedé bajo los auspicios de mi hermano político [cuñado], el señor Portugal y hoy a los quince de edad, muerto él, hace un año, he quedado al abrigo de su viuda, cuya situación es tan lamentable como la mía […]”.
    Con el apoyo del canónigo José Luis Verdía y del futuro primer procurador de la República, Cipriano del Castillo, llegó a ser el gran jurista que conocemos.
    Pasemos a lo que escribió sobre Guadalajara:
    1. Un muy sentido elogio al Fraile de la calavera, que tituló Noticia biográfica del señor Alcalde obispo de Guadalajara, del 27 de julio de 1837.
    2. Una “nerviosa biografía de Guadalajara” –como expresa su biógrafo Jesús Reyes Heroles–, que tituló precisamente Guadalajara, del 10 de mayo de 1842.
    3. Una emotiva descripción del lugar de la dramática batalla de Puente de Calderón, que aconteció el 17 de enero de 1811, en la cual se decidió el destino del cura Miguel Hidalgo y de los primeros insurgentes; tituló dicho trabajo como Recuerdos de un día en el Puente de Calderón”.
    4. Dos deliciosos fragmentos literarios con los títulos “El aguacerito de Zapopan” y “Felicidad”.
    A manera de ejemplo transcribo algunos trozos de su producción.
    • Edificios de la ciudad. “Se encontraban también la Catedral, que por la grandeza de sus formas, la sencillez de su estilo y el lujo de sus adornos, ocupa uno de los primeros lugares entre las iglesias del Nuevo Mundo, y los colegios Clerical, Seminario y de San Juan. En cuanto a los establecimientos civiles, el palacio de Gobierno, el episcopal, la factoría del tabaco, la aduana y algunos edificios particulares anunciaban a un tiempo la grandeza de la capital y la sencillez de la administración civil”.
    • El fraile de la Calavera. “[…] Y en esos días [1771] la Providencia mandó a Guadalajara un genio de la beneficencia y de la caridad, uno de aquellos hombres raros, que en toda su vida no se han ocupado en otra cosa que en hacer bien, y cuya memoria ha quedado íntimamente enlazada con la historia de Guadalajara […] Así al morir el señor Alcalde pudo muy bien considerar que nos legaba la segunda ciudad de la Nueva España, porque la Guadalajara de entonces era ya en realidad la Guadalajara de hoy”.

    • Algo de lo que le inspiraba el entorno tapatío. “Un paredón, el agua que destila, y algunas yerbas… ¡Ved! ¡Aquí qué materiales tan escasos! Y sin embargo, tales como son han bastado a la naturaleza para formar con ellos una obra preciosísima. No es una escena de grandeza, como una catarata, ni de terror como una tempestad: es un cuadro risueño, movible y pintoresco, cuya vista sólo excita dulces afectos y suaves emociones” es, señores, el aguacerito de Zapopan.
    En el curso de información sobre la ciudad, el próximo 1 de marzo trataré de presentar la versión completa de estos trozos oterianos. Por hoy larga vida a Guadalajara, a pesar de sus políticos y de algunos tapatíos. Hasta entonces.