Ismael Vargas

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Ismael Vargas siempre ha hecho lo que ha querido. Para él, expresarse artísticamente es parte de su vida, como el respirar, y ésa es una de las claves de su éxito. “Todas las mañanas como los Alcohólicos Anónimos digo: ‘Por el día de hoy no voy a hacer nada que no quiera’. No considero el arte como un trabajo. Desde niño decidí que si yo tenía que trabajar, mejor me moriría. Preferiría suicidarme antes que trabajar, nunca en mi vida lo he hecho”, expresa convencido.

Para él la pintura es como hacer un espejo donde cada persona se ve. “Lo que emociona de una obra es reconocer que en el mundo no somos únicos, sino que hay gente que se emociona y llora, igual que todos, y que a todos nos atormentan, por lo general, las mismas cosas”.

Como artista se considera, en parte, producto del contexto donde le tocó vivir, lo que forma parte de la originalidad de cada creador. “Yo nací en una vecindad, por la calle Federación, atrás del Mercado de San Juan de Dios, y por lo tanto mi manera de ver es única, yo soy diferente a todos porque no hay una persona que haya nacido en el mismo lugar y en el mismo momento, no tengo un hermano gemelo”.

A sus cincuenta y tres años de trayectoria como artista plástico, el pintor tapatío habla en entrevista de sus logros, de los retos que ha enfrentado, de su percepción del arte y su próxima exposición “Redimiendo el vacío”, en el MUSA, la cual será abierta al público del 9 de septiembre de este año al 8 de enero de 2017. Estará conformada por alrededor de treinta y cuatro piezas, entre pintura, escultura, ensamble y collage. La exposición, de acuerdo al curador Ricardo Duarte, dará cuenta de los procesos del país donde está presente la imagen de la Virgen de Guadalupe, los textiles, las cerámicas de distintas regiones del país. El propósito de la exposición, dice, es hacer una revisión de lo que ha planteado en su proceso creativo en más de cinco décadas.

¿Cómo surgió en usted la vocación?
Surgió de una frustración continua, porque yo primero quería ser torero. Desde los seis o siete años mi papá me llevaba a la plaza de toros El Progreso, que estaba a una cuadra de mi casa. Recuerdo que era hermosa, y ahí practicaba, hasta que un día, la persona que manejaba el carrito con los cuernos me corneó deliberadamente y entonces dejé de desear ser torero, tenía como nueve años. Después quise ser cantante de ópera, pero no canto ni “Las mañanitas”, entonces me tuve que quedar con las ganas, aunque disfruto oyendo, soy un apasionado de la música, pero tampoco compongo, ni toco siquiera la puerta, entonces esa fue otra frustración. Hasta que a los doce años conocí a través de las cajitas de los Cerillos Clásicos de Lujo de la Central, las pinturas que reproducían. Mi papá me explicó que era una pintura, y pensé: “Yo quiero hacer esto”. Yo no sabía si tenía la capacidad y el talento requerido, pero sentía un enorme placer de hacer algo bello, y sigo intentando. A los quince años solía visitar la pequeña biblioteca del Consulado de Estados Unidos para hojear libros de arte, y decidí que eso quería hacer.

Esas fueron mis clases de pintura, en la biblioteca.

¿Cuándo hizo sus primeros cuadros?
A lo doce comencé a copiar a Leonardo Da Vinci, a los trece le hice un retrato a mi papá. Lo puse a posar, pero se quedó dormido. Entonces fue un dilema, porque con los ojos cerrados tenía miedo de que diera la sensación de que estaba muerto. No sabía si abrirle los ojos, y resultó que lo dejé con los ojos cerrados y logré que pareciera dormido. A los quince, empecé a pintar abstracto, lo que a mí se me antojaba.

¿Cuáles han sido algunos de los mayores retos como artista?
Pinto desde la década de los sesenta —me casé en los setenta—, pero mis trabajos empezaron a venderse desde 1980. Me morí de hambre durante muchos años. Uno de los más grandes retos fue la cuestión económica. Durante mucho tiempo no tuve éxito en ese aspecto, pero tuve la fortuna de casarme con una mujer maravillosa, Judith Gutiérrez (fallecida en marzo de 2003), que también era pintora, me mantuvo algunos años, hasta que empecé a vender mi trabajo.

¿Cómo ha evolucionado su arte desde los años sesenta?
Yo solía utilizar los juguetes como piezas de mis cuadros, los pegaba, pero en la década de los ochenta mi mujer y yo nos fuimos a vivir a Ecuador, y no había juguetitos. La artesanía de ese país es muy bella, pero son objetos para adultos como sombreros y guaraches, no para niños, como en México, donde tenemos jarritos y muñequitas de trapo, por lo que dejé de usar el lenguaje de los artesanos para expresarme y tuve que pintar los juguetes al óleo. Es decir, los reinventé.

¿Qué es lo que pinta Ismael Vargas?
Uno de los temas que continúo es el de la Virgen de Guadalupe. Siempre ha sido uno de mis predilectos. La Virgen es una imagen que me parece muy poderosa y toda mi vida he trabajado con ella, me sigue seduciendo, su diseño es maravilloso. Además, cuando encuentro un objeto que me gusta también trabajo con él, no tengo limitantes. Puedo usar una flor, un bodegón, y espero hacer algo creativo con esos temas.

¿Qué definición tiene de sí mismo?
Soy un pintor abstracto pero a través de la acumulación de un mismo objeto, lo que ocasiona que se pierda el contorno de éste y se convierta en abstracto.