Interesante drama curiosa comedia y fallida secuela

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Mi papá años antes de morir nos dijo a sus hijos, en un arranque de nostalgia irrebatible, que cuando muriera fuera cremado y lo enterráramos bajo la sombra de un ombú, árbol típico del campo de su país. Al morir, fue a dar a la cripta familiar de su lugar de origen, y sin embargo en mí siempre rondó la idea de robarme sus cenizas, para así cumplir con su pedido y mi (nuestra) promesa. No lo hice aún cuando casi lo hago. Apenas escribí algunos capítulos de lo que pudo ser una novela que contaría lo que pudo ser pero no fue en relación a esta anécdota. De eso me acordé hace un par de semanas, después de ver un sencillo, bonito e interesante drama, Around the Bend (EU, 2004) sobre aquello que puede o no suceder, antes, durante y después de la muerte de los de nuestra sangre. Todo comienza cuando el abuelo de una familia donde solo está el nieto y el hijo de éste, porque el hijo del abuelo lleva 30 años sin asomar la cara, por una culpa que no se cura, por un dolor que no encuentra alivio. Sin embargo, cuando el abuelo enfermo (Micheal Caine) se entera que llegó su hijo atormentado (Christopher Walken), a pesar de la reticencia (resentimiento) del nieto (Josh Lucas) aunque no del hijo de éste (Jonah Bobo), todo comienza a cambiar para una familia por un miembro desmembrada. Porque el abuelo sabe que -como diría Manolo Fábregas- lo mejor de la vida queda en familia, y aunque él esté a punto de dejar el mundo de los vivos, aún hay posibilidad de que las cosas cambien. Y él ayudará a hacerlo por medio de una de esas creativas bromas post mortem, una trampa con jiribilla fuera de lo común, el inesperado hilo conductor con el que padre, hijo y nieto volverán a reencontrarse mientras el bisnieto descubre un mundo maravilloso, el origen de su raíces y un poco más. Así, una película que parece estancarse en un solo espacio-tiempo se convierte en un road movie lleno de sentimiento, nostalgia, humor y amor fraterno sin caer nunca en el melodrama y sí con situaciones y diálogos poco comunes que hipnotizan de cabo a rabo peliculero. Una cinta que te hace sentir originalmente bien, a gusto, liberado incluso de nuestros propios, fantasmas culpas y resentimientos. De más está decir que hay un par de actores sensacionales en esta cinta, un niño actor excelente y un actor no tan poco conocido (de hecho fue o sigue siendo novio de Salma Hayek) que tiene lo suyo, y que créanlo o no me recuerda un poco bastante a Paul Newman en sus años mozos. No la verán en cartelera pero por ahí es posible rentarla o adquirirla en ese satanizado mercado pirata. Como sea, este filme me hizo entender que el pedido de mi papá tenía mucho que ver con eso que le sucede a los protagonistas: Sé que uno de mis hermanos hubiera querido jugar el juego, incluso el mío de robarme la cenizas. Siento que el mayor sea demasiado recto. Y terco.

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¿Alguna vez se les ocurrió inventar una de esas tonterías que, si chicle y pega, pueden hacerlos ricos? Por ejemplo ¿quién habrá patentado, por ejemplo, el recogedor de desechos caninos, o el chamoy en un tubo que empujas como si le produjeras pelo rico a un pelón, o esa faja quesque te quema la grasa sin mover un dedo? Digo, es lo primero que se me viene a le mente. Pero artículos como éste o más sencillos o más estúpidos se le ocurren a muchas personas en el mundo, sobre todo en el gabacho donde está lleno de estas cosas que parece no sirven para nada y sin embargo todo compran. De hecho hay quienes se dedican exclusivamente a crear ondas de este tipo y agárrense por la lluvia de dólares que les cae y solo a ellos pertenece. Ya sé, dirán que ahora de qué rollo está hablando este tipo. Y nada, es que vi una de esas comedias que pasan sin pena ni gloria, Envy (EU, 2004), dirigida por Barry Levinson y protagonizada por los muy pero muy graciosos Ben Stiller y Joe Black. En ésta, dos mejores amigos viven la típica vida pequeño burguesa norteamericana. Uno, es un realista con mejor puesto en una fábrica que hace papel de lija, el otro, es un soñador empedernido con un puesto más chafa y que todos los días cree habérsele ocurrido la gran y sin embargo estúpida idea que lo hará millonario. Filmada de una manera muy original (sobre todo el inicio y la secuencia de créditos), esta película podría parecer una estupidez absoluta, y miren que lo es (seguro fue un fiasco de taquilla), pero tiene algo que la hace entretenida, graciosa y diferente. Porque sí, resulta que el soñador le pega al gordo con una de esas tontas ideas, mientras que su mejor amigo, quien tuvo la chance de ser parte de ella pero no lo fue porque no creyó en ella, cae en eso que algunos llaman frustración, otros envidia interminable. A partir de este momento todo es una cuesta abajo sin fondo para éste y una cuesta arriba sin fin para aquél. Por ahí surgirá un personaje clave, interpretado por el camaleónico Christopher Walken, quien con su presencia hará que una guerra secreta entre dos mejores amigos comience, aunque uno de ellos no tenga idea porque está demasiado entretenido con sus juguetitos, con su mansión kitsch en barrio de pobre, con sus millones al por millón. La verdad, Envy, con toda justicia puede ser catalogado como mala, incluso muy mala, pero a mí me hico reír, me hizo reflexionar y me puso a darle rienda a la imaginación a ver si por ahí se me ocurría una de estas ideas estúpidas, innecesarias y absurdas que pueden sacarte de pobre. Hasta ahora no se me ocurrió ninguna. Ni siquiera una maquinita o una pastillita inofensiva (porque ojo, eso que puede ser una maravilla puede tener sus terribles efectos secundarios, sino pregúntenle a los personajes de esta peli dominguera pero divertida) que me haga olvidar un filme que no entiendo cómo ni por qué.

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El lado oscuro del corazón, película argentina de 1992 escrita por el surrealista y sentimental Eliseo Subiela, es una de mis cintas favoritas, de cabecera, más vistas (y sentidas) por mis ojos (mi corazón). Sé que es una cinta que muchos amaron tantos como otros más odiaron. A mí qué me importa. Porque el personaje del poeta Oliverio (Darío Grandinetti) es de esos míticos, inolvidables, únicos. La vi tantas veces como un chingo y mucho más. Ahora, después de cuatro años de su estreno, finalmente vi la segunda parte, esa secuela que muchas películas necesitan y que en otras tantas no existe ni motivo ni pretexto ni razón para quitarles el encanto de lo que fueron y punto: a otra cosa. Es serio, es un atentado continuar una historia que no lo necesitaba, como lo que hicieron con Matrix, y un acierto cuando Antes del amanecer fue secuelizada diez años después con Antes del atardecer. Pero lo que hizo Subiela con su El Lado oscuro del corazón 2, no tiene perdón. Y miren que la película comienza bien, qué digo bien, comienza muy bien. Digamos que los primeros 20 ó 30 minutos son más que bienvenidos (salvos detalles), e inclusive hasta esperanzadores. Pero, después de que Oliverio encuentra a una mujer con tanta energía que es capaz de encender un foco mientras la besa (eso sí, de volar nada de nada), de soltar dos que tres poemas mientras camina por ese Buenos Aires tan diferente al de antes y tan igual al de siempre con la misma música que la cinta original, y se sube en un avión rumbo Barcelona para ir en busca de la que vuela diez años después, la cosa cae como si fuera, en palabras de Charly García, la cósmica cintura de un DC10 que se hace estrellas contra el suelo. Ni Barcelona, ni ése personaje, ni el reencuentro con la puta (Sandra Ballesteros) ni la nueva voladora de circo (Ariadna Gil), ni la poesía, ni Oliverio son capaces de no darle en la madre a una película tan chida como la primera. La única. Sobre todo no se perdona, bajo ningún pretexto -y en esto soy irreducible- que su creador no haya sabido volar ni dejarnos volar con la imaginación que imagina lo que pudo ser sin haber sido de nuevo.