Huir del panfleto

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    Guadalupe Morfín no ha convertido la poesía en panfleto. No la considera arma para transformar el mundo. Ella cree que “la vocación humilde y esencial de la poesía es servir a la verdad, comunicarnos belleza” y que puede asumir “la tarea de defender derechos humanos, que es también servir a la verdad y hacer posible la justicia”.
    Para no caer en el discurso doctrinario se requiere maestría y oficio y también lectores capaces de entender que el “arte comprometido” no es otro que el compromiso de interpretar el universo ayunos de afanes doctrinarios.
    Esta literatura denuncia al describir lo que acontece, y en el caso de la poesía, llevar al texto a la realización poética: mensaje abierto a metalecturas, toque fino, sensibilidad asimilada.

    Guerrera con manos de poesía
    Buen cuidado tiene Guadalupe Morfín de separar su actuación pública –en la que enfrenta situaciones límite– de su labor poética.
    No obstante, en varios textos hay referencias a lo social: el imperio de las ametralladoras y los misiles en el plano internacional, la situación deplorable de muchos niños indefensos, la farándula de hombres que pregonan defender la justicia, cuando su actuar los contradice; nuestra condición de seres que “seguimos siendo rapaces y siniestros / como máquinas de guerra”.
    La mujer luchadora a favor de los derechos humanos sabe dónde está parada, consciente de que no hay sosiego, sino treguas.

    Mansos diluvios
    Tres son los poemarios que integran este libro de Guadalupe Monfín: Mansos diluvios, Visitaciones y Ventanas de verano. En los tres se encruzan los ejes que los conforman.

    “Pan de lágrimas”
    Somos permanente diluvio. La lluvia cae en el exterior nuestro, como imagen de lo acontecido en el alma. Cuerpo acorralado en su propia sed. Por eso cuando llueve, “eleva al sol su pan de lágrimas”.
    Esos y otros son los llantos que sin rubor confiesa Guadalupe Morfín, y lo resume de esta forma: “llorar es / un paréntesis / el boleto de un viaje que no se esperaba”.

    ¿Qué hacer “con todo lo vivido?”
    El diluvio universal no es el de los mitos, ni el de las catástrofes en el devenir de la historia, sino la fugacidad hecha rescoldo y ceniza, rememoración del naufragio a la hora de los muertos, de los perfumes, imágenes y canciones de la abuela a la sombra de un mango, “allí donde me dabas raíz y consistencia”.
    Diluvio suave, en lo efímero del calendario y lo que representa: hoja arrancada, un día menos y otro más hacia el final.
    “Fugaz es la mirada del asombro / un parpadeo del alma”, que interroga ¿qué hacer “con todo lo vivido?”, qué de tus ojos allá, cuando la puerta nos cierre la vida o la vida clausure puertas.

    Están apagados los laureles
    En diluvio, cascada o manantial, las gaviotas llevan “en el pico las perlas de la infancia”. Neblina con remos de embarcación o arca: ahí van sus seres queridos y el entorno: su madre (inventada en el corazón de dios), su padre, su hermano muerto, su abuelo (iluminador de ángeles).
    El lago la transporta por túneles: casi todos los integrantes de su núcleo familiar la condujeron de la mano por las calles Vidrio, Bruselas, avenida La Paz, donde están apagados los laureles; ya no barren con escobas popoteras: hoy dan cobijo a almacenes con nombres extranjeros.
    La poeta ve hacia atrás, pero no como la mujer de Lot, que petrificó la mirada y se adormiló de sal: recoge sus diluvios mansos y los transmite con bondad de madre a sus hijos e hijas (suyas y ajenas). Ya dulcificados, pide a la sonrisa adornar la casa y al mantel en punto de luz registre lo íntimo del diálogo.

    Visitaciones
    A Guadalupe Morfín la visitó el ángel de la palabra escrita, para que recorriera cosmovisiones y fuese de Roma a Tapalpa, de Trastevere a Comanjilla, de Edelweiss a El Chante, del Mediterráneo a la Tarahumara.
    Cercanías distantes. Lejos y aquí. Panoramas distintos que agemelan la hermosura en cualquier latitud de nuestros pasos. Igualdad de emociones frente al prodigio del sol que oscurece. Túmulos de piedra que marcan el origen, el testimonio de la lluvia renovada, el pasar de los tiempos, casi en la fundación de dios, al que erigimos un canto, una oración que de tan enfática se convierte en poesía.

    Ventanas de verano
    Poeta de los cinco sentidos y de las muchas flores, Guadalupe Morfín hace del poema un paisaje: geranios, diente de león (“flor efímera y vencida”), líquenes… para que le crezcan alas al verano.
    Resurgen las jacarandas (que tienen “la música por dentro”), luego De jacarandas y lunas (1985), en compañía de eucaliptos, mandarinas (saben “a sol entretenido”), naranjos… para levantar con los bosques un río de colibríes.
    De inmediato una visión femenina que empata con las estaciones (“Un instante de luz cada estación / el alma pide”). Si primavera: hamacas y flores, almohadón y humo que sale de las cocinas de campo; si verano, las montañas, lagunas, cauces, ríos, cerros; si otoño, “¿hay ángeles fugaces en otoño / fogatas de refugio para los caminantes?”; si invierno, éste resucita lo que toca, ya que “ninguna sequedad” consigue sitiarlo.