Fernando Leal Carretero

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A los dieciséis años Fernando Leal Carretero tuvo su primer encuentro con la filosofía para nunca más dejarla, a través de un texto de Platón. Con estudios de doctorado de Filosofía en Lingüística y Filología Clásica en Alemania, es catedrático de la Universidad de Guadalajara desde el año 1983. Es autor de libros como Ensayos sobre la relación entre la filosofía y las ciencias, de infinidad de artículos y coordinador de otras publicaciones como Argumentación y pragma-dialéctica, o Reflexiones sobre la argumentación en filosofía, que se presentó la semana pasada en el CUCSH, el cual es un trabajo colectivo resultado de los coloquios que organiza el cuerpo académico de Retórica, lógica y teoría de la argumentación. En este último también participaron como coordinadores Carlos Fernando Ramírez González y Cuauhtémoc Mayorga Madrigal.

Aunque a Leal Carretero le complace escribir para que sus ideas sean difundidas, está convencido de que no hay mayor satisfacción para él que la enseñanza a sus alumnos, “el contacto cara a cara con los seres de carne y hueso”.

La filosofía nació como una ciencia, y actualmente están separadas. ¿Qué aporta ahora aquélla a ésta?
Históricamente, muchos filósofos fueron científicos. Por ejemplo, Aristóteles fue biólogo; Platón fue matemático. La diferencia la hemos creado recientemente. La razón por la que se ha producido esa separación es porque los filósofos poco a poco se han hecho más incultos. Están peor informados de lo que ocurre a su alrededor. Esa incultura es un fenómeno del siglo XX.

¿Modas “intelectuales” hablar de ciertos temas?
En el siglo XXI tenemos una división curiosa entre el mundo anglosajón y la filosofía analítica, con profesores que están muy bien entrenados para discutir entre sí con disciplina, pero son muy incultos, ni saben historia de la filosofía, ni saben sobre las ciencias que escriben, y, en el otro extremo, se encuentra la tradición alemana, en la que los filósofos se han olvidado de la ciencia y están más bien en cuestiones literarias y humanísticas. Es otro tipo de incultura. La única manera de resolverlo es tratar de reformar la enseñanza de la filosofía, para que el filósofo esté enterado de al menos un campo que no sea filosofía. Por ejemplo, los que escriben sobre estética no saben nada de arte. Son contempladores. Eso no. Hay que saber el arte desde dentro. Lo mismo en todo lo demás. Generalmente, escriben sin tener experiencia en ello.

¿Para qué sirve la filosofía?
En Inglaterra, desde comienzos del siglo XX, tuvieron la creencia de que la filosofía sola no era tan buena idea. Y crearon un programa llamado PPE, Filosofía, Política y Economía, para que los estudiantes tuvieran las tres cosas. Antes de terminar su licenciatura, todos tenían trabajo en el gobierno, porque tienen agudeza especial de análisis. Es buen ejemplo de cómo puede ser útil, en este caso al Estado. En otros casos puede serlo a las empresas u otras organizaciones. Los filósofos tienen mucho que aportar. Simplemente, hemos creado una educación tan cerrada, que estamos formando estudiantes que no sirven más que para enseñar filosofía. Así, sólo serviría para seguirla transmitiendo. Es una salida profesional y respetable, pero es necesario pedir más. Para hacer la filosofía más relevante para el mundo, hay muchas vías. Una de ellas es la cooperación con alguna ciencia.

¿Se relega a las humanidades con respecto a la ciencia y la tecnología?
La ciencia y la tecnología, aun en un país como el nuestro, están vinculadas al mundo exterior. Son las otras disciplinas no técnicas las que no, y no debe ser así. En el caso de la carrera de economía, se suele decir que no encontrarán trabajo los alumnos en México. En Alemania comienzan a practicar en empresas desde el tercer semestre, y antes de terminar ya tienen trabajo. Porque hay vinculación entre la empresa y estas carreras aparentemente inútiles. Es un problema de vinculación. Las autoridades universitarias hablan siempre de vinculación, pero cómo. Todo mundo habla, pero nadie está dispuesto a hacerlo.

¿Somos un país de empleados maquiladores de tecnología?
En este caso hay una vinculación, a lo mejor insuficiente, pero la hay, al menos en el ramo de la tecnología preparamos a los alumnos para que trabajen en las empresas. Debemos ir más lejos. Los japoneses comenzaron igual, eran maquiladores, pero ahora innovan. Tenían un plan, probablemente aquí no. Pero en las ciencias sociales y humanidades es más grave: en ello no tenemos ni maquiladores. No nos hemos dado cuenta de que sí sirve para algo.

Tiene un libro llamado Diálogos sobre el bien, ¿la filosofía sirve para hacer el bien, para ser ético?
Esa sería una misión. El filósofo como una especie de conciencia de la nación. En México tuvimos eso con autores como Samuel Ramos, Antonio Caso, José Vasconcelos a su manera, pero eso desapareció, ahora los gurúes son de otro tipo. Octavio Paz jugó un tiempo ese papel. Pero si ahora la conciencia de la nación es un Luis Pazos, estamos en otro nivel. Esto ha ido a peor. ¿Dónde están los filósofos que pudieran dirigir la nación, y con autoridad y estatura moral? Algo estamos haciendo mal. Ciertamente, la filosofía debería de tener un papel así.

¿Con las condiciones del país es más necesaria esa guía?
El ejemplo lo tenemos con la violencia y el narcotráfico. Una de las pocas personas que se ha levantado como conciencia social es el poeta Javier Sicilia, pero no se ve a ningún filósofo diciendo algo. A lo mejor, porque no sabemos qué decir y eso es parte del problema. No tiene que ser una figura mesiánica ni un gurú. Samuel Ramos escribió sobre el mexicano, y le planteó al país ¿quiénes somos? Dio una respuesta que en su momento fue muy respetable. Son del tipo de preguntas que nos deberíamos estar planteando ahora los filósofos, públicamente.

En El laberinto de la soledad Octavio Paz retomaba las ideas de Ramos.
Es una continuación de ello, parte de ese pensamiento de enfrentarnos a nosotros mismos. Era el mensaje que se necesitaba entonces.

¿Y ahora cuál sería?
Le doy muchas vueltas a la situación en que está el país, estoy inseguro de saberlo. Los diagnósticos que hacen los diarios se quedan cortos. Tal vez necesitamos aprender de alguien que está fuera del país. No hemos sido entrenados en los departamentos de filosofía para tomar estas cosas en serio, y aprender a meditar y hablar sobre esto, a un nivel más profundo.

En sus textos se puede apreciar el humor, ¿cómo se combina esto con la filosofía?
La filosofía es una empresa quijotesca, y en ese sentido no debemos tomarnos demasiado en serio. Es algo serio, pero a la vez chistoso, porque los filósofos pretendemos hablar de las cosas más importantes del mundo. ¿De dónde sacamos esa autoridad? Así, el humor juega un papel de autoironía, y es lo que trato de transmitir a mis lectores. Es un juego serio. La solemnidad no conduce a nada.

¿Por qué se dedicó a la filosofía?
Fue porque no encontraba mi lugar. Cuando era adolescente me interesaba estudiar todo, y la única solución que encontré fue estudiar filosofía, porque parece que da una suerte de salvoconducto. Uno puede meter sus narices en todos lados, y nadie se ofende. A los filósofos les dan oportunidad de que estudien y opinen de todo a diferencia de otras profesiones; a nadie le parece mal. Esa es una ventaja profesional que no se aprovecha.

¿Lo hizo por algún sentido ético?
Lo que me jaló a la filosofía fue un texto de Platón, que leí a los dieciséis años: “Apología de Sócrates”, en el que Platón recrea el discurso que dio Sócrates en el juicio, antes de que lo ejecutaran. Ahí se presenta lo que es la filosofía. De tal manera que a mí me parecía hermoso cómo se conjuntaban el interés moral y el rigor en el pensamiento. Esa combinación ética y metodológica nunca me la había encontrado. En mi experiencia como niño de oír a los adultos, era que la mayor parte del tiempo hablan de cosas triviales y de manera superficial. Suelen ser conversaciones insulsas. Sólo cuando se les muere alguien cercano hablan de la vida y la muerte, sólo ante algo tremendo, pero sin disciplina.