Evo y el poder

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El domingo 10 de noviembre Evo Morales renunció a la presidencia de Bolivia. Llegó al poder en 2005 a fuerza de encabezar protestas. Él y sus partidarios, hambrientos de justicia, llegaron a ser temidos.  El sistema político que confrontó se caracterizaba por su debilidad institucionalidad, pobreza extrema, marginalidad exacerbada, poder concentrado en élites blancas, elevada corrupción y, de remate, por convocar elecciones para legitimar ese orden. Una democracia fallida. El asalto final de Evo se produce luego de que la protesta de turno acorralara al mandatario de entonces, Carlos Mesa. Catorce años después los roles se invirtieron. Ahora es Evo el que renuncia, mientras Carlos Mesa probablemente termine ciñéndose la banda presidencial una vez que se celebren nuevas elecciones, después de que se autoproclamara como presidente interina Jeanine Áñez. 

La renuncia de Morales abre el debate entre dos opciones: ¿hubo o no un golpe de Estado en Bolivia? No faltan indicios. La policía se amotina y permite obrar al ala violenta de los que protestan contra el oficialismo. El ejército rechaza hacerse cargo del orden interno. Por último, el jefe del ejército le sugiere que renuncie.

Sin embargo, otros elementos apuntan a que la causa indirecta de la renuncia es el fraude electoral. El 20 de octubre, con el 83 por ciento del escrutinio, se avizoraba que Morales no sería reelecto en la primera vuelta. Tendría que contender en la segunda donde, ante la unidad opositora, le aguardaba una derrota casi segura. En ese momento el sistema dejó de trasmitir los resultados durante 24 horas. Cuando regresó la tendencia era inversa. Evo se reelegía en primera vuelta. Estalló la protesta. El mandatario solicitó a un agente externo (OEA) una auditoría. El dictamen del auditor fue demoledor. Seguidamente, Evo anunció la separación del cargo de los miembros del Tribunal Electoral y convocó a nuevas elecciones. ¿Con ese acto, implícitamente, reconoce que los resultados eran fraudulentos? Tuvo  la oportunidad de decir que desconfiaba de la imparcialidad del dictamen. No lo hizo. Tampoco hubo autocrítica. El ala violenta de los manifestantes decidió que Morales no podía encabezar el proceso hacia nuevas elecciones. Para lograr el propósito queman casas de altos funcionarios, amenazan y toman de rehenes a sus familiares empujándolos a renunciar. Otros ministros renuncian porque el dictamen del auditor no reivindicó al oficialismo. Se produce una estampida. Finalmente, Evo anuncia se renuncia.

El fraude electoral cometido por el oficialismo y la intentona de remover al Ejecutivo se entrelazaron, aunque el fraude y su confirmación actuaron como detonantes. Ambos eventos deslegitiman a Evo ante tres actores: los cuerpos armados, la oposición y la Central Obrera. Queda en situación de desgaste moral y vulnerabilidad extrema. Los excesos del ala violenta de la oposición, la actitud sediciosa de la policía y la “sugerencia” del mando castrense provocan su salida extemporánea. Esos actores le brindan la oportunidad de posicionar una narrativa más conveniente con su situación. ¿El futuro político de Evo queda en entredicho  cuando, con el anuncio de nuevas elecciones, queda reconocido el fraude? Todo lo que vino después fue innecesario y condenable. Sus más acérrimos antagonistas, cegados por pasiones e intereses, fueron incapaces de poner el freno.

El primer intento de Evo por aferrarse al poder fue en 2013. Logró que el tribunal constitucional lo habilitara para contender por una segunda reelección, en base a una interpretación que contradecía la prohibición de la Constitución. El segundo fue en 2016. Convocó un referéndum, los bolivianos decidirían si le permitían presentarse a una tercera reelección. La mayoría respondió negativamente. El tercero, fue en 2017.  Nuevamente acudió al tribunal para que lo habilitara para contender de forma ilimitada por nuevos mandatos. El cuarto fue el fraude electoral. Tantas veces fue el cántaro a la fuente…