Estulticia necedad

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Ya en 1511 Erasmo de Rotterdam lo tenía muy claro: “Los sabios son inútiles en la vida [por lo que] el que aspire a vivir entre los hombres debe abstenerse de toda sabiduría”. Aun así, la búsqueda del conocimiento no dio tregua a los hombres más antiguos —Sócrates el que más— y casi de manera simultánea el sarcasmo, ante la imposibilidad humana de alcanzarlo, dispuso a filósofos y artistas, pensadores con un pesimismo tan ácido que estribaba en lo humorístico, a cumplir la tarea de ridiculizar con falsos ensalzamientos una búsqueda infructífera. Virgilio, Ovidio, Glauco, Luciano, Plutarco o Apuleyo elogiaban lo mundano en un afán por mostrar la simpleza de la estulticia habitual en el mundo ordinario.

Mientras tanto, las epopeyas más excelsas, otrora gritos de batalla cohesionadores de pueblos, quedaron reservadas al paso de los siglos a los estudiosos con acceso a una biblioteca o a un monasterio.  Uno de ellos, Erasmo de Rotterdam, asiduo y crítico lector, conocía a detalle ambas expresiones y no dejó pasar intacta la involuntariamente sarcástica similitud entre ambas.

Sería quizás la efervescencia de la imprenta, la vorágine de los nuevos tiempos o la amenazante pero nunca suficiente presencia de la locura social, la que casi instantáneamente convirtió al Elogio de la Moria (locura, necedad, estulticia) en uno de los ensayos más leídos entre los humanistas de la época. Una elección sintomática si consideramos que el texto más conocido del pensador holandés, incluso en la actualidad, no fue ninguno de aquéllos que trabajó con la seriedad, disciplina y el encomio que sus contemporáneos tanto admiraban, sino el que redactó a manera de carta a su gran amigo Tomás Moro, en no más de siete días. La estulticia humana se explica a sí misma en función de su carácter de imprescindible para la vida común, de pasajero incómodo pero asentado en la cornisa de la Iglesia católica, los reinos y los simbolismos institucionalizados.

En un contexto de crisis social, religiosa, política y, en definitiva, ontológica de la que emergería el Renacimiento, con un asombroso parecido a nuestro presente —ese metafísico todos los tiempos son este momento  de Schopenhauer— una apoteosis a la reiterativa inclinación humana de aferrarse con garras a la necedad, en voz de la propia Estulticia, no sólo ofreció un antídoto a las críticas necias (pues, ¿quién que se precie de ser sabio asumiría con seriedad las afirmaciones erráticas de la Locura?) sino que instauró la idea devastadora de que la Cultura, en términos absolutos, se había convertido en un absurdo. En este espejo social la Necedad está a un paso de presentarse a sí misma como la madre primitiva de la naturaleza humana en lo individual, pero también —y tanto más importante— en lo colectivo. Una aseveración que, proviniendo de un filósofo ponderador de las virtudes espirituales, no es sino el más agudo señalamiento del fracaso que la civilización ha sufrido por no asumir la rectitud de pensamiento como redentora de la naturaleza defectuosa de lo humano. 

La apariencia de hombre de su tiempo y su pertenencia a la corte de Enrique VIII encubre la visionaria estrategia que para la crítica de su entorno establece el teólogo humanista, pues reprueba los caminos de la época para alcanzar el favor del poder y la nobleza: “Sin mí, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, la criada a su dueña, el discípulo a su preceptor, la esposa a su marido; si no se engañaran mutuamente frotándose recíprocamente con la miel de la necedad”. Tilda de infundadas las razones para la guerra, insistiendo en la corrupta estructura monástica y la estupidez como respaldo en la búsqueda de aprobación de los gobernantes. En definitiva, supedita la estructura social de su tiempo a un fin superior: la libertad que viene aparejada al pensamiento racional motivado por un profundo y honesto orden espiritual.

Hoy, el símil con una obra que dista más en temporalidad que en conceptualización, se materializa en un contexto igualmente contaminado por el absurdo del dogma contemporáneo donde los sistemas dominantes como el capitalismo voraz y las democracias corrompidas nos instan a la anodina solución de “hacer la vista gorda [explicaba con sorna Erasmo a través de la Necedad] como el padre que no encuentra más que un pequeño estrabismo en su hijo bizco; digámoslo muy alto: se trata de la necedad”, quizás porque es verdad aquello que decía Eliot y “la especie humana no puede soportar mucha realidad” para ser feliz… irremediable y neciamente feliz.