Escenas en abismo

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—En Inglaterra todos se llaman Hamlet.
—¿De verdad?, ¿y cómo hacen para no confundirse?
—Bueno, algunos otros se llaman William.

Una de las constantes en los dramaturgos es que tarde o temprano escriben una obra sobre el teatro. Una, en la que los personajes sean actores que discuten alrededor del sentido que posee el arte de la palabra viva, una puesta en abismo de la escena. Para quien escribe teatro provocar una discusión o reflexión más o menos profunda alrededor del teatro, desde la escena, resulta una gran tentación. El veracruzano Alejandro Ricaño recibió en 2008 el Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido por  Más pequeños que el Guggenheim, una obra que con humor corrosivo busca devolverle la dignidad a un cuarteto de perdedores que a toda costa pretenden producir una obra de teatro.  En ese intento por recuperar la integridad en seres fracasados, Ricaño no sólo devuelve la fe en el teatro, sino que, además, consigue que el espectador salga esperanzado en su viaje de sobrevivencia personal, frente al sinsentido de la vida.   

Siendo el autor más joven en recibir el premio Emilio Carballido, Ricaño se concentró en su propia historia y en la de muchos jóvenes frente a la creación; en el lamentable y burocrático universo de los apoyos institucionales, de las becas oficialistas, así como la imposibilidad de relacionarse socialmente en un mundo claramente hostil, cuya violencia lleva al silencio cómplice. En el llamado “mundo real” no hablamos de aquello que nos lastima, y cuando la realidad nos escupe el dolor, cuando verlo resulta inevitable, entonces huimos a través de formas ridículas y estudiadas, de formalidades políticamente correctas. Más pequeños que el Guggenheim exhibe de manera en apariencia grosera esos asuntos lastimeros, aquellos que nos negamos a oír, los que nos hacen cerrar los ojos y, con ellos, el autor construye un discurso tan inesperado como esperanzador sobre el amor filial, esa es su riqueza. Hay también una reflexión sobre la comedia, sobre su función social dentro de la vileza que tiene nuestra realidad. Hay en cada carcajada un gruñido provocado por la acidez del humor de Ricaño, ese que produce un nudo grueso en la garganta. La risa de Más pequeños, deja el sabor amargo de aquella que surge de ver de nuestra imagen deformada en el espejo. Ahí estamos todos, como un lunar oscuro en las lustrosas placas de titanio del Guggenheim.

Desde su estreno y con diferentes producciones esta obra se ha presentado en múltiples escenarios en México, España y Latinoamérica. Luego de estrenarse en nuestra ciudad con un elenco que el autor encabeza también como director de escena, uno de los actores y directores más activos en la escena local, la presenta en el Teatro Vivian Blumenthal. Mauricio Cedeño encabeza esta puesta que presenta varios aciertos. Uno de ellos es la inclusión de dos buenos actores, el primero de experiencia probada, Javier Lacroix, quien construye un personaje muy distinto al de otros montajes de Más pequeños, y esa particular apropiación enriquece la lectura de la dramaturgia, pues resignifica la gran sensibilidad y vulnerabilidad que posee Sunday, el protagonista de la historia. Mención especial merece el actor tapatío Franz Bomthanley, quien interpreta a Al, el conmovedor personaje albino que desde el principio es el “blanco” (literal) de cáusticos ataques por parte de sus compañeros. Bomthanley consigue con éxito una de las intenciones de la obra: hacer reír llorando. Completan el elenco Joaquín Romero, como Gorka y Carlos Oroná, quien inició este proyecto junto con Cedeño para producir el montaje.