Entre Apolo y Dionisio

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Platón, el joven poeta trágico, lo primero que hizo para poder convertirse en alumno de Sócrates fue quemar sus poemas.

Nietzsche,
El nacimiento de la tragedia

En el décimo libro de La República, Platón hace una severa crítica a los artistas, entre los que destacan los literatos, por referirse en sus producciones, textos y cantos a realidades que desconocen por completo. Parafraseando estos fragmentos, Platón sostiene —a través de Sócrates— que podemos confiar una barca a quien se ha dedicado a estudiar el tema de la navegación, también podríamos confiar en el marinero que hace su vida en los océanos, pero sería una locura confiar una embarcación a un artista que sólo expresa sus fantasías acerca de la vida en altamar. Siglos después, Juan Bautista Vico reforzaría la concepción platónica sobre la oposición entre filosofía y literatura al sostener que la fantasía es lo propio de la poesía y la razón es lo distintivo de la filosofía. Paradójicamente, Platón se convierte en el referente más importante del diálogo literario y Vico sienta las bases para la formulación de la estética moderna.

El fundamento de la diferencia entre la filosofía y la literatura lo podemos encontrar en el terreno de los fines, esto es, mientras que la literatura busca agradar o generar alguna experiencia estética, la filosofía se orienta hacia la búsqueda de la verdad.

Hasta el siglo XIX, la filosofía había sido concebida como la actividad intelectual que se mantenía en la cúspide de las diversas actividades humanas, por ocuparse de los principios más generales y tener como último derrotero la búsqueda de la verdad. Por ello, mostraba un peculiar desprecio por las técnicas que buscaban fines útiles y por las manifestaciones orientadas a exaltar las producciones de la imaginación propias de la literatura y el arte. Pero en este mismo siglo la imagen cuasi divina de la filosofía fue cuestionada al mostrar que las ciencias particulares también procuran la verdad, en tanto que la literatura y las artes se han ocupado de la subjetividad como parte de la realidad que había sido despreciada por la filosofía.

La concepción jerárquica de los saberes es hoy insostenible. La filosofía necesita de las ciencias, las técnicas y las artes, al igual que éstas recuren a la filosofía para asuntos concernientes a su naturaleza, la naturaleza de sus objetos de estudio y la justificación de los saberes que las soportan. 

En este mismo sentido, Friedrich Nietzsche se destaca por desmitificar las aspiraciones universalistas de la filosofía al señalar que lo apolíneo (vinculado al orden y la racionalidad) y lo dionisiaco (distinguido por lo personal y pasional) han coexistido en los hombres, en las culturas y hasta en el mismo Sócrates.

El reconocimiento de la parte olvidada de la filosofía ha sido motivo para que, especialmente durante el siglo XX, muchos filósofos hayan recurrido a la novela, al cuento, la poesía, el teatro o el cine para expresar sus ideas. Pero no debemos confundirnos, las manifestaciones del arte, al generar visiones del mundo y formar parte de la realidad cultural son objeto de la filosofía, pero no son necesariamente obras sistemáticas que se correspondan con los fines de la filosofía. La literatura, en sus múltiples manifestaciones, es un vehículo inigualable para comunicar la ciencia, la política o la filosofía, sin proponerse contribuir al desarrollo de la ciencia, política o filosofía.

Cuando el filósofo renuncia a la búsqueda de la verdad por la defensa de un ideal se convierte en activista, cuando hace teatro o cuento, con alusiones a la filosofía, adopta la posición del artista, donde el compromiso por el saber racional y sistemático es subordinado por el fin de generar experiencias estéticas.

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