Encuadrar el infinito

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    Roger Waters, el famoso músico exlíder de Pink Floyd, cuenta que uno de los errores más comunes que ve en los músicos noveles es la saturación de notas. En estos casos, cuando piden su consejo suele recomendar uno o dos silencios entre un compás y otro. Esos silencios, en literatura significan no decirlo todo, no agotar las posibilidades de interpretación, no resolver la trama, como bien entendieron Chejov, Hemingway, Carver. En las artes plásticas, lo equivalente a dichos silencios, creo, sería el espacio, un elemento muy difícil de utilizar.
    Desde el 31 de enero se exhibe en la Casa Escorza (Escorza 83, a un costado del Edificio Cultural y Administrativo de la UdeG), como parte del festival Vive Cultura 2012, una serie de diez fotografías de Jacqueline Santiago, llamada Espacio infinito.
    Jacqueline Santiago estudia la licenciatura en Artes Visuales, en el área de expresión fotográfica, en la UdeG. Ha participado en diversos talleres de creación, producción y conceptualización de fotografía de moda y de estrategia fotográfica. Ha recibido reconocimientos por su labor (el último de ellos en la Feria Fotográfica de Mazatlán). Tras participar en dos exposiciones colectivas, Espacio infinito es su primera muestra individual.
    En esta primera serie la joven artista compone con mínimos elementos un universo plástico donde juegan tanto las figuras como el espacio. En la mayor parte de las fotos hay una mujer, un caballo y un fondo oscuro, pero, como en las series musicales que llaman “variaciones del mismo tema”, en cada obra, además de algunos hilos comunes hay una exploración estética o conceptual única.
    Su idea era “llevar a cabo un proyecto fashion para exponer; sin embargo quería conjugar el concepto con la moda y hacer cosas que normalmente no se hacen en una fotografía de esta especialidad; fotógrafos internacionales ya lo hacen, y decidí arriesgarme”.
    En una foto aparecen la mujer y el caballo como se verían en un espejo colocado en el suelo; otra es el retrato de un caballo cubriendo casi todo el cuadro, con la crin agitada, contrastando la quietud del fondo; en otra el espacio uniforme, el negro infinito, protagonizan la mayor parte de la composición. En todas está presente el claroscuro al estilo de Rembrandt o Caravaggio. La mayor parte de las siluetas se definen por una luz cálida recorriendo sus contornos. Las figuras aparecen como llamas en medio de la noche, como estrellas anunciando el espacio infinito.
    La artista describe su obra con estas palabras: “Mi obra nos cuenta momentos de mi vida, representados visualmente como una historieta. De esa manera se invita al espectador a realizar una historia o historias, haciendo una unión mental con las imágenes, donde las posibilidades son diversas. Al final todas son correctas y pueden ser posibles, como ocurre en la vida misma. Los principios son finales y los finales principios”.
    Esa descripción recuerda la conferencia donde el autor de Rayuela, Julio Cortázar, equiparó la novela con el cine y el cuento con la fotografía para ilustrar sus ideas sobre el límite que representaba para él cada género (“la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un ‘orden abierto’, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación […] Fotógrafos de la calidad de un Cartier Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia”).
    La exposición de Jacqueline Santiago se puede apreciar desde una perspectiva formal, visual y, como toda serie plástica bien tramada, también se puede leer como una obra narrativa, como una disposición de elementos que cuentan algo, en este caso con una organización fractal que permite al espectador inventarse una historia diversa según el orden en que recorra las imágenes, a la manera de las hiperficciones literarias o el cine no lineal. Cada foto es un recorte, una frontera, un fragmento finito en el que está sugerido el infinito.