El profeta abismal de Detroit

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Cantaba en las brumas, en la oscuridad graba dos discos y termina por quedarse en las sombras, donde habría de ser redescubierto para ser redimido. Se llama Sixto Rodríguez, es el poeta del Cass Corridor de Detroit, Michigan.
Dueño de una energía de lo más singular que lo ha acompañado a lo largo de sus 72 años, Rodríguez (1942) vivía en Detroit, donde creció y donde, replegado, se desempeñaba cantando un puñado de sus poemas.

Su historia la recoge el documental que literalmente lo resucitó: Searching for Sugar Man. Una de las imágenes que se guardan luego de verlo es la de sus inicios en la música, cuando a los 26 años tocaba de cara a la pared en bares de Detroit, ahí cantaba con su voz peculiar, entre nasal y ronca, dando la espalda a los parroquianos, concentrado en su arte.

Así lo recuerdan los productores de su primer disco, Cold Fact, una portentosa grabación que de manera inexplicable se pierde en la indiferencia. Ni Mike Theodore, el primero en conocerlo en 1967, ni Dennis Coffey (ambos músicos y productores en Michigan), logran entender el hecho de que ese disco fuese por completo ignorado.

Rodríguez canta sobre su vida y lo que ve en las calles donde vive. Te introduce a la dureza de la clase trabajadora en Michigan, entona un mensaje crítico, ácido, sicodélico, desde una realidad desoladora.

Durante los años sesenta Rodríguez captura la vida de su entorno, centra su atención en los descalabros de nuestro mundo, y con un canto pleno de poesía encara la injusticia social, la corrupción política, la naturaleza humana, los amores perdidos y todos esos padecimientos —enfatiza Theodore en el libreto del disco— de lo cotidiano en los barrios periféricos. Ambos productores impulsan Cold Fact en 1970 y, sin embargo, no prende, como tampoco lo hará su segundo disco, Coming From Reality, que en 1971 otro productor igualmente deslumbrado, Steve Rowland, lo lanza en Londres sin éxito. Ambas grabaciones se quedaron en la oscuridad varias décadas.

Rodríguez es un tipo misterioso, con personalidad introvertida y dulce, la de un hombre austero que hoy viste de negro, usa lentes y sombrero negros, camina con lentitud, con su guitarra al hombro por entre la nieve o las brumas de sus calles. Es un músico romántico y rebelde, desesperado pero irónico, un profeta abismal y poético.

Sus canciones son acompañadas por los rasgueos de su guitarra en una estructura sencilla, cuyos versos se apoyan en el lenguaje coloquial, en giros idiomáticos que atrapan las emociones callejeras. Es el mundo de los suburbios pobres de Detroit. Es el momento del rock ácido y el folk político, y Rodríguez edifica ambos conceptos en su lirismo, donde las drogas, el sexo, los antros, los sueños, las desilusiones, la desolación, la noche, la soledad, la calle… se convierten en protagonistas.

A través de Cold Fact aparece una y otra vez, con un lenguaje conciso, el sarcasmo de Rodríguez. Coffey y Theodore crearon los arreglos orquestales de Cold Fact alrededor de la guitarra y la voz de Rodríguez… “pero en ningún momento interferimos con el mensaje del artista”, dice Coffey.

Ambos se han desenvuelto en la escena sicodélica, y de ella a Cold Fact le suministran una dosis inusual. La propuesta le da mayor presencia a la guitarra acústica de Rodríguez, entre sintetizadores, riffs distorsionados de guitarra, incorporan detalles con marimba o xilófano y los arreglos orquestales —agregan los metales de la Sinfónica de Detroit— le dan un clima excepcional. En el fondo forman una banda que se ubica más en el rock que en lo folk, pese a que la esencia de Rodríguez radica en esto último, pero como subraya Coffey, el resultado es puro Rodríguez.

Las letras de Rodríguez seducen desde una perspectiva que remite a esos ambientes periféricos casi olvidados y deprimentes de las grandes urbes; van imprimiendo una imagen melancólica en medio de la pobreza, bajo la nieve, bajo la sucia luz diurna o las nocturnas premoniciones de neón.
Su voz va de lo radiante a tonos sombríos, en sus temas pasa con un íntimo caló a ciertas reflexiones que culminan en la ironía, y de los hechos concretos encuentran puentes hacia lo onírico.

Un disco fuera de catálogos como Coming From Reality que termina con una profecía en la que seguramente el diablo tuvo que ver: “Cause I lost my job two weeks before Christmas / And I talked to Jesus at the sewer / And the Pope said it was none of his God-damned business”, dice al inicio de su última canción y he ahí que dos semanas antes de Navidad la disquera cancela el contrato con su productor. Después de eso se truncó la carrera de Rodríguez. Ambos discos poseen piezas que hoy ya podemos apuntar como clásicas, y en su momento, de haber sido atendidas, habrían revolucionado la revolución.

Rodríguez tiene la voz y sus canciones una poderosa letra, sin embargo se adentra en las sombras. Pero el documental expone un fenómeno extraordinario, la música de Rodríguez que tanto en Europa como en su tierra natal, Estados Unidos, pasa desapercibida, en otro extremo del mundo, en Sudáfrica, prende y enciende a los jóvenes africaneers, los descendientes de generaciones que férreamente aplicaban el Apartheid.

En Sudáfrica Rodríguez se convierte en un mito, en un clásico de culto, sus canciones son himnos de protesta y rebeldía. Searching for Sugar Man ha merecido innumerables reseñas, una espléndida es la que Andrés Felipe Solano publica en la Revista Arcadia.com, lectura recomendable pero, por supuesto, el documental tiene ya varios meses circulando en el mercado, mejor mírarlo.

El oscuro Rodríguez

Cuenta la leyenda que una chica vuelve de EE.UU. con Cold Fact, lo graban en cassettes y lo pasan de mano en mano, se vuelve popular, graban de nuevo su disco. Los jóvenes músicos hacen suya su música, la enarbolan en actos de y como en actos políticos. Prende la rebelión. La prensa agranda la leyenda corriendo las versiones de que el desconocido Rodríguez —por quien se cansaron de preguntar sin que nadie supiera nada ni en Inglaterra ni en EE.UU.— se suicidó en un concierto en el centro del escenario: luego de cantar su última canción, Cause, se voló de un disparo los sesos; otra versión es que se prendió fuego delante de los asistentes a su último concierto. Así que cuando es descubierto treinta años después de sus dos grabaciones, por un disquero apodado Sugar y un periodista de rock, y llevado a Ciudad del Cabo a dar un concierto: se renueva el culto, su renacimiento es apoteósico.

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