El magnetismo y la literatura

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Durante varios siglos, uno de los retos más seductores para los científicos fue comprender los orígenes y el comportamiento de la electricidad y del magnetismo, y la manera en que están íntimamente relacionados. De aquellos años heredamos un mosaico de unidades que nos sirven para tasar el ir y venir de los electrones, todo un mausoleo de la ciencia.
Del metódico francés Charles-Agustin Coulomb (1736-1806) recibimos el coulomb para medir la unidad de carga eléctrica; gracias al combativo italiano Alessandro Volta (1745-1827) somos capaces de calcular el voltaje; por el irrepetible inglés Michael Faraday (1791-1867) medimos la capacitancia en faradios; el preciso alemán Wilhelm Eduard Weber todavía nos presta su apellido para medir el flujo magnético; y la maravillosa vida del escocés James Watt (1736-1819) nos condujo a bautizar en su honor la unidad que mide la potencia. Pero aún hay otro personaje de magnética personalidad en ese colectivo de científicos embebecidos por la electricidad y sus consecuencias: el galo André-Marie Ampère, que cedió su apellido a la unidad con la cual ahora medimos la corriente eléctrica.

“El Newton de la electrodinámica”
Hijo de un empresario convencido de que una de sus prioridades en su vida debía ser procurarle una educación extraordinaria a su vástago, Ampère nació en 1775, en la población francesa de Lyon. Pasó su niñez y adolescencia en la campiña francesa y desde joven se zambulló en las matemáticas con singular perseverancia: ya a los 13 años de edad había elaborado su primer artículo científico, pero no consiguió verlo publicado. A los 24 años de edad ya era un reconocido profesor y poco tiempo después formaba parte de los académicos de la prestigiada École Polytechinque de la capital francesa. Allá se encargó de desarrollar una obra original y radiante, enterado del descubrimiento que el danés Hans Christian Oersted había realizado en 1820: la corriente eléctrica producía efectos magnéticos. Es decir, una corriente eléctrica podía mover una aguja imantada, por ejemplo.
Afanoso, se encargó de demostrar experimentalmente que dos hilos paralelos se atraen si por ellos circula corriente eléctrica en el mismo sentido y que los hilos se repelen si la corriente eléctrica pasa en sentido contrario. Formalizó sus ideas en lenguaje matemático –la Ley de Ampère–. Explicó cómo se podría crear un telégrafo y sentó las bases de una nueva disciplina de investigación: la electrodinámica. Por eso se ganó el apodo que algunos historiadores le han endilgado: “el Newton de la electrodinámica”.

“Las cosas tienen vida propia”
Para realmente entender a André-Marie Ampère es necesario recurrir a la literatura. No sólo por sus cualidades como avezado lector omnívoro, sino también porque esa misma mezcla de curiosidad y fascinación que experimentó Ampère se localiza en las primeras páginas de Cien años de soledad, cuando José Arcadio Buendía se dejó maravillar por el gitano Melquíades cuando avanzó “de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, la pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades”.
Y el corpulento gitano, inamovible como quien se supone protegido por la verdad, había anunciado: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima.”