El dedo en la llaga

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    De los Comentarios reales de los Incas, de Garcilaso de la Vega a Los ríos profundos de José María Arguedas, hay un largo periodo que parece no haber tenido movimiento alguno.
    La primera obra fue escrita durante la legislatura colonial en Sudamérica y fue vetada en su momento por los mandamás de la Colonia por considerarla “sediciosa” y de un enorme “peligro”, debido al levantamiento del “rebelde” Túpac Amaru, en 1780; la segunda obra, la de Arguedas, refleja el mismo despojo y sufrimiento de los nativos de Perú, descrito por el primer mestizo natural y biológico de esta América indígena, pero durante los tiempos más recientes.
    Seducidos por las novedades en las librerías, nos hemos olvidado de nuestros grandes autores, pues el pasado 18 de enero se cumplieron los primeros cien años del nacimiento de José María Arguedas y nada se escribió sobre su fundamental obra, al menos en los diarios mexicanos. De hecho, en 15 años no he escuchado mencionar su nombre por labios de escritores o estudiantes de la carrera de letras; ni tampoco por los estudiosos del indigenismo. Parece, por tanto, que el olvido es general. Nuestra obnubilación por los autores europeos es enorme, tanto que torcemos la boca al pronunciar sus nombres. Si acaso nombramos a un autor nacional o suramericano es porque su prestigio ha llegado a nuestros oídos debido a la publicidad aplicada por las grandes empresas editoriales, que desean más vender sus productos que difundir una obra.
    ¿Cuántos de quienes criticamos o alabamos la decisión de la academia sueca de que se le otorgara a Vargas Llosa el Permio Nobel habíamos leído con certidumbre La ciudad y los perros o Los cachorros, trabajos que provienen de la influencia directa de la narrativa arguediana?

    Poesía y realidad
    Muy cercano a las preocupaciones estéticas y sociales de Rulfo, Arguedas, en (casi) toda su literatura y estudios periodísticos o antropológicos descarga invariablemente un bello y fino lirismo, manifiesto sobre todo en Los ríos profundos y Todas las sangres, dos de sus principales, que no únicos, libros.
    Un aspecto esencial en el genio de Arguedas ha dicho inmejorablemente José Ma. Valverde en su Historia de la literatura latinoamericana, es el lingí¼ístico: sin ser indio, abandonado a vivir entre criados y campesinos indios, de niño y de muchacho su principal lengua fue el quechua, hecho que lo llevó a ser uno de los más importantes traductores y promotores de la poesía andina y que le permitió construir y hacer trascender una visión de ese mundo subestimado desde siempre. Esa influencia indígena en su vida lo llevó a crear un tono único, que sin duda refleja también un posible estilo del gran escritor en quechua, incluso por su lado negativo, por su lejanía a las costumbres y tradiciones del español internacional y educado.
    De cierta manera Arguedas fue y es un ente iniciático de lo que ahora llamamos hibridación de las culturas, que aportan el enriquecimiento de una lengua, una cultura y una cosmovisión. El mundo reflejado en sus obras, pese a que es doloroso y cruel, mantiene esos signos y matices que lo colocan como uno de los iniciadores del movimiento, algo que deberíamos tomar en cuenta ahora que la llamada aldea global desaparece nuestras tradiciones y nuestra cultura local, regional, nacional y, por consiguiente, continental. Si acaso no se entiende lo que digo, cito un breve párrafo de un ensayo de Néstor García Canclini:
    Estos términos mestizaje, sincretismo, transculturación, creolización siguen usándose en buena parte de la bibliografía antropológica y etnohistórica para especificar formas particulares de hibridación más o menos tradicionales. Pero ¿cómo designar las fusiones entre culturas barriales y mediáticas, entre estilos de consumo de generaciones diferentes, entre músicas locales y transnacionales, que ocurren en las fronteras y en las grandes ciudades (no sólo allí)? La palabra hibridación aparece más dúctil para nombrar esas mezclas en las que no sólo se combinan elementos étnicos o religiosos, sino que se intersectan con productos de las tecnologías avanzadas y procesos sociales modernos o posmodernos”.
    José María Arguedas ya no se enteró de este supuesto: murió el 2 de diciembre de 1969, en la ciudad de Lima.