El cine y la escritura

98

“Comienzo y recomienzo. Y no avanzo. Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede: una prohibición implacable me cierra el paso. Ayer, investido en plenos poderes, escribía con fluidez sobre cualquier hoja disponible: un trozo de cielo, un muro (impávido ante el sol y mis ojos), un prado, otro cuerpo…”, escribió Octavio Paz en el giro repetido de su Águila o sol, un libro de cantos circunstanciales que eleva lo anecdótico al sitio del lirismo. Así,  este inicio perenne que fue la vida y la escritura de Paz, vuelve ahora como una presencia fílmica que recorre el jardín-laberinto de su propia obra.

El Instituto Cervantes trajo a esta treinta y dos edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, FICG, el documental El laberinto de Octavio Paz, una obra escrita y dirigida por José María Martínez, quien además estuvo en las funciones para presentar su trabajo, un filme que pretende evidenciar “el cuerpo tatuado de imágenes y cicatrices resplandecientes” que fue la poesía del Nobel de literatura mexicano.

Además de éste, el rostro de varios autores llegó a la pantalla grande dentro de la sección Cine y Literatura de la edición treinta y dos del Festival. Así, fue posible acercarse a figuras como Julio Cortázar en el filme La vuelta al día, del francés Philippe Fénelon, a John Berger en The art of looking, de Cordelia Dvorák y, quizá el más taquillero: Roberto Bolaño en La batalla futura Chile, de Ricardo House.

Privilegiar la voz literaria
El caso del El laberinto de Octavio Paz destaca por el celo con el que Martínez buscó privilegiar la voz literaria por sobre la personalidad del autor. La formación literaria de Martínez brinda un relato cronológico más cercano a las publicaciones de Paz, al aumento gradual de la intensidad de su obra, al in crescendo imparable de sus búsquedas intelectuales, que a su propia vida; atendiendo a la famosa frase de Fernando Pessoa: “Si después de yo morir, quisieran escribir mi biografía, no hay nada más sencillo. Tiene sólo dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días son míos”.

Los días de Paz en el filme de Martínez se nombran igual que sus libros, sus pausas son los respiros que sus ideas demandaron y nos hace viajar desde “Luna silvestre”, “Libertad bajo palabra” y “Piedra de sol”, hasta “Figuras y figuraciones con Marie Jose Paz”. Este viaje se recorre a través de la voz y los propios versos e ideas del autor como por la memoria sensible de autores y estudiosos que le conocieron y quisieron de muchas maneras, entre los que destacan: Ida Vitale, Óscar Pujol, Elena Poniatowska, Juan Villoro, Eduardo Lizalde, Eduardo Milán, Iván Malpartida, Jorge Edwards, Hugo Iriart, José de la Colina, Alberto Ruy Sánchez y Mario Vargas Llosa, quien habla del famoso conflicto televisado en aquel encuentro que el propio Paz organizara en los años ochenta y en el que Llosa describió al sistema político mexicano como “la dictadura perfecta”. Al hablar de aquel momento de tensión entre dos pensadores latinoamericanos que ya gozaban de reconocimiento, Llosa destaca la inteligencia y tolerancia de Paz, con quien afirma haber mantenido su amistad hasta el final.

Para el guionista y director, otro momento fundamental en la obra de Paz es la relación que el autor sostuvo con Marie Jose Paz, desde su amor clandestino iniciado en París, su matrimonio en la India y toda la historia que construyeron juntos hasta la muerte del poeta.

Criticado y acusado de oficialista, laureado por la intelectualidad europea, frivolizado por algunos de sus contemporáneos, Octavio Paz es, para el creador de este filme y para millones de lectores, uno de los autores fundamentales del siglo XX.