El arte de pensar el futbol

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    Cuando Maradona metió un gol con la mano contra los ingleses, nunca imaginó que ese sería uno de sus tantos más recordados (sería conocido universalmente como “la mano de Dios”). El segundo gol de ese partido, del Mundial de México 86, fue el otro más importante, más visto, y más mentado en la vida del Pelusa. Ese sí fue una proeza física y sobre todo, técnica, ya que El Diego burló a siete jugadores contando al portero para abrirse camino desde la media cancha hasta el área. El propio cronista argentino, cuando narra la hazaña, no deja de mostrar su excitación al grado de preguntar: “¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste!”. Ahí estaba un hombre, más bien bajo y de piernas cortas, en la cima de su carrera. Ahí estaba, en el estadio Azteca, el santón que le regresaba la alegría a un país deprimido y le mostraba al mundo que él era el mejor para jugar un deporte que significa tanto para tantos.

    Una hermana
    El futbol, como todos los deportes, es una cuestión de tiempo y espacio. Lo que importa es estar en el lugar indicado y resolver la jugada en el momento preciso. Aunque tal vez la variante más importante, más allá del contrincante o las habilidades de los compañeros, es el balón. La FIFA tiene toda una página para explicar los requerimientos adecuados para que el balón sea oficial. Su peso debe ser de entre 420 y 445 gramos en los juegos al aire libre, y los esféricos son inspeccionados tres veces en cabinas selladas para garantizar que el peso no se vea afectado por factores externos.
    La importancia de los balones es tal que se tiene registro de que en la primera Copa del Mundo entre Uruguay y Argentina en 1930, en el primer tiempo se jugó con una pelota pampera, llevándose los albicelestes la primera mitad por 2-1; y en el segundo periodo los charrúas utilizaron su esférico para terminar ganando el partido por 4 a 2 y convertirse en los primeros campeones del mundo. La FIFA en la actualidad no permite que se juegue un Mundial sin su balón previamente autorizado. En Sudáfrica el esférico se llamará Jabulani, nombre zulú que significa “celebración”.
    Lo anterior es sólo una muestra de una pequeña parte de las especificaciones de un juego, que por lo demás, no es de los que tienen muchas restricciones (apenas 17 reglas) comparado con otros deportes, y que deja por lo mismo un campo abierto para la suposición, el amague, la mentira, los sentimientos, los malos entendidos, y no pocas veces el fraude. En qué otro juego podría existir algo llamado “fuera de lugar” (regla número 11) en la que básicamente se penaliza a un jugador que es más rápido que el defensa y se le prohíbe tomar ventaja de su oportunismo.
    Son muchos los Mundiales en los que se han levantado las sospechas a favor o en contra de diferentes equipos. En Argentina 78, se culpó a la dictadura de coaccionar a los peruanos para que perdieran por goleada y le dejaran el camino libre a los locales. En Francia 98, Ronaldo siempre se quejó de que lo habían drogado con el agua potable, y que su baja de juego se explicaba por su malestar físico. Maradona, aunque experto en crear conjuras internacionales, no sólo contra su selección, sino sobre todo contra su persona, siempre se quejó de que el penal marcado por el árbitro uruguayo-mexicano Edgardo Codesal en la final de Italia 90, era la muestra ineludible de un fraude en favor de la Alemania que a la postre sería campeona. Tan sólo en la pasada Copa del Mundo, mientras Italia peleaba la final, una investigación judicial encontraba que el equipo de la Juventus había sido favorecido por árbitros en una trama internacional de corrupción y apuestas que afectaba principalmente al calcio. En la propia final contra Francia, el defensa Materazzi sacaba de quicio al estandarte Zidane con una frase que se volvería histórica ya gracias a la incipiente distribución mediática de la red: “Yo prefiero la puta que es tu hermana”. Como en los chistes de tres actos, la respuesta que dio Materazzi se debió a que Zidane le dijo que si quería su camiseta al final del partido se la daría con gusto. Tercer acto: el cabezazo que terminaría por expulsar al crack galo y que inclinaría la balanza a favor de la scuadra azzurra, que hasta ese momento había hecho poco para hacerse con la Copa. Lo que en México es incluso una muestra de camaradería (“Aviéntame a tu hermana, gí¼ey”), afectó a uno de los jugadores más templados y geniales de la historia en el peor momento posible. Zizu salió expulsado y se retiraría poco tiempo después del balompié. Su elegancia en el juego, su “falta de gravedad”, su cadencia de torero romántico quedaron ahí, a pesar de haberse convertido en un astado por unos segundos, en lo que pudo ser la segunda estrella para los bleus.

    El dolor nos hará campeones
    Si se tiene en cuenta que un equipo ganará el Mundial y que 31 restantes serán eliminados en alguna de las fases, puede ser inconcebible que la mayoría de los pueblos piensen que su escuadra será la elegida. Muestra máxima del reduccionismo ganador, una civilización que adoptó con gusto el concepto americano del “tiempo es dinero” y del “número uno” pese a todo y contra todo, tiene en la Copa del Mundo su máximo ejemplo. Pocos son los segundos lugares de la historia que gozan de prestigio como el que, por ejemplo, todavía acompaña a la llamada “Naranja Mecánica”, aquel equipo holandés de los 70, que llegó a dos finales y que perdió ambas, no sin antes mostrar un llamado “futbol total”, en el que todos los jugadores corrían e intercambiaban posiciones en la búsqueda de un juego ofensivo y espectacular. Su hombre-insignia, Johan Cruyff, es todavía admirado alrededor del mundo por su estilo, y como emblema sigue marcando las pautas —por lo menos en la llamada filosofía— del Barcelona, que inclusive hace apenas un par de meses lo nombró “presidente de honor”; es decir, gurú institucional.
    En Holanda pues, un país hasta cierto punto infecto de estética, un pueblo que vence al mar todos los días para poder existir, el futbol tenía que ser un concepto nuevo, una idea holandesa, mezcla de ligereza y eficiencia. Sin embargo, como lo señala Juan Villoro en “El balón y la cabeza”, para ser campeón se necesita el sufrimiento, el drama, por no decir la locura o el asesinato. Un Maradona de apenas ocho o nueve años se aparece a cuadro en un extraño documental. Viene de jugar un picadito en el paupérrimo barrio de Villa Florito, a las afueras de Buenos Aires, con la “cara sucia y la sonrisa limpia”, como lo describe Rodrigo Fresán, Dieguito se acerca a la cámara y al micrófono. “Dice que cuando sea grande quiere jugar en la selección argentina y ganar el Mundial”. Menos de 20 años después, Roberto Saviano visitaría una mansión de un miembro de la camorra, y recordaría haber visto al mismo Maradona en una foto de su época en el Nápoles, en la misma tina, con una mirada glamorosa y perdida por la cocaína. Cielo e infierno. Grandeza y olvido como metáforas del futbol.
    Otra estrella del mal llamado Tercer Mundo que también llevó a su país a las glorias del balompié fue sin duda Pelé. Ya en la crónica que sobre él escribía en 1963, Eduardo Galeano, lo describía como tímido y escondido siempre en las faldas de su representante Pepe el gordo. Aquel hombre desenvuelto y comercialmente hábil (que terminaría promocionando casi todo a quien mejor le pagara), era apenas un joven con un extraordinario talento de una pequeña isla llamada Santos. El “Mozart del futbol”, como lo llamaron los europeos, jugaba como nadie y mostraba cualidades físicas extrañas para un futbol todavía muy cerebral y juguetón. Después de darle tres campeonatos del mundo a Brasil, fue llamado Tesoro nacional y literalmente se le prohibió abandonar el país. O Rei venía de pelotear en la arena y terminó jugando más de 3 mil 300 partidos y convirtió casi mil 300 goles. Es el único futbolista que se puede jactar de haber detenido una guerra: Nigeria y Biafra hicieron una tregua para verlo jugar. Como lo describe Galeano en El fútbol a sol y sombra: “Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, por no perderse el golazo”.
    Como decía una frase trillada en el Brasil de aquella época: “Dios en el Cielo, y Pelé en la Tierra”.

    La soledad del triunfo,
    el estruendo de la derrota
    En la entrevista que le hizo el periodista deportivo Omar Fares Parra a César Luis Menotti, durante su breve estancia en los Tecos, el “filósofo del futbol” se lamentaba por el mercantilismo que, decía, estaba “devorando los tiempos” de este deporte. Defendiendo el papel central que el hincha debería tener en la actualidad, se dio tiempo para hablar de su amor por la pelota y de su experiencia como entrenador del primer equipo argentino campeón en 1978. “Sentí un vacío muy grande… No quiero ser grosero, pero es como cuando deseas algo y lo consigues, si no estás enamorado sientes un vacío muy grande, y esto era todo al final. Me acuerdo de las palabras de Olguín, porque en el vestidor había tristeza, éramos campeones del mundo y estábamos con la cabeza gacha, llenos de sangre, Tarantini estaba lastimado de la boca, Passarella también. Y Olguín me miró y me preguntó: ‘Y ¿ahora qué?, y le dije: ‘Nada, ya está’”.
    En otra historia, pero tal vez con la misma desolación que produce llegar a una final y enfrentarse a las circunstancias, el escritor brasileño Rubem Fonseca narra en su crónica “La copa del mundo: alegría y sufrimiento”, su experiencia al vivir de muy joven el maracanazo, aquella final en la que inexplicablemente Brasil cayó en casa ante Uruguay en 1950 por dos goles a uno. Escribe Fonseca: “Cuando el partido acabó, el silencio fue profundo, tan estruendoso (perdónenme el oxímoron) que nos dolían los oídos. Doscientas mil personas mudas y sordas. Hasta los llantos eran silenciosos, y las lágrimas escurrían sólo de los ojos más fuertes, aquellos que no habían quedado transidos, perplejos y obnubilados con la desgracia que se había abatido sobre nosotros”.
    El autor de Agosto y premio Juan Rulfo en el 2003, no deja de darle crédito a su equipo, que después de todo le ha dado más alegrías que angustias, pero “no obstante, el sufrimiento de la derrota es siempre más avasallador y duradero que la felicidad de la victoria”.
    Para el pueblo mexicano, ni la gloria ni la ignominia, sino la extrañeza de cada cuatro años. Tal vez el secreto de este determinismo se encuentre en el viejo juego de pelota prehispánico. Un ritual en el que los vencedores eran sacrificados. Es posible que los integrantes del Tri tengan marcada en su psique ese miedo irracional a la victoria. Después de todo no deja de ser probable que si trajeran la copa los degolláramos nada más bajarse del avión, por puro paroxismo chovinista, o como dijo aquel del penacho descomunal: por puro desmadre.