Dedicarse al quehacer no vale nada

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    Cerremos los ojos. Imaginemos que durante tres días nadie en casa, absolutamente nadie, tenderá las camas; no habrá quien haga el desayuno, la comida y la cena; nadie limpiará las áreas comunes como la sala, el comedor, la cocina y el baño.
    A eso hay que agregar que nadie cuidará a los grupos vulnerables de una familia tradicional, es decir a los menores ni a los de la tercera edad; nadie va a lavar ni a planchar la ropa, y nadie hará los pagos correspondientes de luz, agua y teléfono.
    A toda esa carga se le conoce como trabajo invisible, que no es otra cosa que el trabajo doméstico, el quehacer.
    Existen dos factores que contribuyen a que no “veamos” esta labor doméstica: el poco prestigio que se le adjudica socialmente y la no remuneración (o remuneraciones muy bajas, en el caso de las y los empleados). Además, las ocupaciones domésticas no son consideradas como actividades productivas.
    La responsable del Departamento de Género, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), María de los íngeles González Ramírez, informó que en las cuentas nacionales “la jornada de trabajo doméstico en un hogar compuesto por cuatro personas representaría un recurso económico de por lo menos 15 mil pesos al mes” para quien lo realiza, de acuerdo con un análisis efectuado por la Secretaría de Economía (SE).
    González Ramírez explicó que ese cálculo está hecho con base en un pago de salario mínimo. “El asunto es que no se paga (siquiera) esa cantidad”.
    Existe otro estudio realizado el año pasado por la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), el cual establece que si en nuestro país el trabajo doméstico fuera remunerado, una ama de casa de una familia compuesta por cuatro integrantes tendría un sueldo de 26 mil 975 pesos al mes.
    De acuerdo con las estimaciones hechas por la Profeco, una mujer que lleva a cabo labores domésticas, como el lavado de ropa, debería recibir por cada tarea mil pesos mensuales; por cuidar hijos, el costo ascendería a cuatro mil pesos.
    Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) señala que el valor anual para todo el trabajo doméstico de las mujeres es de 337 mil millones de pesos. La población femenina realiza una actividad que equivale al 20.5 por ciento del producto interno bruto (PIB).
    El análisis “Uso del tiempo y aportaciones en los hogares mexicanos”, del INEGI, revela que 40 por ciento del tiempo de las mujeres se destina al quehacer y el cuidado de los niños, contra un seis por ciento que los hombres dedican a tales actividades.

    La que nos ayuda
    Hay un trabajo doméstico que sí es remunerado, y este lo realizan hombres y mujeres contratados por una familia.
    Conforme a información del Plan Nacional de Desarrollo (PND), 60 por ciento de los hogares cuenta por lo menos con un empleado o empleada que efectúa estas actividades. 60 por ciento de los hogares son de clase media y alta.
    Y es que las mujeres de hoy, quienes por vocación, obligación o necesidad tienen un empleo formal o informal, y no han establecido un acuerdo con su pareja, prefieren contratar a “una muchacha”.
    Un empleado doméstico labora en un hogar de uno a seis días a la semana (según las necesidades del contratante y el contratado). Hay quien cobra por hora y quien por trabajo realizado, sin tomar en cuenta el tiempo que esto les lleve.

    Condiciones de esclavitud
    Para el catedrático en teoría del estado y derecho económico, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), Hugo Valdivia, los trabajadores domésticos están frente a una condición “verdaderamente abusiva por parte de los patrones, porque están en condiciones casi de esclavitud: ‘yo te pago por lo que comes, por lo que haces, te doy esa cantidad de dinero para que te ayudes’. Ese es el criterio general, aparte de las vejaciones que reciben, sobre todo en las familias más ricas”.
    –Hay señoras que prefieren a oaxaqueñas o chiapanecas. Dicen que son muy trabajadoras.
    –Y además, no les pagan. O dígame usted si cien pesos diarios es un pago por lavar, planchar, sacudir… Bueno, ¿qué no hacen las trabajadoras domésticas? Sus patronas creen que les están haciendo un favor al darles de comer y dejarlas vivir en su casa. Los 100 pesos son para que se ayuden, para que manden a su casa (en Oaxaca o Chiapas).
    –¿Por qué los legisladores no le entran a este tema?, ¿por qué no obligan a los patrones a que otorguen a sus empleados domésticos Seguro Social?
    –No nada más Seguro Social. Tienen derecho a todas las prestaciones que ampara la Ley federal del trabajo (LFT), absolutamente todas. Ahora, ¿por qué no lo hacen los diputados? Pues precisamente porque están involucrados en las mismas prácticas. Eso lesiona los derechos humanos de las personas, aparte de la LFT.
    Para Valdivia, un trabajador o trabajadora doméstica, “en condiciones precarias, debe estar ganando por lo menos siete mil pesos mensuales”, si es que labora ocho horas continuas, de lunes a viernes, en un solo lugar.

    De viva voz

    Según información del INEGI, en Jalisco hay tres millones 802 mil 724 empleados domésticos, dos millones 496 mil 581 son mujeres y el más de un millón restante son hombres.
    Rocío Juárez es dentista y desde hace un año contrató a Lupita, de 28 años de edad, para que le ayude con la limpieza de su casa. Rocío dijo que Lupita le resolvió la vida. Hace el “quehacer” tres veces a la semana. “Le toma dos horas por día, cuando mucho, porque no tengo hijos y no lava ni plancha, solo hace el aseo general”.
    Rocío le paga a Lupita 360 pesos a la semana, es decir, 120 por día. “Yo creo que está bien pagada. Estamos hablando de casi tres salarios mínimos. Hice un comparativo con las muchachitas que están de empleadas en las calles de Medrano y Obregón, y a ellas sí las explotan: trabajan más de ocho horas diarias y solo les pagan el mínimo”.
    Por su parte, la señora de Limón prefirió omitir su nombre y apellidos; utilizó su apellido de casada. Vive en Colinas de San Javier. Ella y su esposo son originarios de Culiacán, Sinaloa, y llevan por lo menos 16 años viviendo en Guadalajara.
    Dijo que en su casa siempre ha tenido dos “muchachas que ayudan”. Una de ellas se centra en las labores de la cocina: preparar los alimentos y estar al pendiente de que no falte nada en la alacena. La segunda se encarga de la limpieza general de la finca.
    La señora de Limón las prefiere de Chiapas o Oaxaca “porque son muy chambeadoras. Les pago bien”, aunque no quiso decir cuánto. Dejó entrever que es generosa: “además, les doy de comer y un cuarto. Duermen en mi casa”. ¿Seguro Social? “No, pero les pago vacaciones y aguinaldo”.
    Liliana Yáñez tiene 33 años de edad, así como dos hijos, Edgar y Jorge, de 12 y ocho, respectivamente. Desde hace seis años, Liliana ofrece sus servicios en diferentes domicilios de lunes a viernes, porque los fines de semana los dedica a sus niños. “Ahorita trabajo en siete casas, me va bien”.
    En promedio gana mil 500 pesos a la semana y asegura que le gusta su trabajo. Solo dos cosas le pide a sus patrones: que la registren ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y que le den vacaciones.
    Rosa Landeros está por cumplir en mayo próximo 58 años de edad. Trabaja “limpiando” dos casas; a una de ellas va dos veces por semana, y a la otra, tres veces. Es empleada doméstica desde 1995, cuando su esposo fue despedido de una fábrica de calzado. “Desde entonces tuve que entrar al quite, pues a mi marido nadie le daba trabajo”.
    En un principio se sentía mal, “pero ni modo, teníamos que sacar para comer. Ya ahorita ya me acostumbré y además, mis patrones son buenas gentes. Me tratan bien. A veces he llevado a mi nieta y no me dicen nada”.

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