De palabras y cosas peores

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La palabra fetiche. La palabra tabú. La palabra que anima y la que parece tomar nuestra nuca, presionarla hasta hundir nuestro perfil  en un espeso mousse de naranja. Tal como hiciera Tyler, personaje de Palahniuk. Aunque no fue precisamente su cara lo que él sumergió en un mousse de naranja.

El lado doméstico de los mexicanos es sumamente sensible a las palabras y a las letras. En 1992 en la Exposición Universal de Sevilla, el pabellón mexicano consistía en dos gigantescas letras “x” que pretendían pavonearse con que México se escribe con x; no con j. Y es que nuestra x es el fetiche que sintetiza nuestra esencia telúrica y azteca. Sustantivos y topónimos en náhuatl parecen consubstanciarse a través de esta antepenúltima letra del alfabeto español y mexicano. Por eso escribimos México, Oaxaca, Xalapa… aunque suenen como una jota. No importa que Xochimilco no sea pronunciada Jochimilco y que ahí sí suene el fonema náhuatl. Así somos. La x, al margen de su sonido, es símbolo visual de nuestros orígenes.

¿Y qué decir del verbo chingar? Carlos Fuentes y Octavio Paz lo han explicado de manera espléndida. Con la fuerza de una letanía en La muerte de Artemio Cruz, el primero. Y puntillosa y poéticamente, en nuestro Laberinto de la soledad, el segundo. Podemos ser chingones o estar chingados. Así, de la ceca a la meca. Y podemos estar rajadas, chingadas. Si somos la versión vernácula y arquetípica de una mujer que traiciona: Malinche, que se abre para entregarse al otro, al extranjero, al ajeno. Y si un hombre se abre, se feminiza, se “raja”, se chinga. Ay, Octavio Paz, qué maneras las tuyas, poetizando la parte baja y cotidiana de un pueblo, exorcizando un espíritu atávico y colectivo que todavía respira. Agonizante ya. En metamorfosis, sí. Pero aún respira. 

Las palabras son continentes. Puedes llenarlas o vaciarlas de sentido. Las palabras ruedan a través del tiempo y se deslizan en situaciones diversas con significados diversos. No preguntes por el significado, dijo el austríaco, pregunta por el uso. Pero no todos creemos en Wittgenstein y nos aferramos en consignar un sólo significado en la palabra “puto”. “¿Qué onda puto?”, le dice un chavo al otro. ¿Se está burlando de su parte femenina o ambos aceptan, armónicamente, su parte femenina al incorporar el uso en su lenguaje coloquial? 

Porque las palabras no se usan con el mismo sentido de cooperación, hay quienes las usan con doble sentido, con preferida ambigüedad, o hay quienes prefieren una precisión cirujana.

Recuerdo mis primeros días en España. Eran los noventa. Y recuerdo aquella mujer de apariencia respetable, cabeza blanca, vestuario impecable, abordándome en la calle 12 de Octubre de Córdoba, diciéndome que el hombre que recién había querido timarla en el mercado era un “hideputa”. Luego descubriría que la escatología no era sólo un tono quevediano de la lejana España. En las avenidas de Madrid o Sevilla, podías escuchar la interjección repetida de un ¡Mecachis!, pero sin eufemismo: Me cago en… en lo que fuera. La imaginación les permitía alternar. Un paisaje más de la riqueza de nuestra lengua.

No pocas veces se ha escrito que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es la piedra angular de nuestro idioma. En la segunda parte, publicada en 1615, mientras Sancho Panza conversa con el Caballero del Bosque, un bachiller de la Universidad de Salamanca, que pretende hacer volver a Quijote a su casa, da una lección sobre el uso de la palabra “puto” en la plaza de toros:

“¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced —replicó el del Bosque— de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: “¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!”, y aquello que parece vituperio, en aquel término es alabanza notable? Y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes. Sí reniego —respondió Sancho—, y dese modo y por esa misma razón podía echar vuestra merced a mí y a mis hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes alabanzas; y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio de escudero (…)” (REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE). Corpus diacrónico del español.   

Es decir que cervantinamente hablando, “puto” puede servir para alabar. Ya estará sonriendo el lector porque sabe que nuestros compatriotas no pretendían alabar al contrincante en la cancha. Pues sí, pero tampoco podemos probar que estaban siendo homofóbicos. La palabra “puto” no  conlleva  inherente y necesariamente el significado peyorativo de homosexual. Tal vez debamos revisar la historia sociolingüística de los que se han dado por ofendidos y aclarar. No encajemos nuestra actitud con la ignorancia. Basta de las moralinas de la lengua. Podemos aceptar y respetar orientaciones sexuales diversas y aun así prevaricar con nuestro idioma.

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