Contra oda a La Nariz

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No sé a razón de qué una nariz podría cobrar semejante importancia. Digo, un par de ojos, los labios de una mujer, serían preseas metafóricamente sobrecogedoras… pero, ¿una nariz? Al final poco importa si la impertinencia lo eclipsa todo: ¡mira que salírsele de la cara a alguien y vagar por las calles de la ciudad, como si a nadie se debiera! Eso no lo haría una boca que se respetara, ni unas piernas por su cuenta, aunque bien podrían. Pero las narices no tienen tan buena reputación, es más, no tienen ninguna.

Quizás por ello, o porque el absurdo permite concentrar en una nariz las críticas al mundo, Nicolai Gogol escribió algo más parecido a una contra-oda que a un elogio surrealista, construyendo una personalidad autónoma a partir de la rebeldía de una parte tan ordinaria del cuerpo de un respetable hombre: el asesor colegiado Kovaliov.

La sorpresa al descubrir el enorme parecido entre un político promedio y una nariz descarada, es abrumadora. Su capacidad para olvidar su procedencia, aun cuando inexplicablemente se haya visto convertida en un campante consejero de estado, no hace más que validar la sentencia que, movido por la desesperación, le dirige Kovaliov: “Debería usted saber cuál es su sitio”. Pero para un texto que poco se compromete con la lógica, y en que la razón es poco menos que una piedra en el zapato, una nariz pasa de lo sublime a lo ridículo, lo mismo que de la mordaz crítica política a la referencia fortuita a la libertad humana, sin inmutarse. Ese alter ego nasal, tan autónomo y completo en sí mismo, elegante y sin memoria, rompiendo con el pasado que lo sujeta a un hombre insoportable, podría ser adoptado como himno por las minorías sociales, de no ser porque ni el mismo narrador le ha dotado de la épica necesaria para erigirse como una clara alegoría de emancipación.

De pronto, es otra vez una nariz, sin sentido, que camina por la avenida Nevski maravillando el morbo de los transeúntes. Y así como así, la amargura de un hombre con la cordura titubeante mueve a la lástima de tal modo que su existencia no hace más que depender de que ese espacio vacío en su cara se llene con la presencia de ese apéndice que se le ha escapado. Una crítica más, ahora al sentimentalismo, que demuestra ser pasajero cuando, una vez recuperada la deseada prenda, la pedantería de un asesor colegiado con aspiraciones no hace más que alimentar la recurrencia de superfluas conquistas.

En definitiva, si algo hemos aprendido del absurdo es que los medios justifican el fin, con lo que la autocrítica del narrador y su reconvención con la extrañeza no podría tener sentido alguno, ni aún el más retorcido, de no ser por una franca validación de las fanfarronerías a lo largo de un texto ridículo: “Únicamente ahora, atando cabos, vemos que la historia tiene mucho de inverosímil. Aunque ¿dónde no suceden cosas absurdas? Sucesos por el estilo ocurren en el mundo. Pocas veces pero ocurren”.

Música para una nariz

Nada expresa mejor el falso orden mundano que el absurdo literario y la estridencia musical. Lo que Dimitri Shostakovich tuvo que hacer para dejarlo claro, en 1927, fue dedicarle al texto de Gogol una ópera entera (baluarte de la cultura de la solemnidad) con una peculiar mezcla de los cánones representativos del periodo barroco, los tintineos de la música folclórica rusa y la atonalidad más vanguardista de la época. Una sátira musical en tres actos que, en su inofensiva extravagancia, fue prohibida en los más efervescentes años de la Unión Soviética por percibir en ella cierto rastro de arrogante crítica al sistema. En 1974 fue nuevamente aceptada en los teatros de Rusia, como si se tratase de una obra nueva y, a partir de entonces, representada en diversos escenarios con los más excéntricos montajes.

El próximo 26 de octubre el Teatro Diana transmitirá, desde el Metropolitan Opera de Nueva York, bajo la dirección de orquesta de Valery Gergiev y con la actuación del barítono Paulo Szot y una producción escénica del artista plástico William Kentridge, un monólogo operístico con un montaje que va de los recortes de papel a las proyecciones fílmicas, lo suficientemente ecléctico como para las expectativas que despierta la obra original. Aunque sería más atinado afirmar, en espera de una sorpresa, como suele concluir cada capítulo de La nariz, que “a partir de aquí queda el suceso totalmente envuelto en bruma y no se sabe nada en absoluto de lo acaecido después”.

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