Carlos Bustos

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Carlos Bustos es un escritor forjado en la experiencia, construido en la disciplina que da la escritura, en esa inspiración que se parece más a la tenacidad que a la iluminación.

Narrador de historias fantásticas, enamorado del terror y la ciencia ficción, cinéfilo apasionado —con el humor a flor de piel y la elocuencia que da el sarcasmo sistemático—, el escritor ganador del premio Jorge Ibargüengoitia en 2005 y del Gilberto Owen en 2009, se describe a sí mismo como un ferviente lector. Entre sus obras destacan la compilación de relatos de terror Fantásmica, y la novela El libro que resucitaba a los muertos.

Del 22 al 24 de enero impartirá el curso “Cómo ser escritor y no morir en el intento” y, a partir de febrero, ofrecerá el taller “Escritura Creativa” con una duración de 4 meses, ambos en Casa Bolívar de la Universidad de Guadalajara.

Enamoramiento
Empecé como todo escritor, siendo un lector. Creo que la lectura es como un llamado. Yo, por ejemplo, fui flojo de niño, no me gustaba. En cambio, mi papá era un gran lector, veía películas, le encantaba la música, y aun así fue muy inteligente porque nunca nos obligó a nada. Cuando se inscribió al Círculo de Lectores, un día vi en el catálogo el primer libro que quise leer en mi vida, era de Patterson y se llamaba Virgen —era, por supuesto de terror. Al terminar de leerlo sentí que había entrado a una nueva dimensión. Soñé con ser escritor. Comencé a escribir a los 17 años, con una novela ¡inconsciente e irresponsable el muchacho! En el tercer capítulo tronó el proyecto. No podía con el aliento largo en ese momento, no estaba preparado, así que voltee a ver al cuento y ese fue realmente mi inicio. Fue mi primer amor. Conforme va uno creciendo crece también como lector y el campo se amplía. Conocí a Ray Bradbury y me fascinó, se convirtió en uno de mis maestros. Más tarde Alejandro Dumas, Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe fueron mis deleites.

Horas de cine
Parte de nuestra familia siempre trabajó aquí en los cines de Guadalajara como gerentes. Y eso fue maravilloso porque algunas veces mi hermano menor y yo, siendo niños, podíamos ver películas clasificadas para adultos con la supervisión de mi papá. Íbamos a la función de las 12 de la noche al Gran Vía, al Rex, al Tonallan, al Diana. Así que ahora, cada vez que escribo un libro yo lo veo en mi cabeza como una película, con imágenes muy visuales, listas para convertirse en un guion.

Aprender sin escuela
Estudié hasta la preparatoria. Mi padre, como muchas personas en mi familia, era médico y cuando yo les dije que iba a ser escritor, y estudiar la carrera de Filosofía y Letras tronó la bomba atómica. Pensaron que estaba demente y mi madre no me dejó estudiar semejante cosa. Así que cuatro veces hice trámites a la facultad de Medicina, ellos moviendo sus influencias para que entrara y yo moviendo las mías para no entrar. Por fortuna, no me aceptaron. Entonces asumí que la única manera en la que podría aprender a escribir, ya que no podía ir a una escuela, era leer mucho y escribir todos los días. He trabajado en la edición, también en el diseño, pero mi necesidad es escribir. Cuando no escribo me siento desdichado. He hecho de la escritura mi vida y trabajo en ello sin vacaciones. Tengo un amigo que dice haber publicado sólo cinco libros porque tiene una amante, muy celosa, que es la perfección. A mí me gusta decir que he publicado veinte libros porque tengo dos amantes igual de celosas, que son la pobreza y el hambre… [Con una carcajada pone punto final a nuestra conversación].