Alfonso Reyes el regiomontano universal

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El 17 de mayo se cumplieron 126 años del natalicio de Don Alfonso Reyes Ochoa, poeta, ensayista, pensador y diplomático mexicano, quien nació en Monterrey a finales del siglo XIX.

Su padre, el general Bernardo Reyes, peleó en la segunda intervención francesa en México y durante el porfiriato fue gobernador de Nuevo León, y Secretario de Guerra y Marina. Don Alfonso fue el noveno de doce hermanos. Su formación inicial transcurrió entre colegios particulares en Monterrey, instructores privados y el Liceo Francés en la Ciudad de México. Comenzó sus estudios de bachiller en el Colegio Civil de Nuevo León y los concluyó en la Escuela Nacional Preparatoria. En 1913 egresó como abogado de la

Escuela Nacional de Jurisprudencia, posterior Facultad de Derecho de la UNAM.
El 28 de octubre de 1909, en una reunión celebrada en el Salón de Actos de la Escuela Nacional de Jurisprudencia en la esquina de San Ildefonso y el Relox, en la Ciudad de México, junto con Pedro Enríquez Ureña, Antonio Caso, José Vasconcelos e Isidro Fabela, entre otros, funda el Ateneo de la Juventud como vigorosa crítica desde una emergente generación de intelectuales ante el determinismo y mecanicismo (basados en el positivismo de Augusto Comte y Herbert Spencer) que el grupo de los Científicos (formado por importantes personajes del gabinete presidencial, agrupados bajo el Partido Unión Liberal y encabezados por José Yves Limantour) utilizaba como justificación ideológica para mantener al decadente régimen porfirista.

El Ateneo llamó a dotar a la educación pública en México de una visión amplia que rechazara el determinismo biológico que conducía al racismo, y encontrara una solución a los graves costos sociales que la industrialización y urbanización del país generaban para las personas. Propusieron la libertad de pensamiento, la libertad de cátedra y la reafirmación de los valores culturales, éticos y estéticos mexicanos y latinoamericanos.

En 1911, publicó su primer libro Cuestiones estéticas. En agosto del año siguiente fue nombrado secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, precursora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí creó la cátedra de Historia de la lengua y literatura española. Sus logros académicos se vieron ensombrecidos por la participación y muerte de su padre durante la Decena Trágica en 1913 y la incorporación de su hermano al gobierno de Victoriano Huerta. A mediados de ese mismo año parte a Europa en busca de sí mismo, dirían algunos, como parte de la Legación de México en Francia.

En 1917 publicó su obra Visión de Anáhuac. Entre 1920 y 1939 vive como diplomático en España, Francia, Argentina y Brasil. En este lapso se publican sus ensayos Cuestiones gongorinas (1927), Simpatías y diferencias (1921-1926), Homilía por la cultura (1938) y Capítulos de literatura española (1939), lo que lo proyecta como uno de los referentes culturales y literarios del continente latinoamericano y del mundo hispanoparlante. Jorge Luis Borges afirmaría sobre la obra de Alfonso Reyes: “Para mí, la de Reyes es la mejor prosa escrita en lengua española desde que la lengua existe”.

En 1939, Alfonso Reyes se instaló nuevamente en México y construyó su hermosa casa conocida actualmente como la Capilla Alfonsina. A partir de este año y hasta 1950 escribe y publica su serie de libros sobre temas clásicos: La antigua retórica y Última Tule (ambas de 1942), El deslinde (1944), La crítica en la edad ateniense (1945) y Junta de sombras (1949); y sobre los problemas mexicanos y americanos: Tentativas y orientaciones (1944), Norte y Sur (1945), La X en la frente y Marginalia (ambas de 1952). Fue traductor de Homero y publicó en español La Ilíada en 1951.

Reyes fue directivo y fundador de diversas instituciones culturales que han marcado época y hecho escuela en el país. Fue presidente de La Casa de España en México, que se transformaría más tarde en El Colegio de México y fundó, al lado de una pléyade de personalidades mexicanas de las humanidades y las ciencias, El Colegio Nacional, del cual sería director a partir de 1943. Junto con Jules Romains, refugiado francés en nuestro país y amigo entrañable, fundó el Instituto Francés de América Latina (IFAL) y durante el bienio de 1957 a 1959 presidió la Academia Mexicana de la Lengua.

A la sombra, o mejor dicho, bajo el auspicio de Reyes, crecieron y florecieron los escritores mexicanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Abrevaron en la originalidad de sus ideas, la profundidad de su sentido ético, su enorme erudición y la limpidez de su prosa. Todos estos atributos le ganaron un merecido lugar como paradigma de la ensayística hispanoamericana y le valieron ser postulado en varias ocasiones al Premio Nobel.

En palabras de Octavio Paz: “El amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro”. Vale la pena revisitar la obra de Reyes y extraer de ella frescura, claridad y fuerza.