2020, la normalidad antes de la Covid-19

La pandemia sigue, al igual que las interrogantes que despierta acerca de los valores y las conductas humanas. Los viernes, en Gaceta UDG retomamos las colaboraciones de profesores y alumnos de la maestría en Bioética de esta Casa de Estudio sobre el coronavirus y su impacto en varias facetas de las sociedades y de nuestras vidas

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Víctor Hugo Salazar Ortiz*

El 2020 comenzó con toda normalidad como los años anteriores: cena de despedida del 2019 y bienvenida al año nuevo. También todo regresó a la normalidad los primeros días de enero: niños y jóvenes retornaron a la escuela y los adultos a sus respectivos trabajos.

Lo normal, como antes, era comer tres veces al día y que el centro de la alimentación estuviera basado en productos de origen animal: huevo, leche, carnes, embutidos, sin un cuestionamiento del origen de éstos: sufrimiento animal producto del hacinamiento, mutilación, alimentación artificial al que se les somete; impacto ambiental derivado de la deforestación de bosques y selvas para el cultivo de granos para alimentarlos; contaminación de ríos lagos y mares en los que se vierten sus desechos, como orines y excremento, y los desechos de los animales muertos; contribución al cambio climático producto de las flatulencias cargadas de metano de los rumiantes.

Dentro de esta normalidad tampoco se seguía teniendo consciencia de los procesos que conlleva acercar el alimento a las mesas: monocultivos, uso de herbicidas, insecticidas y fertilizantes químicos que contaminan la tierra y los mantos acuíferos.

La gente seguía asistiendo normalmente el fin de semana a centros comerciales a ver qué podía comprar, sólo por el placer de comprar, no porque de verdad necesitara “algo”; otra vez sin preguntarse acerca de la procedencia de lo que adquiere, es decir, de dónde y cómo se obtuvo la materia prima de los materiales con que se fabricó, si se pagó justamente por su manufactura y dónde terminará una vez que deje de utilizarlo, en pocas palabras, la huella ecológica del producto.

En los hogares el uso de los servicios como el agua y la energía eléctrica sigue desperdiciándose bajo la justificación de que se paga por ellos y además, dirán algunos, son un derecho inalienable; no obstante, se desconoce también el origen el impacto que tiene su producción en el cambio climático.

En fin, la vida del 2020 antes de la pandemia seguía girando en torno a una obtusa arrogancia antropocéntrica y un exacerbado egoísmo humano alentado por la economía y la mercadotecnia.

Dichos modelos de comportamiento empezaron a ser cuestionados por la ética ambiental en el lejano siglo XX, específicamente en la década de 1970, debido a que se comenzó a criticar el patrón antropocentrista ya descrito, mismo que está asentado en toda una tradición religiosa, filosófica y científica que ve al ser humano como creatura divina, racional y transformadora única, cumbre y fin de la evolución, lo que le da el derecho a hacer en y con el planeta, todo lo que quiera sin límites.

Ante este panorama los eticistas ambientales comenzaron a formular nuevas formas de ver el mundo que fueran más éticas, y propusieron visiones denominadas biocéntricas y ecocéntricas. Éstas tomaron como criterio de juicio moral básico el respeto a la vida en sí misma, no sólo la humana, y el bien de los ecosistemas, no sólo de las sociedades humanas.

La voz de la ética ambiental fue como un grito en el desierto, escuchada por pocos, por no decir que por nadie. La sociedad humana ha continuado con su ritmo normal de depredación de los bienes naturales, viendo a éstos como meros recursos para acrecentar la economía y su comodidad.

Pero en el 2020 el Covid-19 llegó y la vida de los seres humanos dejó de ser normal. Ni las pruebas cotidianas del cambio climático habían movido un ápice los patrones de comportamiento ambiental. Tuvo que ser el virus de un murciélago el que viniera a cimbrar y cuestionar el rumbo de la humanidad. Tuvieron que pasar 50 años para darle la razón al quehacer filosófico elaborado desde la ética ambiental.

Las preguntas ahora son: ¿estamos listos para abandonar la visión antropocéntrica y mudar a una ecocéntrica? ¿Estamos preparados para una “nueva normalidad” que sea ambientalmente más ética y moral?

*Profesor-investigador Departamento de Filosofía UAA