16 de septiembre de 2004

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“Al pretender tomar un retorno, una mujer perdió el control y se estrelló de frente contra un muro de contención; por lo tal, resultó lesionada de gravedad”. Eso leyeron en un periódico local las amigas de Iliana Breton cuando se enteraron del accidente.
La última vez que vieron a Iliana fue la noche anterior, mientras celebraban el Día de la independencia, en el Clío Club.
No eran buenas las noticias. Iliana estaba hospitalizada y no sabía de sí. Recordaba poco. Olvidó el choque.
Cuando fueron a visitarla al hospital, sus padres y hermanas –que tuvieron que viajar a Guadalajara desde Tlaxcala– les decían que pusieran buena cara y no fijaran demasiado la vista en las heridas del rostro.
Hasta ese momento, Iliana Breton desconocía las fisuras que había sufrido en su cuerpo y las heridas de su cara. De hecho, olvidaba los sucesos de un instante a otro. Eso, explicaron los médicos, era porque aún tenía el cerebro hinchado a causa de los golpes.
Sus padres, hermanas y amigos se encargaron de repetirle durante dos semanas la razón por la que estaba internada en aquel cuarto blanquísimo.
Los amigos le decían: fuimos al Clío la noche del 15 de septiembre. Recuerda que tú te quisiste ir a tu casa, a eso de las 2:00 de la madrugada. Nosotras nos quedamos y te fuiste sola. Después salimos de ahí en taxi. Sabes que casi siempre nos vamos a tu casa a dormir, pero aquella noche no fue así. El periódico publicó que ibas tomada y que por eso habías chocado, pero no es cierto. Te tomaste solo dos vodka tonic.
Luego los padres le confirmaron la versión de sus amigos y amigas. Añadieron que el seguro se encargo de los gastos del choque, pues según las pruebas aplicadas esa misma noche, no sobrepasaba el nivel permitido de alcohol. “Ya que comprobaron que no tenías el grado, pagaron todo. No te preocupes. Vas a estar bien”.
Ya lúcida, Iliana descubrió por primera vez los motivos por los que no abandonaba la cama de aquel cuarto blanquísimo y resplandeciente.
Le hicieron una cirugía en un pie. Se le dobló por completo en el accidente. Tenía seis fracturas. Se lo reconstruyeron los médicos de un hospital privado, con clavos y placas. De hecho, iba a perderlo. Estaba a punto de la gangrena. Lo recuperó. Además, el rostro perdió su antigua forma. Ahora solo tiene las cicatrices, en la piocha, el pie y la pantorrilla izquierda.
Recordó todo cuando sostuvo en sus manos la invitación a la fiesta mexicana. “Viva México. Clío Club”, decía el texto. En los bordes de papel cayó un poco de sangre. Lloró. Las manchas ya estaban secas, pasaron alrededor de 15 días cuando despertó a su conciencia ordinaria.
Lloró a diario. Siete meses seguidos. La imagen en el espejo era ajena. No había carisma, sonrisas ni labios rojos pintados. En cambio, se le formaron unas bolitas orgánicas en el mentón.
Tuvo que aprender otra vez a caminar. Empezó con dos muletas. Una muleta. Sola. Luego sin renquear.
“Quería darme un tiro”, dice Iliana. No ha pasado un año y ya camina. Para ella es un milagro. Jala el humo del cigarrillo que sostiene entre los dedos de la mano izquierda. Toma un trago de un vaso de agua frente a ella, sobre la mesa, y agrega: “después del accidente, fue un mes completo de llamadas y visitas. Pero, obvio, todos deben seguir sus vidas. Yo también, aunque no quería”.
A cuatro meses del 16 de septiembre de 2004, en enero de 2005, la empresa trasnacional Renault la contrató como asistente de mercadotecnia.
Iliana considera que ha recibido ciertas señales. Sabe que la experiencia fue importante en su vida. Está decidida a redactar un libro e incluir la vivencia de otros que hayan sufrido una situación similar.
Invitó a los lectores a escribirle un relato parecido o contactarla en su correo electrónico: ilibreton@hotmail.com.