Una metáfora llamada México

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Porque aquí, en México, los colmillos aún son evidentes.
D. H. LAWRENCE

Para Hollywood nuestro país siempre ha sido un refugio de ladrones, pederastas y asesinos. Desde el western hasta el pulp de Tarantino o Los Simpson, México ha sido escenificado como un santuario donde los extranjeros (los witlander) pueden expiar sus culpas.
Territorio sin ley, donde la “mordida” compra voluntades, fueron sobre todo los escritores quienes buscaron inspiración en una tierra que al tiempo que los fascinaba, los repelía. Todos parecían desear lo que le adjudicó Juan Villoro al periplo de D. H. Lawrence: “Escenarios no contaminados por la sociedad industrial, donde aún es posible integrarse al orden natural de las cosas”.
Octavio Paz escribió que “una manera de entrever lo que se propone realmente un artista es preguntarse: ¿cuál es su paraíso?”. Para algunos como Jack Kerouac, México representaba esa “Tierra Pura” a la que se llegaba al final de un largo viaje. Para otros como Malcolm Lowry, sus visitas fueron utilizadas para descubrir “algo nuevo sobre el fuego del infierno”.

Vivir entre los dioses
Nadie describe mejor esta ambivalencia que provocaba un país todavía exótico, alejado de la modernidad y con una espiritualidad algo mórbida como el novelista inglés D. H. Lawrence: “Se trata de un país extraño. Los antropólogos pueden decir todas las lindezas que quieran de los mitos. Pero vengan aquí y verán que los dioses muerden”.
El autor de Lady Chatterley visitó tres veces México entre 1923 y 1925, con el recuerdo todavía cercano de la Gran Guerra, D. H. Lawrence conoció el país, como lo señala Juan Villoro, “en la época en que los ídolos de piedra eran excavados por los arqueólogos”. El propio Lawrence señala el “misterio de belleza” que tiene México para él, “como si los dioses estuvieran aquí”.
Para Emmanuel Carballo, quien coordinó una antología de los textos escritos por D. H. Lawrence sobre México, sus viajes al interior del país “pueden catalogarse como simples excusas que un hombre iluminado se da a sí mismo para buscar en un país, que él considera primitivo, argumentos que comprueben sus tesis acerca del triunfo de la sangre sobre la razón, de los instintos sobre la inteligencia y del sexo sobre la enajenación”.
Ahora los intentos de D. H. Lawrence por pregonar el regreso del politeísmo y de una espiritualidad perdida parecen ingenuos, sobre todo ante la perspectiva del Holocausto. Más certeros fueron los intentos de otro inglés que llegaría a México para escribir una de las mejores novelas del pasado siglo XX.

En pos de oráculos salvajes
Dana Hilliot, la protagonista de Ultramarina (novela anterior a Bajo el volcán), es premonitoria y define como nadie la búsqueda de un “paraíso infernal” soñado por Malcolm Lowry: “Algún día encontraré una tierra corrompida hasta la ignominia, donde los niños desfallezcan por falta de leche, una tierra desdichada e inocente, y gritaré: ‘Me quedaré aquí hasta que ésta sea un buen lugar por obra mía’”.
Malcolm Lowry llega a México en los albores de la Segunda Guerra mundial y con la expropiación petrolera acometida por Lázaro Cárdenas todavía muy reciente. El propio escritor siempre manifestó su sospecha de que en sus viajes era seguido por la policía mexicana. Esto fue cierto y su biógrafo Gordon Bowker lo confirmó.
Fuera de las tensiones internacionales, lo que Lowry encuentra en nuestro país, además de un tema que legitime su filosofía como en el caso de Lawrence, es un tono de escritura. Una voz poderosa que parece dictarle lo que a la postre —y después de muchos años de grandes esfuerzos con editores, de una corrección obsesiva y de su propia lucha con el alcoholismo— se convertiría en una de las novelas más importantes del siglo XX.
Como un Fausto moderno, Lowry parece que fue consciente del alto costo que tendría que pagar en la tierra que había elegido para encontrar la grandeza. Como le escribió a un amigo: “México es el sitio más apartado de Dios en el que uno pueda encontrarse si se padece alguna forma de congoja; es una especie de Moloch que se alimenta de almas sufrientes”.
Bajo el volcán ha sido comparada con la Divina comedia; si bien la obra de Lowry es una novela, sus altas dosis de poesía la convierten en una referencia artística ineludible a la hora de escribir una antología sobre las obras literarias que mejor describen la complejidad de la mente humana y la ruptura con la realidad que se avecinaba para el mundo. “Me gusta cobijar mi dolor a la sombra de viejos monasterios, guardar mi culpa en los claustros, bajo los gobelinos, y en la misericordia de cantinas inimaginables donde al anochecer beben alfareros de cara triste y pordioseros sin piernas, cuya fría belleza de junquillo redescubrimos en la muerte”, escribió el autor de Lunar caustic.
“Malcolm Lowry llegó a México en pos de oráculos salvajes”, escribió Juan Villoro, y señala que Firmin, uno de los héroes de Bajo el volcán, “busca una síntesis a su medida, el paraíso de su de-sesperación”. Podemos decir que esta novela continuó el camino iniciado por La serpiente emplumada de Lawrence, pero alcanza una expresión muy superior. La conclusión es que el pintor genial descubrió finalmente su paisaje evocador.
Al mismo tiempo Lowry fue probablemente el único que escribió sobre personajes mexicanos, si no entrañables, por lo menos creíbles. Salvo en el caso del doctor Vigil en Bajo el volcán y de Juan Fernando Martínez en Oscuro como la tumba donde descansa mi amigo, los personajes que abundan en las obras de los escritores —incluidos los del gran observador que fue Graham Greene— son chatos y se asemejan más a caricaturas del “buen salvaje”, o de plano son construidos (casi siempre los mestizos) como seres abyectos, traidores, poseedores de una violencia sobrenatural que los asemeja a arquetipos bíblicos.

La manía nacional
En nuestro país, Graham Greene fue uno más de los escritores que vivió de cerca la violencia y fue testigo de lo real que era ese cliché de que en México la vida no vale nada. Durante su estancia en San Cristóbal de las Casas señaló en una carta lo desdichado que se sentía:

porque el lugar estaba lleno de pistoleros fanfarrones —cualquiera de ellos podría haber sido modelo para mi jefe de policía [de la novela El poder y la gloria]— y era imposible sentarse en la plaza sin recibir insultos o pedir una bebida en una cantina sin que la negaran, pues para entonces el nacionalismo de las compañías petroleras había roto las relaciones diplomáticas con Inglaterra.

Graham Greene además se disculpa de las prisas con las que escribió El poder y la gloria, que retratan la persecución religiosa en Tabasco y Chiapas durante el gobierno de Plutarco Elías Calles. Durante las mañanas acometía El agente confidencial y en las tardes escribía la novela que después llevaría al cine John Ford. Greene confiesa los límites a los que llegó durante su estancia en México con esta doble empresa, y cómo gracias a altas dosis de benzedrina regresaba a su casa “con las manos temblorosas y una depresión que caía sobre mí con regularidad de lluvia tropical […] la carrera de un escritor tiene sus peculiares aspectos infernales”.
El autor de Nuestro hombre en la Habana no fue el único que abusó de sustancias en la búsqueda de un mejor “rendimiento” durante sus jornadas literarias. A México llegaron una horda de desarrapados, santones hipsters que ya fuera de camino a Sudamérica en busca de la ayahuasca o de plano en largas temporadas por el territorio nacional, dejarían patente en sus poemas y novelas el estilo de vida de una generación que escapaba de esa “Norteamérica donde nadie se divierte ni cree en nada”, como la llamara Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma.
En nuestro país, los beatniks encontraron un paisaje natural y primigenio de acuerdo a sus expectativas. Jack Kerouac escribe en Mexico city blues un poema en el que es capaz de escuchar “los somnolientos murmullos del Pueblo de la Inocencia al mediodía”.
William S. Burroughs, en cambio, percibió a nuestro país como “siniestro y sombrío y caótico, con el caos especial de un sueño”. Los mexicanos con los que se topa y que retrata brevemente en su correspondencia se le aparecen como “entrometidos” y estúpidamente violentos. Llega a escribir en la novela Marica que “en México el asesinato es la manía nacional”. Incluso algo que puede desprender las metáforas más bucólicas como el cielo mexicano lo describe como “amenazador” y de un “despiadado azul”.
Para Kerouac, en cambio, cualquier escenario de dolor que puedan ofrecer la Ciudad de México o el país en general es necesario como un salvoconducto para alcanzar el nirvana. Como lo escribió en la novela En el camino: “Lo que anhelamos durante nuestra vida, lo que nos hace suspirar y gemir y sufrir todo tipo de dulces náuseas, es el recuerdo de una santidad”.

Zopilotes famélicos
Ya sea evocado como un lugar paradisiaco; ya sea injuriado como un territorio que transforma en demonios a los hombres (el general Vielma de La serpiente emplumada dice en un diálogo revelador: “México hace a los extranjero peores de lo que son en su país”), lo cierto es que una buena definición no termina ni siquiera en la ocurrencia de André Bretón, que consideraba a México de manera grandilocuente como “la tierra elegida del humor negro”.
Si bien en los tiempos violentos que corren, la definición de D. H. Lawrence, acerca de que el espíritu de México “resultaba cruel, doloroso, destructor” podría ser actual, es más saludable para nuestra psique tomar a una figura como la del escritor B. Traven, quien no se empeñó en arrancar una definición acorde a sus más oscuras y descabelladas proyecciones, sino que se esforzó por crear una armonía entre paisaje y personajes, sin nunca abandonar el compromiso social y denunciar las profundas desigualdades y la violencia de Estado que tan comunes han sido en la sufrida historia de nuestro país.
El autor de La rebelión de los colgados murió como a él le gustaba, en el anonimato el 26 de marzo de 1969 en la Ciudad de México. Su última voluntad fue que sus cenizas fueran esparcidas en el río Jataté, en la selva de Chiapas. Un lugar muy querido para el escritor que recorrió en infinidad de ocasiones. “En cuanto sienta que se aproxima mi fin —escribió precavido— me refugiaré como una bestia en la maleza más tupida, donde nadie pueda seguirme. Ahí esperaré la sabiduría infinita con gran devoción y reverencia y volveré, en paz y con tranquilidad, a la gran unidad de la que surgí al nacer. Daré las gracias a los dioses si tienen a bien saciar con mi cadáver el hambre de zopilotes famélicos y perros abandonados, para que no quede ni un huesito blanco”.