Una economía inferior

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Un bien inferior es, en términos de la microeconomía, aquel producto o servicio que es sustituido por otro cuando aumenta el ingreso de las personas. Esto parece un contrasentido. Y así es.
Para explicar esta situación, es necesario suponer que un trabajador obtiene una mejora en sus ingresos, lo cual le permite gozar de unos “excedentes” nominales que le permiten comprar aquellos productos que no eran asequibles con sus antiguos ingresos. En ese momento, sustituye, por ejemplo, las tortillas por pan integral. O deja de utilizar el servicio de transporte urbano y compra un auto compacto. O deja de tomar cerveza Sol y la cambia por la inigualable Bohemia. En ese caso, las tortillas, autos y mejores cervezas, se convierten, por obra del incremento del ingreso, en un “bien inferior”.
La existencia de estos presupone la categoría contraria: los bienes “normales”, los cuales se caracterizan por que su consumo se eleva cuando pasa lo mismo con los ingresos individuales y/o familiares. Estos conceptos son provenientes de la microeconomía neoclásica.
En tiempos de crisis económica, ocurre que los ingresos nominales se incrementan marginalmente y, por la vía de la inflación, aparece en realidad una disminución del ingreso real de los consumidores y por tanto ocurre no sólo una disminución del consumo —cada vez podemos comprar menos productos— sino de un cada vez peor consumo: es decir, que reaparecen el consumo mayoritario de bienes inferiores en la canasta de los consumidores.
Esa orientación del consumo hacia los bienes inferiores haría presuponer que una creciente proporción del producto se orientaría a la satisfacción de esas necesidades. Producción que, por lo demás, en tanto bienes de consumo no duradero, no requieren de composiciones de factores de la producción que alienten los impulsos de la modernización económica o, mejor aún, la mejora en los niveles de empleo, la inversión o la innovación tecnológica.
Buena parte de los problemas estructurales de la economía mexicana —que se agudiza más en unos sectores y en algunas regiones que en otras— se debe a la creciente tendencia hacia al consumo de los bienes inferiores. Estamos pues en presencia de una economía inferior. La cual se caracteriza, en su nivel macroeconómico, por un deterioro creciente de bienes inferiores y en consecuencia de trabajos de igual cualidad.
Un buen consumidor sólo se explica en tanto es un buen productor. Por ello no podemos crecer o mejor… las tasas del crecimiento de la producción agregada sólo dan para sobrevivir y para cubrir las necesidades ingentes de la mayoría de la población y por supuesto para satisfacer los inefables perfiles de consumo de las minorías que habitan aquí o fuera del país.
Las condiciones en que se desempeñan las empresas y en particular los pequeños negocios son (como lo hemos señalado en otras ocasiones en este espacio) “poco amigables” para sus propietarios.
Los perfiles del consumo prevaleciente se ven aun todavía más orientados “a lo inferior” si se considera que las contribuciones que a ese propósito han provocado tanto la competencia y las pésimas políticas macroeconómicas implementadas hasta hora: pésimas por su falta de estrategia y por ser inoportunas.
Estos factores de índole macroeconómica han favorecido las incapacidades estructurales de la economía de la producción y el consumo. Con una agravante: la estructura y el funcionamiento adecuado de los mercados —como un asignador automático y más o menos eficaz de los recursos de una economía— no puede operar eficientemente y por lo tanto la mala calidad de nuestros mercados sólo es un reflejo de la aquí llamada economía inferior.
Esta condición que observa nuestro sistema económico es una construcción histórica que hemos realizado los mexicanos pertenecientes a las últimas generaciones y no una, insistimos, fatalidad ineludible. En ese sentido, debemos pensar que para mejorar este estado de cosas deben emprenderse tareas de largo, mediano y corto plazo.
De esta forma, y atendiéndose a lo dicho por uno de los mejores economistas: “En el largo plazo todos estaremos muertos…” En ese sentido, y para contribuir al análisis y debate de lo que podemos hacer, primero se debe realinear la política macroeconómica prevaleciente.
La terquedad de la realidad insiste en indicar que los buenos fundamentos macroeconómicos sirven sólo si se les orienta y ajusta en el sentido de generar y promover la creación de la riqueza. Segundo, debemos mover la mesoeconomía en sincronía con la macroeconomía. En aquella es indispensable diseñar los incentivos para fortalecer los buenos preceptos y fundamentos para la economía de las empresas.
En la meso economía, los presupuestos de los gobiernos locales, estatales y municipales están llamados a jugar un rol social trascendente —por la vía de la promoción de proyectos de alto impacto y beneficio económico— que despliegue el desarrollo local sustentable e integrado.
La hora de la integración de los distintos niveles no admite mayor dilación ni cavilación. Es hora de acciones concretas y efectivas. No podemos darnos el lujo de seguir, por más años, por más décadas, u otro siglo, para abandonar los linderos de la economía inferior y transitar a la economía que nos asegure una transformación productiva que realice la generación de riqueza con equidad.

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