Un cuadroniano en Guadalajara

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Sputnik abrió los ojos más temprano que de costumbre, a las 5 meridiano del planeta Cuadrón. Lo despertaron las luces intermitentes, las cuales le recordaban que tenía que prepararse para ingresar en la atmósfera terrestre y descender en Tierra.

Había viajado por una semana a la velocidad de la luz, y tendría que adentrarse a una ciudad terrícola desconocida, que los nativos del planeta llaman Guadalajara. Ésta, de acuerdo con los informes del Capitán Merlock, era la capital de un territorio pujante y rico: Jalisco.

En las bitácoras de Cuadrón todavía circulaban las historias del legendario Merlock, el primero en visitar Guadalajara y pueblos de sus alrededores con el fin de hacer un estudio sobre la flora, fauna, recursos naturales y cultura de los nativos. A su regreso a Cuadrón, el Capitán Merlock recomendaba instalar una colonia en Jalisco, ya fuera en Guadalajara o en la costa, pero en aquel entonces los cuadronianos no querían colonizar otros mundos, ya que vivían felices y satisfechos en su planeta.

Fue después de la invasión Orlackiana, que fue antecedida por una guerra y la muerte de millones de cuadronianos, cuando unos mil científicos, intelectuales, escritores y poetas, hombres y mujeres, abordaron una nave nodriza y se aventuraron en el espacio, y con ellos embarcaron plantas y animales, además de archivos filosóficos, literarios y científicos. En éstos figuraban los mapas espaciales del legendario Merlock, junto con sus memorias. Sputnik las había leído una y otra vez, como guía para saber qué hacer en Tierra. En sus crónicas, Merlock había incluido fotografías de varios terrícolas célebres y miembros de las altas élites, para que los cuadronianos pudieran adoptar su aspecto y vestimenta si decidían hacer otra incursión.

Una hora después de que Sputnik despertara, la pequeña nave, que se había desprendido de la gran nave nodriza desde hacía siete días, se introducía en Tierra. Una vez en la atmósfera del planeta, Sputnik activó el efecto de invisibilización para que no fuera detectada por cualquier artefacto terrestres, y se fijó en la pantalla panorámica que le indicaría la ubicación de Guadalajara.

Aterrizó en el techo de una edificación. Sacó unas fotografías guardadas en un compartimento, que formaban parte de las memorias de Merlock. Las había visto una y otra vez, y le había llamado poderosamente la atención el aspecto insolente de un personaje. Se trataba de un terrícola con el cabello y la barba completamente blancos.

El cuadroniano adquirió la figura humana del retrato. Sacó unos círculos dorados, que sabía que los terrícolas denominaban monedas, una pequeña cámara fotográfica y un arma.

Con agilidad bajó a la calle. Se respiraba aire fresco, mientras agradables rayos de sol calentaban ligeramente su rostro. La sensación no era la misma en el resto de su cuerpo. En realidad el traje se le hacía incómodo. Le ocasionaba calor, pero decidió aguantar con estoicismo.

El hijo de Cuadrón vagó sin rumbo fijo en la ciudad, pero su aspecto no era igual a las descripciones de Merlock. La urbe había cambiado. En las limpias calles levitaban automóviles inteligentes que se desplazaban sin que nadie los condujera. Se trataba de una antigua tecnología que, en el planeta de donde era originario Sputnik, había sido superada mucho antes de la llegada de los Orlackianos.

Guadalajara era una ciudad definitivamente bella, en donde modernos edificios con paredes que automáticamente se enfriaban si hacía calor o subían su temperatura si hacía frío, se mezclaban con antiguas construcciones, parecidas a las que Merlock describía en sus crónicas.

Sputnik continúo el paseo, mientras tomaba fotos a los edificios y, de manera discreta, a los terrícolas que le salían al paso. Éstos miraban al anciano y se extrañaban de su aspecto: su sombrero negro de copa alta, su camisa blanca, corbata, chaleco negro y traje de levita.

—Mira mamá. ¡Ese señor se parece a Porfirio Díaz! —exclamó un niño.

Sputnik alcanzó a oír lo que el niño decía, pero simuló no escuchar. El pequeño había adivinado: él había adquirido el aspecto de Porfirio Díaz, pero no se imaginaba que fuera tan conocido, ya que Merlock sólo lo había nombrado como un personaje poderoso en otro tiempo.

Tenía hambre, por lo que decidió entrar a un local donde eligió una mesa pequeña con cuatro sillas, observado atentamente por los demás terrícolas, que definitivamente no vestían ya cómo la hacía él. Al robot-mesero que le tomó la órden, pidio un platillo hablando con un perfecto español, que había aprendido en las memorias de Merlock. Después de comer, pagó con una moneda de oro.

—Gracias señor, pero no tengo cambio ante tanto valor —dijo el mesero robot, después de escanear el círculo de oro con sus ojos.

—No importa, así está bien, quédate con el cambio.

Sputnik caminaba pensativo, observando la tecnología de la ciudad, que hace mucho había sido rebasada en su planeta. Hasta que una voz que salía de un taxi que levitaba, le inquirió:

—¿Desea que lo lleve a algún lado?

—Sí, quiero conocer otras partes de la ciudad —contestó.

El paseo duró el resto de la tarde, ya que el vehículo lo llevó a conocer las zonas más exclusivas de Guadalajara.

A Sputnik lo sorprendió que los barrios en esas áreas estuvieran amurallados, sin embargo no dejaban de ser bellos por el perfecto orden y armonía que reinaba en la calle.

—¿Así es toda la ciudad de hermosa? —inquirió Sputnik.

—No toda. Hay zonas con delincuentes, pero están amurallados con barreras magnéticas.

—¿Y dónde quedan?

—No te puedo llevar. Está prohibido que pasemos.

—¿Me puedes decir dónde están?

De manera automática, por una rendija ubicada sobre del tablero salió un mapa impreso que Sputnik jaló con la seguridad de que era una guía.

Entrada la noche, decidió volver al viejo edificio cuyo techo le sirvió para aterrizar. Entró a su nave, tomó asiento enfrente del tablero y trazó las coordenadas de la zona más pobre. En menos de quince minutos la nave lo trasladó burlando la barrera magnética.

La miseria, la fealdad, las casas de cartón, así como hombres, mujeres y niños desarrapados y desnutridos, captaron la atención de Sputnik, quien podía ver todo a detalle desde su pantalla el panorama tan deprimente. Aterrizó en un edificio y empezó a descender. Sin embargo, en el penúltimo descanso fue sorprendido por un joven que se abalanzó sobre él clavando ligeramente un cuchillo en su espalda.

—Dame todo el dinero y joyas que traiga o si no, te mato, ruco con aspecto porfiriano.

—Caballero, quite el arma de mi espalda. ¿Es usted habitante de las zonas pobres de la ciudad?

—Te equivocas, soy de zona rica, pero me gusta la adrenalina que genero cuando robo. Así que suelta todo lo que tienes, clon de don Porfirio —contestó el joven, mientras sonreía con burla.

Sputnik hizo un movimiento rápido, sacó su arma, la apuntó hacia el joven y empujó el gatillo. Éste dejó escapar un grito y se desplomó en el suelo, muerto. El olor a carne, ya que el agresor había sido cocido por dentro gracias al rayo salido de la pistola, incitó el hambre de Sputnik. Olía igual que cuando los cuadronianos mataban a una especie de dinosaurio herbívoro, del tamaño de una vaca terrestre, y lo asaban.

El extraterrestre, con una agilidad que no tenía relación alguna con las apariencias del Porfirio Díaz anciano, llevó al terrícola hasta el techo. Se sentó y comió opíparamente, hasta hartarse. Después abordó su vehículo espacial rumbo a la nave nodriza, para dar los resultados de su primera expedición.

A Sputnik, el futuro le sonreía. Movió ligeramente sus larguísimos brazos y cortas piernas, mientras su cara triangular bullía de satisfacción. Había cumplido su misión con éxito, porque había constatado que Guadalajara era el lugar ideal de Tierra para que floreciera y se expandiera la raza cuadroniana. En cuanto a sus habitantes podían ser fácilmente conquistados, era cuestión de ahondar sus diferencias, y, además, había alimento de sobra que sabía a dinosaurio herbívoro.

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