Tocando fondo

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La música es parte de toda cultura. Se encuentre donde se encuentre. Desde lo profundo de un callejón, sonidos insólitos reverberan en las cabezas de los transeúntes. Un músico cualquiera en una calle cualquiera, entre el ruido estridente y agobiante, intercambia monedas por notas.
La mirada perdida en un horizonte que el resto no ve. Sus manos se mueven en una sórdida secuencia repetida una y otra vez. Algunos en harapos o con la última ropa que alcanzaron a comprar antes de caer en la indigencia.
Los músicos de la calle nos recuerdan a todos que algo tan mágico como la música, puede ser tragado por la rutina, la repetición sonámbula y el desgano de la existencia. Llegan temprano por la mañana, apartan su baldosa o su buen trecho de calle, se instalan, religiosamente sacan su instrumento, colocan la urna para recibir el dinero y comienza la función… y comienzan a escucharse todo tipo de melodías. Melodías tristes para enfermos de melancolía, melodías felices para adictos al desparpajo, la diversión y al vicio; melodías heroicas para los comprometidos y soñadores, melodías banales, en fin, el repertorio del músico callejero es basto. Lo mismo incursionan en el jazz, que en el rock, o hasta el barroco.
Músicos como estos los hay de muchos tipos: niños huérfanos o explotados, jóvenes alegres y aventureros, adultos fracasados o románticos incurables, entusiastas obsesivos y ancianos desposeídos; incluso, raramente, usted puede encontrar un virtuoso o un genio que inclusive, pudiera ser descubierto, y hasta llevado a un concurso de televisión para terminar viviendo una historia feliz.
Puede ser un empleo informal y temporal, o la única forma de sobrevivir materialmente y/o emocionalmente. O el oficio que les permite desahogar el ansia que provoca la necesidad de ser admirado, reconocido y aplaudido.
Esta fauna musical se le encuentra por lo general en las urbes. En la plaza principal, rara vez falta un músico postrado en los muros de la iglesia. Estos músicos son quizá, los más desafortunados, incluso en ocasiones ni siquiera son músicos, sino personas que utilizan de forma lastimosa la música para solicitarnos unas monedas. También se les puede encontrar en pequeñas poblaciones campiranas, pero siempre en lugares públicos. Lo mismo en América que en Europa. Lo mismo en Irlanda, que en España. Lo mismo en Granada que en Sevilla.
De esta forma la música es un oficio con diversas caras y en las calles del mundo usted tendrá la oportunidad de arrojar una moneda al estuche de una guitarra, embelezarse con unas notas y pasar un agradable momento.

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