Testimonios desde las tinieblas

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Un hombre de raza negra, sentado en el piso con los brazos recargados en sus piernas dobladas, mira con evidente tristeza un punto fijo. Detrás de él se puede apreciar un escenario tropical, con un río y algunas palmeras. Esto es lo que la portada del libro La tragedia del Congo, en la reciente edición de Alfaguara, deja ver de uno de los tantos testimonios gráficos sobre el imperio que fundó en ífrica Central el rey belga Leopoldo II.
El resto de la foto se puede apreciar, entre otras más, a la mitad del libro, después de la página 202: lo que ese hombre, de nombre Nsala, está viendo con tal desasosiego, son la mano y el pie amputados de su hija de cinco años de edad, asesinada por la milicia de la A.B.I.R., Anglo-Belgian Indian Rubber.
Las mutilaciones fueron solamente una de las múltiples atrocidades cometidas por los funcionarios y las compañías comerciales del Estado del Congo. Camuflada con propósitos filantrópicos y cristianos, el rey Leopoldo II perpetró una de las más grandes masacres de la historia colonial europea, matando a más de 15 millones de personas.
Empresa que al inicio fue celebrada por las grandes potencias europeas y también por Estados Unidos, y aprobada en la Conferencia de Berlín de 1885, en la que se estableció la nueva política colonial y la repartición de ífrica, en particular por su promesas de abrir un mercado libre para todas las naciones en el corazón del continente negro.
Pero gracias a los testimonios y las denuncias de misioneros, aventureros y diplomáticos, pronto se descubrió que detrás de la misión humanitaria de la que hacía alarde el soberano de los belgas, este había organizado una maquinaria de explotación, muerte y terror en favor del propio beneficio económico.
En el libro La tragedia del Congo se reportan cuatro de esos testimonios que lograron destapar la masacre que se estaba llevando a cabo en esa región del ífrica Central. Se trata de textos heterogéneos, que van desde la carta hasta el informe oficial, escritos por autores muy distintos tanto por nacionalidad, como por creencias y ocupaciones, pero que demuestran una misma sensibilidad y voluntad de denunciar la tragedia que habían observado en sus viajes al Congo.
George W. Williams, clérigo y periodista norteamericano, el primer gran historiador americano de raza negra, denuncia la crueldad del gobierno belga a través de una hipotética carta dirigida al rey Leopoldo, en la que, subdivididos en 12 observaciones, enumera los crímenes y violaciones que se estaban perpetrando en contra de los nativos.
El segundo testimonio es el informe que el diplomático irlandés Roger Casement, presentó ante el gobierno británico. Este documento constituye la principal referencia de casi todo lo que se escribió sobre el Estado del Congo, incluso por los demás autores incluidos en este libro, que lo citan muy seguido.
En particular Arthur Conan Doyle, el novelista inglés que muchos conocen por ser el inventor del detective más famoso del mundo: Sherlock Holmes. El escritor formó parte de la Asociación para la Reforma del Congo, convirtiéndose en uno de sus defensores más convencidos e influyentes. Su libro, El crimen del Congo, es la historia detallada de cómo nació ese Estado africano, y de las atrocidades que se cometieron en pos del enriquecimiento del rey. A través de relatos de varios testigos, describe como los centinelas del gobierno o de las compañías comerciales, diezmaban a los nativos obligados a recolectar el caucho, resina en que se basaba todo el monopolio económico belga en la colonia.
Reportamos aquí un fragmento de un testimonio que cita el autor, extracto del informe de Casement, por ser revelador de lo que pasaba en Congo y del tono del mismo libro.

Cada vez que el cabo sale a recoger el caucho, se le entregan cartuchos. Debe devolver todos los que no haya usado; y por cada uno usado, debe traer una mano derecha. M. P. me contó que a veces utilizan un cartucho para cazar un animal; y entonces le cortan la mano a un hombre vivo. Para ilustrar hasta qué extremo llega este asunto, me dijo que, en seis meses, ellos –el Estado— en el río Momboyo, habían utilizado 6.000 cartuchos, lo que significa que 6.000 personas han muerto o han sido mutiladas. O más de 6.000, porque me han contado en repetidas ocasiones que los soldados matan a los niños utilizando la culata de sus armas.

Violaciones, incestos provocados por divertimiento en la plaza pública, mutilaciones de miembros y genitales, homicidios masivos sólo porque los nativos no entregaban la cantidad requerida de caucho o de alimentos, prisioneros dejados morir de hambre, hombres crucifjados y mujeres empaladas con estacas, canibalismos de los guardas, en su mayoría africanos de tribus rivales.
Estas son las brutalidades que los belgas cometieron en Congo, convirtiéndose, como dice Conan Doyle, en la vergí¼enza de Europa y de la raza blanca. Y la acusación se dirige en particular al único autor intelectual y material de la masacre: el rey Leopoldo II.