Relevancia de lo casual

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Las raíces anecdóticas de una obra de arte suelen permanecer enterradas. Su valor es casi siempre de la misma índole: anecdótico, porque la pieza se emancipa y significa por su parte, y muchas veces la fronda queda tan lejos que no importa el subsuelo. Daniela Franco, sin embargo, ha hecho de ello su materia prima en Los Sandy en Waikiki, un libro irregular y multitudinario orquestado en torno a una serie de diapositivas halladas en un mercado de pulgas de San Francisco.
De las transparencias borrosas, desenfocadas, con un dedo entrometido y absolutamente turísticas, Franco pidió a varios escritores que ficcionaran la historia de la familia retratada: norteamericanos típicos de la década de los cincuenta, en la playa, en la piscina, en la sala de la casa, el aeropuerto, subiendo a un autobús… anónimos reivindicados del olvido por el inexplicable afecto y familiaridad que Franco ha desarrollado para ellos a través de los años y las mudanzas en que ha cargado con la caja de diapositivas y fotografías, como si de su propio álbum de tías y primos se tratara.
El tomo comienza con la correspondencia trabada durante la génesis del libro, entre Franco y el editor, y entre Franco y algunos de los escritores: Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Marcel Bénabou, Fabio Morábito, Jacques Jouet y Sean Condon –entre otros–, cuyos textos construyen una idea dispersa, pero compendiada de los personajes retratados. Al menos para quien pueda leerlos sin traducciones en francés, inglés, castellano y catalán.
Al final del libro, con todo, dos apéndices recuperan la relevancia anecdótica y el gustillo meticuloso por la colección de fruslerías cotidianas: el primero, un catálogo de objetos comprados en mercados de pulgas de la misma bahía de San Francisco por un profesor jubilado y ya muerto; el segundo, la carta del dueño de un bar donde se reunieron un día Franco y su orquesta a mirar unas diapositivas, que reconoció por el marco.

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