Rebelde dentro de la revolución

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Fue una época donde a la gente le ardía la sangre. Un tiempo del aturdimiento revolucionario. Un México que veía despertar un nuevo siglo (1900) con violencia, que dejó ver un paisaje de rostros tensos. Las mujeres bajo sus enaguas escondían rifles. Los hombres, con la fuerza bruta concentrada, volteaban desafiantes a ver a los otros hombres, no vaya a ser que anden buscando la muerte. Y todos, bajo la bóveda celeste, respiraban aires de revuelta.
Ese fue el tiempo del nacimiento del pintor oaxaqueño Rufino Tamayo.
La desventura del niño de ojos grandes, no solamente fue la revolución, sino que a la misma se agregó la pérdida de su madre Florentina Tamayo, que murió cuando él tenía ocho años. Su padre, Manuel Ignacio de Jesús Arellanes Saavedra se había distanciado de ellos.
El mocito en plena revolución mexicana llegó al centro del país para quedarse a vivir con su tía Amalia. Le ayudó a trabajar en el puesto de frutas, en el mercado de La Merced. El chico, que amaba la pintura, en sus ratos libres copiaba cromos de cuadros famosos. A los 14 años ingresó, por insistencia de sus parientes, a una escuela de contabilidad. Sin embargo, después tomó clases de dibujo sin que ellos se enteraran, en la Academia de San Carlos.
En el aire de México se respiraba olor a pólvora. En el horizonte, la voluntad popular y el temperamento de los caudillos trastocan el orden social, imponían a nuevos protagonistas y auspiciaban la transformación mental.
La revolución política, social y económica en contra del gobierno de Porfirio Díaz, que comenzó en 1910, modificó el pensamiento de los jóvenes, quienes buscaban conocimientos fuera de la tradición, con aires revolucionarios. Los universitarios de la Academia de San Carlos se fueron a huelga cuando rechazaron sus demandas de mayor libertad artística.
La policía prohibió a los huelguistas entrar a la escuela y los instaron a dibujar en las calles. La emancipación prosperó cuando el pintor Alfredo Ramos ingresó a la Academia de San Carlos e introdujo a la misma un cálido viento revolucionario que barrió con el pasado tradicional.
Cuando los calendarios fijaban el año 1920, y Tamayo tenía solo 21 años, el general ílvaro Obregón se convirtió en presidente y pidió a José Vasconcelos que fuera secretario de Educación. Este inició un vasto programa de educación popular que incluyó la pintura mural en edificios públicos para educar al pueblo, legitimar al partido en turno, caldear los ánimos y reconstruir la desdibujada identidad de los mexicanos.

El arte al servicio de la postura gubernamental
Al general ílvaro Obregón, presidente de la República Mexicana de diciembre de 1920 a 1924, no le interesa el arte, pero le urge prestigiar su régimen y neutralizar la imagen internacional de un país de formado por bandidos y de turbas que fusilan ciudadanos decentes en plena calle, mientras ríen a carcajadas.
En la búsqueda de respeto para su gobierno y de créditos financieros del exterior, Obregón está dispuesto a mudar de personalidad, patrocinando incluso el arte y las humanidades. También, y con más ahínco, a enfrentar el peso muerto del analfabetismo que afectaba a cerca del 80 por ciento de la población, obstáculo feroz a su proyecto de modernización. Piensa que si la mayoría no se prepara en forma mínima, no habrá industrialización. Por eso requiere Vasconcelos un proyecto educativo y cultural que transforme externamente al Estado, por lo que promueve, de manera obsesiva, humanizar la revolución, es decir, dotarla de un contexto humanista que quite espacio al “primitivismo” (la carga militar y popular), explica Carlos Monsivaís en su ensayo “El muralismo: la reinvención de México”, publicado en la revista Fractal.
Vasconcelos contrató a pintores connotados para realizar murales en edificios públicos, en las que plasmaron las “fiestas” tradicionales de México y la nueva ideología del movimiento revolucionario, especialmente la relacionada con Emiliano Zapata y la lucha por la tierra, y la de los trabajadores con su pelea por mejores condiciones de trabajo.
Los principales muralistas de la época fueron Rivera, Siquerios y Orozco, que firmaron un manifiesto, en que decían: “Repudiamos la llamada pintura de caballete y todo el arte de los círculos ultraintelectuales, porque es aristocrático y glorificamos la expresión de arte monumental porque es de dominio público”.
Para Vasconcelos, la verdadera revolución es algo distinto a los campos de batalla y la toma de ciudades. Es el retorno o la entronización de la conducta civilizada, de las metas del espíritu. Revolución es el ordenamiento del país, en función de la cultura occidental (europea). Por eso incluyen lecturas de clásicos, porque conviene que el pueblo ame y admire, entre otros, a Beethoven, Platón, Tolstoi y Romain Rolland. En esa época, el proyecto educativo era crear una cultura laica que compartiera de algún modo el aura religiosa. Creía que la unidad republicana se daría al mezclar la mística educativa y las visiones épicas de la historia.
El proyecto cuaja de manera insuficiente, pero entre sus logros se encluye al movimiento muralista.

Tamayo, más allá de la política
Vasconcelos ayudó a Tamayo a conseguir empleo en el Museo de Antropología, en el departamento de dibujos etnográficos. Esto le permitió estudiar de manera sistemática los objetos del arte prehispánico, sus formas, contornos, colores y texturas, influencia que proyectará tiempo después en sus primeras obras de caballete.
Cuando tenía 27 años, Tamayo organiza su primera exposición, cuando aún no existían las galerías de arte. En este mismo año efectúa su primer viaje a Nueva York, con la intención de conocer, experimentar y entrar en contacto con las tendencias artísticas del arte europeo contemporáneo. Estudió la obra de Paul Cézanne, Georges Braque, Henry Matisse, Juan Gris, Joan Miró y, en especial, la de Pablo Picasso, quien habría de influir notablemente en el artista.
Después de un trabajo arduo, expone en Nueva York, Entre cuadro y cuadro visita museos y hace descubrimientos.
Luego de dos años, Tamayo regresa a México y es nombrado profesor de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sin descanso participa en distintos proyectos culturales y ejerce su oficio de pintor.
En esta época conoció a Olga Flores Rivas, quien cursaba la carrera de concertista en piano. A los tres meses, se comprometieron y en febrero de 1934 se casaron. Los jóvenes esposos viajaron a Nueva York, ciudad en la que vivieron durante 14 años. Viajaban constantemente a México, para pasar los veranos.
Tamayo no coincidía con los esquemas de pintura de aquellos tiempos. Mientras Orozco, Rivera y Siqueiros pintaban la lucha de clases, el orgullo indígena y la sabiduría del pueblo, Rufino plasmaba el sentir de su pueblo, pero con colores y formas abstractas, para hacerlo más universal.
La pintura de Tamayo pronto tuvo resonancia en todo el mundo. “Creo que los muralistas, sobre todo (Diego) Rivera, tenían una comprensión intelectual, pero no profunda y emocional, como la que tuvo Tamayo”, dijo Octavio Paz en una entrevista sobre pintores mexicanos.
En su pintura sintetiza la visión de un mundo prehispánico, que le viene de su origen oaxaqueño y la exploración formal del arte de vanguardia. La figura humana no aparece con los marcados rasgos indígenas o mestizos de sus contemporáneos. El hombre de Tamayo, parecido al de Klee o al de Dubufett, es una abstracción universal.
Contrario a los muralistas que querían resaltar la mexicanidad en su obra, él empezó a usar tierra, para dar textura a sus cuadros. Es un colorista.
Tamayo fue el pintor más actual, el más revolucionario en la estética del momento, el menos político y el que más recuerda, en sus obras de caballete, a las esculturas precolombinas de su patria. “Lo fundamental es que soy un hombre más entre los hombres de este mundo dividido por prejuicios y nacionalismos, pero unido por la participación común en una misma cultura, la cultura humana, cualesquiera que sean las formas locales e históricas que adopte”.