Política sin likes

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Aunque los candidatos suelen invertir mucho dinero en las redes sociales, la estrategia digital no funciona para revertir el desprestigio de la clase política. Lejos de posicionarlos o ser un factor que incline la balanza en favor de uno u otro aspirante, sucede todo lo contrario: estos espacios más bien son la válvula de escape en los que la gente expresa su descontento y frustración contra los partidos.

La profesora de la maestría en Ciencia política, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Paulina Martínez González, afirma que el papel que las redes sociales tendrán en el proceso electoral de 2015, no será definitorio, como tampoco lo fue en 2012, por dos razones: los índices de marginación y pobreza —la mitad de los mexicanos aún no tiene acceso a internet— y porque en esos espacios no ha podido generarse un verdadero debate público y de cara a la ciudadanía.

“El éxito de una campaña a través de medios digitales no se puede medir a través de los likes. En 2012 vimos que los partidos o candidatos no utilizan las redes para mejorar la comunicación con la ciudadanía. Hoy no hay realmente un cambio con relación al uso que se le dio en aquellas elecciones”.

Especifica que los candidatos solamente publican frases, promocionales, fotografías de sus mítines y de vez en cuando interactúan, pero de forma limitada. Incluso, es una estrategia que excluye a los más pobres, que no tienen servicios o alimentos, y menos un smartphone o una computadora.

El contexto actual —dice— es adverso para la clase política, por la tragedia de Ayotzinapa, la inseguridad, el de-sempleo, la economía estancada y unas reformas estructurales que no cuajan. Los mexicanos siguen sin ver el beneficio reflejado en sus bolsillos.

“Esa es la realidad: la desesperanza. Necesitamos resignificar la representación desde abajo, desde los ciudadanos de a pie, en las colonias y barrios donde no llega el internet. Conviene buscar nuevas formas de hacer política y crear esferas públicas, ámbitos en los que realmente se pueda dar el diálogo y la pluralidad. Las redes no están sirviendo para que dialoguemos. Las redes podrían ser un espacio público para dialogar en pluralidad y no están sirviendo para ello. Y aunque se escuche como panfleto, las redes excluyen la voz de los de abajo, de quienes no tienen acceso a internet”.

El futuro que no llega
Si bien el crecimiento de las redes sociales es innegable, no puede decirse que sea factor para definir al ganador de una elección. El uso de éstas es la principal actividad en línea, por encima del correo electrónico, con un 91 por ciento de los cibernautas. Pero sólo 51 millones tienen acceso a internet, de acuerdo a datos de la Asociación Mexicana de Internet.

Con todo, la mayoría de los votantes tienen ya su posición política definida. En todo caso, agrega Martínez González, esta estrategia podría incidir si acaso en los jóvenes, pero no hay indicadores que demuestren que los mensajes difundidos en las redes sociales cambien la intención del voto.

De acuerdo al INEGI, en 2013 el 63.7 por ciento de los mexicanos estaban en edad de votar. De esa cantidad, 20.09 por ciento tenía de 18 a 24 años y el 74 por ciento menos de 35. La mayoría de los usuarios de internet son jóvenes. El problema es que son ellos los que menos se interesan en la política, y menos aún si la clase política está tan desprestigiada.

“De acuerdo a la Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, se preguntó en una escala de 0 al 10 qué tanto confían en los partidos. El 13 por ciento asignó una calificación de cero, el 18.37 por ciento de 5, y el 14.26 por ciento 6. Sólo el 2.39 por ciento declaró que tiene mucha confianza en los partidos. Esto nos puede dar luz acerca de la desconfianza que sienten los ciudadanos hacia los partidos. Eso no se revierte ni con redes sociales ni con nada, y menos cuando es en las mismas redes donde la información —muchas veces adversa a ellos— circula a una velocidad impresionante. Incluso las propuestas que invitan a no votar siguen aumentando, a la par del descontento.

“El problema central es que el poder y la toma de decisiones políticas, económicas y presupuestales está concentrado en los partidos, en las autoridades, en el poder económico. La gente de abajo, que es la mayoría de la población que no tiene internet, está viviendo la violencia, el hambre, problemas importantes con la expulsión de gente de sus hogares para privatizar playas o mineras. Ellos viven y sienten la pobreza y la violencia. Mientras esto sucede, se gasta en campañas que tienen un efecto que ni siquiera se puede traducir en éxito electoral. Están gastando en algo que no tiene sentido. Lo que urge es resignificar la representación”, concluye.