Parque Rojo
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Una y muchas historias se guardan en el espacio que una vez, ya derribado un viejo penal, se convirtió en el Parque Revolución, pero que todos llaman “Rojo”, y que antes fue un huerto que pertenecía al convento de la fraternidad carmelita

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La primera vez que caminé por el Parque Rojo fue en mil novecientos ochenta y tres, cuando me desorienté y en lugar de ir hacia la Central Vieja caminé desde la Calzada por toda la avenida Juárez hasta llegar allí, muy asustado.

Luego, ya en Guanatos, en mil novecientos ochenta y ocho fue mi camino de paso continuo, porque viví por las calles de Escorza, primero, y luego en Tolsá, hoy avenida Enrique Díaz de León.

En ese año no había estación del Tren Ligero, ni miBici, pero sí un trolebús que serpenteaba por el túnel de Federalismo y por la superficie de la avenida Juárez y ya estaba la churrería La Bombilla. Hoy lo que hago es bajarme del Tur (todas las mañanas) y permanecer allí unos minutos.

Del  oriente de la ciudad llegan los rayos del sol e iluminan el follaje de los árboles; el parque se abre a la luz y, en seguida, llega a mis ojos y me deja por un instante ciego. De la oscuridad vuelve la visión.

Hay unas jovencitas sentadas en el “comedero” que se halla entre Marcos Castellanos y el parque. La luz del sol describe la silueta de una pareja que, al paso de los segundos, se abre a la claridad y la miro unida en el más excitante beso. Se abrazan. Se comen. Se devoran. Se engullen con una desesperada pasión matutina. Me entretengo en ella. Luego un ruido en el cielo me distrae: el vuelo de unos pericos que irrumpen con su escándalo y me llevan a otros tiempos.

Son las cinco y media de la mañana y hay sombras corriendo por el ala sur, la que colinda con López Cotilla. Camino, troto. Y de pronto el sonido desde lo alto de los árboles. Levanto la vista y encuentro a una lechuza blanca que me mira. De entre las sombras salgo corriendo espantado. Voy hacia el Templo Expiatorio y ya es otro día: ese en el que encontré al solitario chaval que, en la marcha nocturna de mis pasos por el parque, intentó por mucho tiempo seducirme. Porque por varios años allí anidaron gays y travestis. Fui entonces hacia donde el joven y lo tomé de las solapas ante su asombro: y lo levanté de golpe. No le dije nada. Solamente lo miré con furia. Él, asustado, entendió. Nunca más lo volví a ver, ni a su amigo que siempre lo acompañaba en la caza de adolescentes en su cruce por las veredas del parque. De allí mi memoria va hacia un espacio donde una vez me llevó la poeta Adriana Leal, una tarde. Me dijo:

“Ven, te voy a enseñar algo”.

Y nos paramos bajo un árbol florido del que manaba un enervante aroma.

“Tal vez —expresó— este tipo de árboles frecuentaba San Juan de la Cruz y se elevaba en una delicia que lo narcotizaba para escribir sus poemas”.

Y yo le creí, porque alguna vez el Parque Rojo fue el huerto del Convento del Carmen, donde caminaron los monjes carmelitas.

Una sola vez vi ese árbol increíble; después lo busqué y ya no lo encontré. Tal vez fue un alucine del tiempo, de ese tiempo y espacio preciso en que se nos apareció, como un indicador del destino y la poesía.

Y lo que hoy, esta mañana, veo es a las jóvenes besarse y me despiertan el deseo. Y, claro, el placer: están allí justo donde durante la época de la Reforma estuvo el Penal de Escobedo (que fue derrumbado y en mil novecientos treinta y cuatro bajo el proyecto de Luis Barragán se convirtió en el Parque de la Revolución, y donde están desde mil novecientos cincuenta y nueve —¿fantasmas de bronce?— las figuras de Francisco I. Madero y Venustiano Carranza; en dos mil trece fue renovado por Juan Palomar Verea, quien hizo algunos cambios leves, respetando el viejo proyecto de Juan José y Luis Barragán).

A lo lejos alcanzo a distinguir la boca del túnel de la Estación Juárez del Tren Ligero: sale un mar de gentes que inunda todo el terreno del parque y se une a la enorme fila que espera subir al camión. Todo se vuelve nada y yo quedo temblando. Y ese temblor hace que todas las mañanas vuelva a retornar al parque.

Bajo allí, siempre, del Tur que me trae desde Tonalá.

2 Comentarios

  1. Excelente narración y descripción del parque de la Revolución, yo iba a andar en triciclo o bicicleta con mi prima, cuando tenía escasos 5 años quizás, nos llevaba mi tío, corríamos y trepábamos las bancas rojas de piedra … tiempos de infancia
    Gracias por llevarme a recordar esa parte de mi historia.

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