Orwell un escritor de principios

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De los grandes escritores —que son los que realmente importan— normalmente no podemos sino especular sobre qué los impulsó y motivó a realizar sus obras, y esto sobre la base de lo que se puede leer textualmente y entre líneas de ellas, o por lo que otros a su vez han aventurado. Pocas veces hay información de primera mano, y ésta suele venir adornada o embellecida por los autores para granjearse la complacencia de los públicos. Hay otros —los menos—, y en especial el caso de George Orwell, en que la verdad sobre el asunto no tiene atajos.

Fuera de Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949) que son los trabajos más reconocidos de Orwell, éste escribió una gran cantidad de ensayos, artículos y diarios que dan luz sobre la agudeza de su pensamiento y su cuidado oficio al escribir; de sus razones éticas, artísticas o mundanas.

En uno de esos textos, Por qué escribo (1946), al cuestionarse Orwell acerca de su propia pluma, determina que todos los escritores al fin y al cabo lo son por simples cuatro posibilidades: “1. Egoísmo puro y duro. Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse […] 2. Entusiasmo estético. La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y en su adecuada disposición […] Deseo de compartir una experiencia que uno considera de gran valor, que entiende que no debe perderse nadie […] 3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son, de hallar cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad […] 4. Propósito político […] Es el deseo de propiciar que el mundo avance en una dirección determinada, de alterar la idea que puedan tener los demás sobre la clase de sociedad a la que conviene aspirar”.

Cómo él mismo no intenta escapar a tales medidas, dice sin ambages que “soy una persona en la cual los primeros tres motivos pesan mucho más que el último. En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros ornamentados o meramente descriptivos, y podría haber seguido siendo ajeno a mis lealtades políticas. Tal como son las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista”.

Y he aquí el porqué dice haberse encaminado así: “Primero pasé cinco años dedicado a una profesión totalmente inapropiada (la Policía Imperial de la India, en Birmania). Luego, experimenté la pobreza y el fracaso. Esto incrementó mi odio natural por la autoridad, y me llevó a tener conciencia plena de la existencia de la clase obrera. Mi trabajo en Birmania me había dado cierta capacidad de comprensión de la naturaleza del imperialismo, pero esas experiencias no fueron suficientes para dotarme de una orientación política precisa. Llegaron entonces Hitler, la Guerra Civil española”.

Pero incluso antes de lograr la certeza de su labor en las letras llegó a lamentarse de tal condición en un poema de 1935: “Pude ser un feliz vicario / hace doscientos años, / predicar la eterna condenación y ver mis nogales crecer. / Pero nací, ay, en época funesta y pasé por alto tan amable cielo […] Prohibido queda soñar de nuevo; / desfiguramos alegrías o las escondemos; / los caballos son de acero cromado / y son gordos los jinetes que los montan”.

Pero una vez dispuesto a arremeter contra las bestias de su época, Orwell redefinió para siempre su labor: “Mi mayor aspiración durante los últimos años ha sido convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia. Cuando me pongo a escribir un libro no me digo: ‘Voy a hacer una obra de arte’. Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría realizar el trabajo de escritura de un libro, ni tampoco de un artículo largo para una publicación periódica, si no fuera además una experiencia estética”.

A los ojos de Henry Miller —que era conocido suyo, y no precisamente un amigo como el mismo Miller aclaraba en una entrevista— esto no era precisamente loable, y menos porque las pretensiones de lucha de Orwell no se restringían al papel, ya que en su momento se enroló hacia España para combatir a los franquistas, y no regresaría a Inglaterra sino porque había sido herido en el cuello, para luego allí ser parte de la Home Guard durante la Segunda Guerra mundial.

Miller recibió muy buena crítica literaria por parte de Orwell al escribir En el vientre de la ballena (1940), quien a su vez tenía la admiración de Miller por su libro Sin blanca en París y Londres (1933), al que consideraba el mejor libro del autor británico, y que es una crónica de su vagar por los bajos mundillos mientras ejercía diversos oficios para sobrevivir.

Con esto de por medio, Miller decía de Orwell que “aunque él era un tipo maravilloso a su manera, al final pienso que fue un estúpido. Era como tanta gente inglesa, un idealista, y a mí me parece, un idealista tonto. Un hombre de principios, como se dice. Pero los hombres de principios me aburren”.

Pero para Orwell simplemente era inaceptable otra vía, porque los sucesos de guerra que le tocó vivir “cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 fue creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una rematada tontería, en una época como la nuestra, pensar siquiera que se puede evitar el escribir sobre tales asuntos”.

En cuanto al campo de batalla en sí, tampoco dejó de hacer notar sus miserias, como cuando dice en Recuerdos de la Guerra Civil española que “aquí estamos, soldados de un ejército revolucionario que defiende la democracia frente al fascismo, combatientes en una guerra que trata de algo muy concreto, y los detalles de nuestras vidas son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en la cárcel”. Además de que los soldados pasan demasiado miedo, frío, o demasiada fatiga y hambre “para que les importen las causas políticas que hayan originado la guerra”, y dónde “una bomba es una bomba, por más que la causa por la que uno lucha sea la justa”. Y así, detesta que se tienda a hacer una idea banal o romanticoide de los conflictos armados: “Para sobrevivir, a menudo hay que luchar, y para luchar uno tiene que ensuciarse. La guerra es perversa, es el mal, y a menudo, es un mal menor”.

Pese a todo, Orwell sabía que la peor cruzada estaba en su propio pensamiento y frente al papel: “Escribir un libro es un combate horroroso y agotador, como si fuese un brote prolongado de una dolorosa enfermedad. Nadie emprendería jamás semejante empeño si no le impulsara una suerte de demonio al cual no puede resistirse ni tampoco tratar de entender. Por todo cuanto uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un niño llorar para llamar la atención. Y, sin embargo, también es cierto que no se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana”.