Música para corredores

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El espejo
Hablar de Haruki Murakami es pensar tanto en música como en buena literatura. No podía ser de otra manera. Este texto también abreva de las fuentes del autor japonés y era imposible escribirlo sin escuchar al mismo tiempo jazz, en particular al The thing to do de Blue Mitchell y el Koln Concert de Keith Jarret. Tampoco se podría entender sin el simple hecho de que, quien lo escribe, admira la escritura de este autor que suele comparar su escritura tanto con la música como con las carreras de fondo. Un autor que a pesar de ser un bestseller internacional, rehúye a las cámaras y no es mediático.

La noche
La presencia de lo onírico en los libros de Haruki Murakami es proporcional a su peso físico. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Kafka en la orilla, sus dos novelas más extensas son también las que están más pobladas por escapes hacia esa otra dimensión de la realidad que representan nuestros sueños. Parecen decirnos que vivimos tanto en este mundo como en aquel, y que ambos mundos son permeables el uno por el otro. Que somos capaces de resolver o hacer más complejos nuestros problemas mediante la visita consciente de ese territorio que de acuerdo a un personaje de Kafka en la orilla, el Genji Monogatari del siglo XI (considerada la primera novela de Japón), revela como un lugar donde la “oscuridad física exterior y la oscuridad interna del alma se mezclan, sin ningún límite que las separe”: la noche.
En Kafka en la orilla, la historia de un adolescente tránsfuga de su hogar, se convierte pronto en una novela de iniciación, tanto a la realidad como a esa otra capa de significación que puebla la oscuridad y el silencio de la noche. No es Murakami, aunque lo pueda parecer, un hermano japonés del llamado “realismo mágico”. Sus personajes no inician un día común y corriente para verse desplazados a una nueva capa de significación. Los seres creados por Haruki Murakami ya han pasado por aquello que nosotros llamamos “casualidades”. Eso que nosotros designamos como algo perteneciente a la mera fortuna, paralizados ante el temor de que todo eso forme parte de una realidad más rica en significados. Como lo dice el protagonista del cuento “Viajero por azar” del libro Sauce ciego, mujer dormida: “Y entonces lo pensé. Que una coincidencia fortuita tal vez sea un fenómeno normal y corriente. Es decir, que ese tipo de cosas ocurran constantemente, a diario, a nuestro alrededor. Sólo que nosotros no solemos prestarles atención y pasamos la gran mayoría por alto. Como sucede con los fuegos artificiales a pleno día, oímos un débil estallido pero, al alzar la vista al cielo, no vemos nada. Sin embargo, si estamos en una disposición de ánimo en la que necesitamos ardientemente que ocurra algo, tal vez envíen un mensaje dentro de nuestro campo visual y se hagan visibles”. Tan visibles como las palabras que forman las historias que Haruki nos cuenta.
Murakami espera algo de nosotros. Espera que entremos al intercambio de posibilidades, espera que nos dejemos llevar por la noche y sus presupuestos más imperceptibles, o como lo apunta en After dark su novela más “experimental”: “Una vez resueltos a hacerlo, no es difícil. Basta con separarnos de nuestro cuerpo, dejar atrás la sustancia, convertirnos en un punto de vista conceptual desprovisto de masa. De esta forma podremos atravesar cualquier pared. Podremos salvar cualquier abismo. Así que nos convertimos, en efecto, en un punto sin impurezas y cruzamos la pantalla que separa los dos mundos”. Esta novela que bien podría ser un nocturno de Tokyo, representó para Murakami un ensayo sobre las experiencias límite en personajes que navegan esa irregularidad moderna que representa la noche. After dark es también una fábula moderna sobre la bella durmiente y sus razones para permanecer sumida en una vigilia parecida a la muerte.
Murakami cuenta con nosotros como lectores, espera algo de nosotros ya lo decía. Piensa en esa creciente cantidad de personas que siguen tanto sus pasos como las líneas que ha dispuesto en sus libros para nosotros. Espera algo y sin embargo no tiene pretensiones. En la que sea tal vez la mejor entrevista que le haya realizado un medio en español, Juana Libedinsky del diario argentino La Nación (19-09-07) logra la siguiente confesión de Murakami: “El ritmo es lo más importante porque es la magia, lo que invita a la audiencia a bailar y lo yo quiero son lectores que bailen con mis palabras. No quiero que entiendan mis metáforas ni el simbolismo de la obra, quiero que se sientan como en los buenos conciertos de jazz, cuando los pies no dejan de moverse bajo las butacas marcando el ritmo. Luego viene la melodía, que en literatura es un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo y la armonía. Después viene la parte que más me gusta: la libre improvisación. Yo empiezo a escribir sin ninguna estructura, a penas con alguna imagen o una serie de personajes que me interesan”.

La música
Sé que bailo desordenadamente en el mundo Murakami, pero ya lo decía alguien, los libros son también como casas. Con sus ventanas, con sus salas de estar, con sus rincones oscuros. Con sus pozos ciegos. Así que ahora me instalo tranquilamente en la sala de estar y desordeno la colección de vinilos del inquilino que llega a los 7 mil volúmenes repartidos entre lo más granado del jazz y las grabaciones de música clásica más selecta.
Parecería que este hombre no puede vivir, no puede escribir, sin escuchar música. En su mismo origen como escritor ésta se encuentra presente, pero no sólo sirve de adorno a lo narrado, sino que se convierte en su trasunto sonoro, generando una sensación de sinestesia durante la lectura. “Con mi mujer regenteábamos un bar de jazz y como mucho había soñado en ser músico. Pero supe que podía hacerlo [ser escritor], únicamente que no tenía amigos con los cuales hablar de literatura ni nadie que me enseñase a escribir, así que tuve que basarme en lo que sabía, que para entonces era la música. Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario”, dijo el escritor en esa gran entrevista de Libedinsky.
No es casualidad esa cualidad jazzística de Murakami al narrar, en ello insiste en plática con Jesús Ruiz Mantilla para El País (05-04-09): “Le veo tecleando el ordenador como si interpretara una sonata. ¿Tiene algo que ver? —pregunta el periodista español—. Más o menos. Para mí, el ritmo en una narración es crucial (…)agarro una imagen y la hago fluir. Muchas veces lo acometo como esas largas improvisaciones de jazz que no sabes cómo acabarán”. Al reseñar Kafka en la orilla, John Updike nos dice que por muchas influencias culturales que reconozca, el trabajo de Murakami es reconocible dentro de la tradición literaria de su país: “Aunque su trabajo abunda en referencias a la cultura contemporánea (…) y aunque él detalla lo banal cotidiano con un toque de la literatura minimalista deudora de los años setentas, sus narraciones son oníricas; más cercanas a las vicisitudes del surrealismo de Kobo Abe que al sólido realismo sobreexplotado de Mishima o Tanizaki”.

El gato
No hay animales sagrados en la literatura de Murakami, sí los hay sobrenaturales. O, para ser más precisos, los hay metafísicos. Animales que pueden representar una relación humana, o un estado de ánimo. También los hay que pueden ser una señal de lo que está por venir, o aquellos que son capaces de hablar con las personas. Como le sucede a Nakata personaje de Kafka en la orilla, quién después de un extraño suceso durante una búsqueda de hongos cuando era niño, entra en un coma de donde despierta sin memoria, sin habilidades para aprender, pero con la capacidad de hablar con los gatos. Su habilidad, su “particularidad” como la de todos los personajes murakamianos, sirve a un propósito dentro de la narración. En el caso de Nakata, le sirve para llegar al punto de no retorno, al lugar donde ya no es posible sino una sola cosa: desentrañar la razón por la cual respiramos. Los animales en Haruki Murakami son, ante todo, símbolos que pueden ser interpretados.
Al menos por sus lectores, ya que él no se detendrá a desentrañar el porqué de un animal en su obra. A la pregunta de por qué hay tantos gatos en su obra responde con las razones más pedestres que uno podría imaginar en un autor de culto: “Supongo que porque soy amante de los gatos, los perros no me interesan nada. Desde chico fue así, yo era muy solitario pero en casa había gatos que me acompañaban. Siempre fueron buenos amigos para mí y yo no los considero mis mascotas sino mis pares, incluso muchas veces mis superiores. Suelen decirme a su manera que son mejores que yo, pero a mí eso no me importa, más bien tiendo a estar de acuerdo con ellos”.

Retrato del autor como corredor de fondo
Título francés de su más reciente libro, próximo a editarse en español, es también una frase que nos coloca ante la actitud principal de Haruki Murakami al enfrentar la escritura como un evento solitario, de gran calado, demandante de la mayor concentración y esfuerzo posible. Olvidarse del mundo para recrearlo, abismarse en el ritmo contranatural de la narración como quien se vuelve consciente sólo de su respiración, tal como hace un corredor de fondo. Murakami dice sencillamente: “Correr es parte de mi rutina como escritor y escribir es parte de mi rutina como corredor”.
Haruki Murakami es un narrador de largas distancias, sus personajes encuentran un supresor de la mente al entregarse a su cuerpo y toda su función operativa. Haciendo de los músculos un sustituto a las evasiones de la realidad, o a la alienación propuesta por herencias culturales vividas como maldiciones ancestrales. Los personajes de Murakami son tremendamente físicos, nos hacen seguirles a través de largas caminatas, de rutinas de ejercicio extenuantes, de una pasividad mental que solo es comparable con el ejercicio de la meditación a través del esfuerzo físico. Vaciarse con el único sentido de convertirse en recipientes.
Leer cualquier libro de Murakami es aceptar ser llevados de la mano, a través de paisajes que se desdoblan sobre sí mismos, por un autor que no exclusivamente quiere llevarnos de la primera a la última página, sino transformarnos en el transcurso.