Los arrebatos de Góngora

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Luis Rosales en su antología Poesía española del Siglo de Oro, incluye, no sin razón, entre los nombres y obras de los pilares de la lírica ibérica a Sor Juana Inés de la Cruz. La única voz femenina entre gargantas varoniles completa nuestra visión sobre la poesía de un tiempo determinado y de un período podríamos decir que inmejorable del castellano.
En su breve prólogo no argumenta la inclusión de la poeta nacida en el Nuevo Mundo, quizás porque no encontró necesario hacer la aclaratoria. No obstante, Rosales incluye poemas no muy significativos que pudieran dar un norte claro a un lector peninsular sobre el nervio poético de la Décima Musa. Está el archiconocido texto “Hombres necios que acusáis…” y un soneto “En que satisface un recelo con la retórica del llanto”, e ignora (supongo que por espacio en el libro) al más alto poema de la rapsoda de San Miguel de Nepantla, pueblo situado en el actual Estado de México.
Nadie lo duda: el más exquisito y complejo poema de Sor Juana es el “Primero sueño”, y no los seleccionados por Luis Rosales. No hay reproche a Rosales, sino el reconocimiento por su alcance intelectual para observar que la musa en realidad pertenece a esa estirpe de formidables trovadores.
“Las literaturas, como los árboles y las plantas, nacen en una tierra y en ella medran y mueren. Pero las literaturas también semejante a las plantas, a veces viajan y arraigan en suelos distintos”, afirma Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Hija de un tiempo y de una forma determinada de ver el mundo, Sor Juana fue enriquecida por las voces de la poesía barroca, donde se encuentran la totalidad de los poetas del Siglo de Oro y dieron cabida al pensamiento y al trabajo literario de una mujer que habitaba el Valle de México. “La poesía barroca de Nueva España —vuelve a decir Paz— fue poesía trasplantada y que tenía los ojos fijos en los modelos peninsulares, sobre todo en Góngora”. Fue por el impulso e influencia de esa voz que Juana de Asbaje se abre a su obsesión lírica. Es, entonces, una poetisa de orden gongorino.
Luis de Góngora nunca vio sus obras publicadas en libros, como lo aclara íngel Pariente en el estudio-biografía del poeta cordobés. Góngora es un caso especial en la poesía de España. Su vida y su obra están íntimamente ligadas a la de los más exquisitos poetas de su tiempo, sobre todo con Villamedina, Lope y Quevedo —con estos últimos, rijoso como era, discutió y riñó de manera frontal toda su vida.
El vate había nacido en la provincia de Córdoba, el 12 de julio de 1561. Sus padres fueron Francisco de Argote y Leonor Góngora, pero como su mentor fue su tío (materno) Francisco, el autor utilizó el apellido de su pariente, de quien recibió “protección o favores” —como indica íngel Pariente. Su tío lo benefició en asuntos económicos; Góngora, al parecer como un destino fatal, sufrió hasta su muerte graves penurias económicas. Lo dice Pariente en su estudio y se puede comprobar en sus trabajos en prosa y en verso (recomiendo leer la antología de la Colección Austral): Luis de Góngora fue siempre acosado por sus acreedores. En una carta dice al licenciado Cristóbal Heredia: “Hállome en la mayor miseria del mundo sin tener qué comer, ni con qué satisfacer a mis acreedores y a peligro de incurrir en infamia de fallido…”. El dinero no fue su único tema, pero sí una recurrencia que se puede observar, entre otros textos, en Los dineros del sacristán, Dineros son calidad y Tenía Mari Nuño una gallina.
Gran viajero, culterano, satírico, enamoradizo, anticlerical y a la vez religioso, Luis de Góngora también supo encontrar un espacio para las “leperadas” poéticas; alguna vez escribió a Lope, en uno de sus célebres arrebatos de cólera e inspiración:
No te piensa pagar con versos vanos,
mas de suerte que el mundo te desprecie,
bellaco, picarón amujerado,
¡que palos te he de dar!, lengua sin manos,
cornudo y puto por la quinta especie,
y por la ley antigua chamuscado.
Dueño de un lenguaje personal, Góngora fue el padre literario de Sor Juana. Murió en Madrid el 29 de marzo de 1626 y lo más memorable de poesía está en sus Soledades.