Las llamas de Waco

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Decidí volver a Waco, Texas, porque los viajes se completan con nuestro regreso. Y en dos años no he olvidado el rostro del anciano: su dulce mirada y su increíble sonrisa…
Fascinados, retornábamos de la ciudad de Dallas hacia Austin, y nos detuvimos a comprar víveres en el poblado. Doblamos hacia el lado norte, porque la ruta 35 nos lo permitió. Por azar abandonamos —justo frente a The Dr Pepper Museum— la parte donde se halla el downtown y nos internamos por veredas sombrías y arboladas, donde al parecer vive la gente de color. Después de cruzar la línea del río Brazos, nos entrañamos, entonces, por los caminos que van directo al lago. No paramos sino hasta llegar a una gasolinera suspendida en el tiempo.
Parecía haber sobrevivido al tornado que, en 1953, destruyó parte del pueblo; inamovible, se elevaba para ofrecer un paisaje distinto; no recodaba en nada a los parajes que en 1824 había visto el explorador Thomas M. Duke, quien había refundado el lugar en territorio de los indígenas huacos, en 1849.
Hubiéramos creído ver una desvaída postal, de no ser porque de pronto de entre los altos árboles una sombra apareció y vino hacia nosotros, que surtíamos de combustible al vehículo. Cruzó la estrecha vereda de polvo y, con cierta parsimonia, trajo sus pasos.
Un ágil y diminuto anciano se hizo presente: piel negra y chispa en su actitud, pero discreto y silencioso. Vestía un traje bruno, y pude ver en su negra camisa asomar un alzacuello. Sus arrugadas manos eran distinguidas. Fijé mis ojos en los suyos y como respuesta tuve su encantadora y dulce mirada. Luego me ofreció su sonrisa. “Un pastor de iglesia”, debí pensar al verlo. Sostuvo su expresión hacia mí con enorme ternura. Correspondí a ella hasta que lo tuve muy cerca: no medía más que yo, que soy bajo. Entró al estanco y fui tras él. En un inglés precario pedí al dependiente unos cigarros, quien al descubrir mi mala pronunciación me respondió en castellano. Sentí la mirada del viejo y lo volví a mirar. Su cordialidad no desapareció hasta que salí; en ese instante recordé los acontecimientos ocurridos en Waco en 1993.
A unos tres kilómetros del punto de donde estamos, David Koresh dirigía la secta protestante de los davinianos, fundada del desprendimiento de los integrantes de la iglesia Adventista del Séptimo Día, cuyo origen se remonta a los años treinta. Se les conocía, lo supimos todos por las noticias el 19 de febrero de 1993, como “El Poder” cuando el ejército y el FBI, después de varias estrategias, decidieron entrar al rancho Monte Carmelo, donde habitaban, tras cincuenta y un días de asedio, luego que un diario texano había informado al público que David Koresh había abusado de niños y mujeres, y bajo el pretexto de realizar prácticas de tiro en el lugar, mantenía un arsenal enorme de armas.
En el ataque el ejército introdujo tanquetas y armas de alto poder, que fueron usadas y respondidas por la gente cercana de Koresh, con un resultado fatal que culminó con llamas y muerte, semejante al de una guerrilla. Las bajas, en ambos bandos, atrajeron a los reporteros desde el comienzo del cerco. Luego el resultado fue de un aproximado de ochenta y seis muertes de hombres, mujeres y niños. Entre ellos estaba el líder de los davinianos, David Koresh.
Fundamentalistas, los davinianos en sus prédicas anunciaban el Apocalipsis, hacinados en el fortín del Monte Carmelo, donde esperaban el fin de los tiempos; algo que llegó no sin las críticas en todo el mundo, porque nunca fueron revelados todos los informes. El aquelarre cobró demasiadas vidas: muchos murieron calcinados. Un informe oficial declaró que fue un suicidio colectivo. Hoy se recuerda ese día con horror. Waco, Texas, de ser un pueblo apacible, en 1993 surgió de las llamas para darse a conocer en todo el orbe. De aquí han florecido grandes beisbolistas, músicos, políticos y, en sus inmediaciones se han rodado algunos filmes.
En esta orilla del mundo, a las cinco de una tarde de abril, un anciano de encantadora sonrisa, me mira. Alcanza la estación de gasolina perdida en otro tiempo, y se queda en mi memoria para siempre…