La palabra eficaz

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La mejor forma de empezar a escribir algo sobre Julio Ramón Ribeyro, es, quizás, prendiendo un cigarrillo. Así, entre una voluta de humo y unas palabras suspendidas en la hoja blanca, se puede tener la impresión –vanidosa, sin duda– de identificarse por un momento con la obra y la vida del escritor peruano, que al tabaco y a las palabras están indisolublemente ligadas.
Esta impresión, no obstante, puede durar nada más unas cuantas fumadas antes de desvanecerse, absorbidas por el éter a la par del humo del cigarro menguante, frente a la monumentalidad de la prosa de Ribeyro (1929-1994) considerado, con razón y culpable retraso, uno de los mejores cuentistas latinoamericanos.
El mismo Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura peruano, que a pesar de haber compartido algún tiempo un piso con Ribeyro en París mantuvo con él una relación tensa en la que se criticaron dura y recíprocamente reiteradas veces, dijo en una ocasión: “Considero a Ribeyro un magnífico cuentista, uno de los mejores de América Latina y probablemente de la lengua española”.
Su extensa y delicada producción de narrativas breves es por primera vez reunida en una edición completa de La palabra del mudo editada por Seix Barral en 2010, y que hace poco llegó en las librerías de México.
Además de sus nueve libros, esta antología incluye un cuento inédito, Surf, tres “desconocidos” y seis “olvidados”, recopilados éstos por primera vez con el título Ribeyro, la palabra inmortal (1995) por Jorge Coaguila, crítico literario que mantuvo también una estrecha relación de amistad con el escritor en sus últimos años de vida.
Acerca del nombre que escogió para la recopilación, el mismo autor explica su significado en una carta enviada al editor el 15 de febrero de 1973: “¿Por qué La palabra del mudo? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias”.
Pero no sólo de esto se trata su obra. Cuando se lee a Ribeyro es inevitable pensar en el fracaso, que, como el humo del cigarro, permea y envuelve el pensamiento del escritor limeño y por ende su proceso creativo. No por nada sus diarios se titulan La tentación del fracaso; fracaso que se refleja no solamente en los cuentos de corte autobiográfico, sino también en filosos y despiadados retratos de la burguesía, en particular limeña, condenada inevitablemente a la mediocridad y la degradación tanto material como espiritual.
En la obra destaca también, por su peculiaridad y significancia en particular para entender la relación de Ribeyro con el cigarro, un cuento-ensayo autobiográfico titulado Sólo para fumadores. Como De Quincey por el opio, Malcom Lowry por el alcohol y Dostoievski por el juego, Ribeyro describe la relación que entabló con su vicio: “Sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos”, inicia el relato, que al mismo tiempo se vuelve una reflexión sobre su furor creativo, que para él se convierte a menudo en un sucedáneo del acto de fumar.
Interesante, finalmente, es la corta introducción que el mismo autor hace al libro, que en pocas pero exhaustivas líneas –característica esta distintiva también de sus cuentos– logra darnos una panorámica sobre su concepción de la narrativa breve.
“Mis cuentos, al menos así lo creo, son el espejo de mi propia vida, la de un escritor limeño de la segunda mitad de nuestro siglo, educado en un ambiente de la burguesía ilustrada, que vivió muchos años en Europa, que desempeñó más por necesidad que por gusto diversos trabajos, que alternó períodos de disipación con períodos de reclusión y que retornó a su país cargado de recuerdos y vivencias, pero con muy pocas certezas y la sensación de haber perdido demasiado tiempo, salvo quizá el empleado en escribir algunos libros, particularmente de cuentos”, escribe Ribeyro.
Además, como conclusión del preámbulo, el escritor presenta un decálogo con preceptos en que desarrolla su concepción de cuento. “El cuento debe contar una historia”; “El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja”; “En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible”.
Pero, con el cinismo y el humor negro que lo caracteriza, Ribeyro concluye su introducción de la siguiente manera: “La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo lo he hecho. O aun algo mejor: inventar un nuevo decálogo”.