La necesidad de la crítica

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En los pasados días, durante la llamada contingencia epidemiológica, fue muy común recibir correos electrónicos en los que se advertía que dicha contingencia no era sino una táctica empleada para distraer la atención de la población respecto de otros asuntos de interés nacional o internacional, como ciertas acciones políticas. Así, en estas “cadenas” difundidas por internet, se establecía que el virus no era sino un producto de oscuras confabulaciones desarrolladas por grupos desconocidos que, tras bambalinas, poseen el control de la política y la economía mundial.
Esta clase de especulaciones no son nuevas. En otros acontecimientos históricos (como otras epidemias, ataques terroristas, dudosos triunfos en el deporte, etcétera) han surgido discursos con características similares. La aceptación de estos discursos se finca en la desconfianza –en muchos sentidos justificada– hacia la información que circula oficialmente. Acostumbrados al ocultamiento y/o tergiversación de la información por parte de los gobiernos, no es de extrañarse que ciertos grupos sociales consideren verosímiles las formulaciones de las teorías conspiracionistas.
Desde luego, es muy sano que existan posturas escépticas hacia la información oficial, pues ello permite que se adquiera mayor conciencia social. En muchos casos han sido verificadas históricamente: tal es el caso del ataque a Pearl Harbor, Hawaii, en el cual durante mucho tiempo se especuló que el gobierno norteamericano sabía con días de antelación los planes del ejército japonés de atacar la base naval que se localiza en dicha isla, lo cual serviría como pretexto para que los Estados Unidos intervinieran en la Segunda Guerra Mundial. El gobierno lo negó durante mucho tiempo, mas en la medida en que se han desclasificado los documentos militares, la verdad ha salido a flote.
No obstante, es menester que las sospechas no se pierdan en sentimientos de aversión. El escepticismo conspiracionista, si no se halla dirigido por principios racionales, se traduce simplemente en reacciones viscerales que pueden conducir fácilmente a posiciones radicales. En este punto, el escepticismo puede convertirse en su reverso: el dogmatismo.
De ahí la necesidad de la crítica como recurso fundamental para evitar los excesos del poder. Pero, simultáneamente, la crítica debe servir como instrumento para seleccionar aquellas posturas que sí contribuyen a desenmascarar las posiciones ideológicas subyacentes y las prácticas de poder que perjudican a la población, de aquellas que se basan en simples especulaciones sobre conspiraciones ocultas. En este sentido, no se trata de declarar a las teorías conspiracionistas en sí mismas como falsas, sino de exigir que tales planteamientos sean fundamentados con pruebas sólidas.
Lo que ocurre, al menos en aquellos discursos que circulan en internet a través de distintos medios, es que la información que se presenta carece de bases empíricas, se argumenta mediante falacias (las más comunes, las de falsa causa, principio de autoridad, pregunta compleja, etcétera) y se analizan parcialmente datos. En el caso de la proliferación del virus A/H1N1, se señaló en algunas “cadenas” que se trataba de una invención de los laboratorios para beneficiar a los consorcios farmacéuticos. Si la ingeniería genética actual permite la creación de virus de esta clase es algo que corresponde aclarar a los biólogos, pero considerar que esta enfermedad ha sido difundida para el beneficio de las farmacéuticas resulta muy dudoso. Si bien tuvieron altas ganancias gracias a la contingencia, lo cierto es que el impacto negativo para el resto de los sectores económicos fue muy alto. Basta con ver la resultante crisis en la industria turística, que representa una de las entradas de capital más importantes para la economía nacional, y que repercute en todas las demás esferas socioeconómicas.
Más que enfocar nuestra atención en supuestos complots detrás de la epidemia, considero de mayor importancia cuestionar acerca de la deplorable situación del sistema nacional de salud (si es que existe tal). Me parece que las acciones emprendidas por el gobierno para afrontar la crisis sanitaria responden a la falta de infraestructura en el sector salud, que puso a la sociedad en un alto riesgo de vulnerabilidad colectiva ante amenazas epidémicas.
En consecuencia, la crítica social y política es necesaria para la sociedad, mas dicha crítica debe estar orientada por argumentos racionales, y sobre todo, sustentada por conocimientos científicos. En este sentido, la actividad filosófica es la que proporciona los medios para analizar racionalmente los discursos que proliferan en la sociedad, para de esta manera desentrañar los argumentos (válidos o no) que permiten la valoración de los datos con mayor objetividad, y simultáneamente, posibilitan el desarrollo de estrategias de acción frente a los constreñimientos de la autoridad.
Merced a ello se establece la coordinación de puntos de vista sin la cual no es posible la superación de posiciones egocéntricas e ideológicas, que son las que constriñen el pensamiento del individuo. Así, frente a las prácticas de orden (que implican una autoridad que impone sus perspectivas a los individuos), la reflexión filosófica puede abrir paso a las prácticas de organización (que implican cooperación entre los individuos).
Por ello es imprescindible la presencia de la filosofía en los sistemas educativos. En la medida en que la filosofía sea incorporada a los planes educativos, se consigue el desarrollo de las capacidades de análisis y reflexión, que son fundamentales para lograr la superación de las posiciones centristas (egocentrismo, etnocentrismo, antropocentrismo, etcétera). En otras palabras, la necesidad de la crítica es la necesidad de la filosofía misma.