La estela del humanista y antropólogo

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Quien fuera Maestro Emérito y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Guadalajara, se ha ido entre el cariño y reconocimiento de su familia, amigos y universitarios, en el homenaje de cuerpo presente que el domingo 24 mayo se le rindiera en el Paraninfo de esta Casa de Estudio.

Esa mañana, su hija Diana Solórzano recordó el ímpetu y el ánimo que su padre conservaba  siempre, pues no había pasado mucho tiempo de cuando dijera a su familia que “así como voy espero llegar a los cien años”. Porque para él, el tiempo significaba dedicarlo a la ciencia, que era su pasión: “Decía que hablaba el idioma de los fósiles, y tenía una gran y profunda relación con los animales, las rocas y todo el medio ambiente. Nuestra infancia fue la que mi papá hubiera querido, con un padre científico, bueno para las armas, amante de los juguetes y coleccionista de todo. Un papá con un mamut y con ganas de hacer un museo lleno de fósiles, cráneos, esqueletos, piedras y minerales”.

Y aquello podía palparse en cada ámbito de la hogareña cotidianidad, que inspiraba y contagiaba: “Sí, mi papá nos hizo una infancia a su imagen y semejanza, diferente y divertida. Era el único papá que no iba al club con los amigos o a jugar cartas. No, nosotros oíamos que iba a la sociedad de ciencias naturales.

No jugaba con nosotros futbol o tenis. Nos llevaba a lanzar boomerangs o jabalina, o nos contaba la historia de Tarzán, y algunas noches nos llegó a mostrar las estrellas, y a decirnos sus nombres. Conocer con él los museos fue una gran aventura. Además de coleccionista, era acumulador. En nuestra casa había bodegas llenas de cajas extrañas, y si uno se asomaba parecía que tenían basura. Pero en realidad estaban llenas de fragmentos de fósiles, piedras o huesos, quinientas cajas o más, además de esqueletos, cráneos y objetos prehispánicos. También había colecciones de insectos, rocas, minerales, armas, caracoles, conchas, mariposas, y cosas que se encontraba en el camino y las llevaba a la casa”.

Pero podría decirse que también tuvo otra familia con quien compartirse en las aulas. Diana no olvida que “fue generoso con sus objetos y con sus conocimientos. Dio clases cincuenta y cinco años, y nunca faltó, fue todos los días puntualmente. Siempre quiso que sus alumnos entendieran y amaran a la ciencia en todas sus formas. No tenía reparos para prestar sus libros o sus escritos, y siempre estuvo dispuesto a contestar cualquier duda de sus alumnos”.

He ahí por qué Federico Solórzano decía en una entrevista que “si se tiene la fortuna de tener conocimientos, compartirlos. Pero no para que sigan el paso mío, sino que cada quien debe abrir su propio camino, y tener su propia manera de ver las cosas. Porque yo no soy nadie para que continúen mis pasos”.

Y ahí mismo reitera el amor inagotable por su vocación y oficio, porque “para mí no ha sido sacrificio dedicarme a la paleontología, sino al contrario, es toda una fuente inagotable de conocimiento. Tengo ganas de vivir, y no en el sentido nada más de tener vida, sino para seguir teniendo conocimiento, y compartirlo. No importan los años que pasen, siempre aparece algo novedoso cuando uno menos se lo espera”.

En el homenaje, una de sus ex alumnas, Betina Monti Colombi, dijo que aún con el dolor de la pérdida, podía hablar con “la alegría de haber aprendido de él. Sus clases eran difíciles, pero estaba ahí con una extrema sencillez y calidez; un gran sentido del humor. Nos hablaba de la necesidad de seguir estudiando. Sabía que una parte importante del conocimiento era no detenerte ante él o verlo como imposible”.

Héctor Raúl Solís Gadea, rector del CUCSH, señaló que al fallecer Solórzano Barreto, habría que recordar “más que su muerte, la luz de su larga y generosa existencia”. Y por su trayectoria “tiene un lugar perenne de la mayor distinción en la sociedad científica y humanística del Occidente mexicano. Es enorme nuestra deuda de gratitud con él, por todos sus años de trabajo en los que forjó su maravilloso legado, y por todo lo que supo entregar a las generaciones de estudiantes que formó. Encarna como pocos el significado de la vocación. Atiende con determinación absoluta el llamado que la vida le ha hecho, y encuentra en ello el sentido de su quehacer profesional. Su discreción, humildad y sobriedad, le permiten afinar hasta la perfección su capacidad para observar indicios de un mundo perdido, pero también para educar a sus alumnos. Su falta se compensa con su ejemplo, con ese regalo que fue su vida y que estará presente en las aulas y los museos de Jalisco, si somos capaces de preservarlos los universitarios, siendo un poco como él”.

El Rector General de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, señaló que se le daba el adiós “a quien fuera un universitario prominente. Destacado hombre de ciencia, y ser humano excepcional, quien entregó su vida y talento a la investigación, la docencia y la difusión del conocimiento científico. Federico Solórzano Barreto forma parte de una brillante generación de profesores universitarios que han puesto en alto el nombre de la Universidad de Guadalajara, al ganar respeto y admiración por la comunidad científica nacional e internacional, y el reconocido rigor académico que le caracterizó en su trabajo”.