Kevin Johansen

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En el enésimo mojito se ahogaba todavía media rama de hierbabuena sobre la barra. Ella asintió con la cabeza, él le retiró la boca del oído con su sonrisa oblicua, y se fueron de la rumba. The Nada, la nutrida banda que acompaña a Kevin Johansen se quedó todavía, haciendo lo propio entre giro y abrazo, moviendo el cuerpo endemoniados por la salsa, argentinos y todo. Era lo que viene después de los camerinos después del penúltimo concierto de una serie de cinco que dieron en México hace dos semanas. Las cumbieritas se habían quedado todavía, tras la convivencia en las entrañas del Lunario, previo pago del privilegio. El día anterior no habían tenido tanta suerte: felices de la vida como en todas sus canciones, se lo pasaban muy bien en la acera los colegas, hasta que unos policías les señalaron que tal cosa era una falta administrativa. Nada que no se pudiera arreglar, pero suficiente anécdota para componerse un corrido. Así, entre los temibles cancerberos de los auditorios, el mánager simpático, el escenario impaciente, los músicos de mano audaz, los dibujos de Liniers en el proyector, el jolgorio multitudinario, y mi afición añeja contenida y disimulada, tuvimos una breve charla con este medio gringo, pupilo avanzado de la escuela de Les Luthiers y cantactor desgenerado, como suele definirse.

¿Bailas?
¡Claro! Recuerdo que de niño en San Francisco ponía discos o casetes y bailaba yo solo. Gozaba del movimiento. Luego estuve casado con dos bailarinas. Inclusive bailé coreografías; de verdad estuve involucrado con el baile. Lo respeto muchísimo, creo que es la forma más primitiva de sentir la música. El cuerpo es nuestro primer instrumento. Si bien es cierto que mi generación, los que están sobre los 40, en Argentina sobre todo, aunque también la gringa, tenía el prejuicio de que la música bailable no era para pensar. No podía ser profunda en la lírica: tenía que ser liviana, como si el baile fuera un acto liviano y por lo tanto eso no fuera música de verdad, música seria. Ahora se está notando mucho en Latinoamérica que a los jóvenes les encanta bailar. Ellos van a los recitales y quieren moverse además de reírse y enriquecerse con las letras.

La cumbiera intelectual
Se me escapó el Edipo por ahí. Pues sí, mi madre era, hubiera sido una clásica cumbiera intelectual: era súper feminista, latinoamericanista, intelectualista, socialista… tenía todas las aristas para serlo, y yo creo que sí que le gustaba la cumbia… Ella falleció hace diez años y ya sabía de esa composición, y de otras. Era súper melómana. Le debo mucho a la vieja, como dirían los futbolistas.

Tango
Lo bailo muy básico. A veces me atrevo y hago unos piruletes, algunos pasitos. Pero tengo una dificultad existencial con el tango, porque el hombre es el que tiene que dirigir, tiene que mandar a la mujer, y yo fui criado por una madre feminista que entendía que todo era 50 y 50. Ahora hay una camada fuerte sub 30 que baila increíble, que le ha dado un esplendor nuevo al tango. A mí me encanta eso, porque me parece un género atemporal; una locura, como el son cubano y la samba, que tienen cien años y siguen de moda. Y sí… algunas de mis canciones son milongas, como “Daisy” y “La tangómana”, y en general siempre hay un par de guiños. No que sea una afinidad especial, pero está ahí metido… mi madre tenía un disco de Tita Merello: “Se dice de míii…” ya sabés. Supongo que es ineludible, está ahí, presente.

Palabras
El cancionista siempre tiene que lidiar con conjugar la sonoridad con el sentido, por eso el género es tan fascinante: toda canción es una mini película de tres o cuatro minutos que tiene que rodar por la lengua, como dicen los gringos. Y después, todos somos un poco arqueólogos de la palabra; hurgamos bajo las etimologías y los sentidos de las palabras, como el poeta. Entonces hay una historia literaria que pesa. Uno no puede estar indiferente a lo que hay alrededor a nivel literario. En Argentina inclusive ni siquiera tienes que salir de la música: ahí están Spnietta, Charly García, Les Luthiers, y en la parte gráfica no se pueden ignorar a Fontanarrosa, Quino, y claro, Liniers. Con que sí, hay una riqueza en el leguaje muy particular acá, pero también en Uruguay, Chile, en general en el Cono Sur la conciencia de la riqueza histórica literaria reciente —de los últimos cien años— se resbaló un poco más… quizás gracias al tango, inclusive.