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John Reed, el periodista «gringo» en la guerra revolucionaria

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De su infancia, José Vasconcelos recuerda, en Ulises Criollo, cómo un grupo de gringos expulsó a los habitantes del pueblo en el que vivía con su familia por ser mexicanos y estar en un espacio que según argumentaron le pertenecía a la nación de las barras y las estrellas. A raíz de eso, Vasconcelos rememora que tenía que cruzar todos los días la frontera de México a Estado Unidos por el Eagle Pass para ir a una escuela primaria donde lo marginaban por ser mexicano; es quizá ese el origen del espíritu nacionalista de lo que a la postre conceptualizaría como la raza cósmica.

Acciones de este tipo propiciaron una hostilidad hacia el “gringo” que se viene arraigando desde la intervención yanqui de 1846. La ocupación de 1914 lo maximizó. Aunque previo a ello, en la primera revolución, la de Madero, el sentimiento antiamericano ya privaba en ciertos sectores de México, y con el avance del conflicto se agudizó, mas no así hacia el modelo democrático que este país representaba.

John Reed, periodista aventurero que se adentró en las filas del ejército de Pancho Villa, la División del Norte, narró en sus crónicas para el Metropolitan Magazine parte de ese sentimiento imperante entre los combatientes que creían que “los americanos eran porfiristas y huertistas”, los bandos que amenazaban la efervescencia popular. En uno de los pasajes que detalla el reportero, recuerda cómo un hombre alto, de sombrero de paja y largos bigotes, lo siguió tambaleante, por el aguardiente bebido, a su habitación para fusilarlo.

Reed describe: “Yo estaba a punto de saltar, agacharme o gritar. De pronto fijó la vista en la mesa, donde estaba mi reloj de pulsera, de a dos dólares. ¿Qué es eso?, me preguntó, ¡Un reloj! Rápidamente le mostré cómo ponérselo. Inconsciente fue bajando poco a poco las pistolas… ¡Ah! —respiró— ¡Qué bonito está! ¡Qué precioso! Es de usted, le dije.”

Y así fue como se libró de ser asesinado en esa ocasión, aunque hubo otras más de las que logró salir adelante gracias, quizás, a la suerte. No obstante su cobertura no se basó en eso, solamente. Los textos de aquel tiempo se compilaron en un libro, México insurgente, que se publicó cuando todavía le quedaban años al conflicto mexicano, en 1914. La lectura, en la actualidad, da cuenta de las vivencias de Reed en aquellas épocas y hace pensar que el viaje es cercano a pesar del tiempo transcurrido.

Uno de los puntos fuertes en el trabajo de Reed es cómo se vio involucrado en las batallas por su afán de entrevistar a Pancho Villa y, cuando lo tuvo de frente, no vaciló en cuestionarle aspectos que aún hoy calarían en la moral política de cualquier aspirante a la elección popular.

Lo relata así: “Les parece increíble, a los que no lo conocen, que esta figura notable, que en tres años ha surgido de la oscuridad a la posición más destacada en México, no aspire a la presidencia de la república. (…) Cuando se le interroga sobre el particular, contesta siempre con toda claridad. (…) Ha dicho: Soy un guerrero, no un hombre de estado. No soy bastante educado para ser presidente. Apenas aprendí a leer y escribir hace dos años. (…) Sería una desgracia para México que un hombre inculto fuera su presidente.

La historia haría más profundas las críticas de Villa. Sin embargo, volviendo al texto de John Reed, el impacto que tuvo sigue siendo tan revelador al mostrar espacios en los que el México más profundo sigue vivo todavía hoy. Latente. Olvidado. Esos espacios en los que todavía en la actualidad se puede caminar por parajes diversos y se encuentran los vestigios que la historia dejó. Por ejemplo, las mujeres acostumbradas a servirle al hombre que luchaba, sin ninguna paga de por medio; las casas de adobe que pareciera que se levantan de la tierra misma o la constante en el desayuno de café con frijoles y tortillas, en la atmósfera recreada por corridos que narraban la actualidad de la revolución.

En 1970 el cineasta mexicano Paul Leduc (recientemente fallecido), llevó al cine la película homónima de la obra de Reed. Eraclio Zepeda es Pancho Villa. En la escena de la entrevista, el general mira fijamente al objetivo, como toro embravecido, justo tal como se detalla que disfrutaba la fiesta brava; los bigotes como los inmortalizó la leyenda: anchos, largos y espigados; y con el típico argot mexicano común en la ruralidad, con expresiones  como la de los viejos para consultar quién es la persona que merodea o se acerca: el “Quién vive”. Reed nos la explica afirmando que cada que unos pasos se avecinaban, el grito de quién vive era una posible alerta para un repentino ataque, si la respuesta era “Viva Villa” o “Viva Madero”, todo quedaba en orden. Si por el contrario era un “Viva Huerta” la pólvora comenzaba a explotar.

Algo que ha quedado en la memoria colectiva es que se cree que los revolucionarios de aquel tiempo no sabían cuál era el bando y los ideales que cada grupo peleaba. Se ha referido en sendas ocasiones, sin embargo, un punto real muestra que la visión en la lucha revolucionaria era un compromiso con el futuro; era la esperanza de un mejor mañana para los que nunca lo tenían. Tal vez, a 110 años de iniciada la justa, todavía hay deudas pendientes.

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