Herta Mí¼ller en escena

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En medio de un negro espeso y frente a un público ni numeroso ni escaso, una banca de madera de formas redondeadas, brillantes de barniz, y una silla en el otro extremo, rodeada de valijas con un aire antiguo. No había título para el espectáculo. El punto de interés recaería sobre una sola persona, una mujer menuda y delgada, de melena cortísima y cuyo rostro de ojos verdes y boca pintada siempre de rojo intenso ha sido una imagen constante de lo que fue la Feria este año. A ese retrato corresponde además un nombre que poco nos había sonado, apenas como el anual batir de alas del Premio Nobel de literatura allá por 2009.
En español, sus libros los había editado Siruela entre hermosas tapas duras de color vino o esmeralda oscura y costaban lo que puede ser el presupuesto completo de un estudiante que yerra por los pasillos alfombrados a la caza de saldos, ofertas y editoriales universitarias.
El hombre es un faisán en el mundo y En tierras bajas eran las que se podían hallar más fácilmente en librerías, pero también existían en nuestro universo idiomático La piel del zorro (Plaza y Janés) y La bestia del corazón (Mondadori). Luego de la visita a Estocolmo, nos llegaron Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma y El rey se inclina y mata, pero ha sido hasta esta visita a México que se han vuelto visibles en los estantes Todo lo que tengo lo llevo conmigo, El rey se inclina y mata, algunas ediciones de bolsillo e incluso electrónicas.
Entró primero Arturo Ríos, un actor en el papel de sí mismo. Se acomodó en la silla con el libro en una mano y el micrófono en otra. Entró Herta Mí¼ller. La ovación fue una pequeña calma exacerbada que dio paso al silencio y el silencio dio paso al quieto espectáculo de un hombre leyendo a un grupo de adultos sentados en butacas sin susurrarse apenas nada. Mí¼ller esperaba en la banca como en una estación de trenes, sin audífonos que le tradujeran, como era indispensable en las mesas de charla que sostuvo con Mario Vargas Llosa y Sabina Berman dentro de las instalaciones y el programa más convencional de la FIL. ¿Qué falta podría hacerle que le trajera un intérprete de nuevo a su propio idioma sus propias palabras?

Todo lo que tengo lo llevo conmigo. O: todo lo mío lo llevo conmigo. He llevado todo lo que tenía. No era mío. Era o algo destinado a otras finalidades o de otra persona. La maleta de piel de cerdo era la caja de un gramófono. El guardapolvo era de mi padre. El abrigo de vestir con el ribete de terciopelo en el cuello, del abuelo. Los bombachos, de mi tío Edwin. Las polainas de cuero, del señor Carp, el vecino. Los guantes de lana verdes, de mi tía Fini. Sólo la bufanda de seda de color burdeos y el neceser eran míos, regalos de las últimas navidades.

Hacía frío y algo de viento esa noche del 28 de noviembre, era lunes. En el fondo del escenario iban avanzando unas letras blancas que eran lo mismo que oíamos, pero eran puro decorado: se superponían con sus gemelas alemanas y en realidad no se podían leer ni las unas ni las otras más que a ratos y algunas partes. Pero cuando Mí¼ller tomaba el relevo, se detenía el texto en párrafos y se iluminaban una por una las frases conforme las pronunciaba en ese idioma tan extraño y melodioso a pesar del extendido y falso cliché de unos supuestos dureza y golpe.
De un lado y otro del escenario y de un lado y otro de las lenguas que se encontraron estos diez días de fiesta literaria, el teatro empezó a adentrarse en la historia de un hombre joven, un rumano alemán que en los años que siguieron a la Segunda Guerra mundial pudo haber sido su amigo el poeta Oskar Pastior, o cualquiera de los otros supervivientes a los campos de concentración estalinistas con los que conversó Herta Mí¼ller para armar esta novela, o ninguno de ellos pero también todos y quienes no sobrevivieron.
Una breve pausa y un cambio de posturas: Ríos pasó a la banca y Mí¼ller quedó de pie, vestida toda de negro, una silueta al margen de algunos de sus collages, inusitadas piezas mixtas de prosa poética, tipografía azarosa y publicidad recortada en imágenes que completan el cuadro en su dimensión visual. El público alemán salió de la desventaja lingí¼ística y nosotros nos conformamos con el eco versionado. Otra ovación, ahora más amplia y sostenida, antes de salir de esa calma minada por una estela de atrocidad constreñida en la belleza del arte. Antes de topar el viento, el frío, las calles feas y una fiesta tropical encapsulada justo a la vuelta de la esquina.