Goeritz: la emoción y el juego

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En su manifiesto “El arte plegaria contra el arte mierda”, que publicó mientras exponía en la galería Iris Clert de París, en 1960, Mathias Goeritz diría que “estamos hartos de la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón. Del funcionalismo, del cálculo decorativo, y desde luego de toda la pornografía caótica del individualismo, de la moda del momento, de la vanidad y de la ambición, del bluff y de la broma artística. Del consciente y subconsciente egocéntrico, de los conceptos fatuos, de la aburridísima propaganda de los ismos y de los istas; figurativos o abstractos. Hartos también del preciosismo de una estética invertida. Hartos de la copia o estilización de una realidad heroicamente vulgar. Hartos sobre todo de la atmósfera artificial e histérica del llamado mundo artístico, con sus placeres adulterados, sus salones cursis, y su vacío escalofriante”.

Estas palabras que dejan constancia de cómo Goeritz retó al oficialismo artístico y cultural a lo largo de su trayectoria, fueron leídas por la catedrática de la UNAM, Mariana Méndez Gallardo, quien se encargó de dictar la conferencia “Imagen y emoción: integración plástica en la obra de Goeritz”, la semana pasada en el Paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara. Con esta ponencia se inauguró la exposición Do it yourself: la arquitectura es un juego, en unas de las salas del Museo de las Artes, como homenaje al pintor, escultor y arquitecto alemán que realizara la mayor parte de su carrera en México y a cien años de su nacimiento.

Sobre aquel manifiesto —y que no es el único que escribiera Goeritz— hay otra parte también recordada por Méndez Gallardo, que da cuenta del pensamiento del creador de las Torres de Satélite en el DF y El pájaro en Guadalajara (su primer obra escultórica en México), y de su concepción de que debería haber una reivindicación entre el arte y el hombre: “Reconocemos la necesidad de abandonar los sueños ilusorios de la glorificación del yo, y de desinflar al arte. Reconocemos que la obra humana en la actualidad se presenta con más vigor donde menos interviene el llamado artista. Tratamos de empezar otra vez y desde abajo, en un sentido sociológico espiritual. Habrá que rectificar todos los valores establecidos. Creer sin preguntar en qué. Hacer o por lo menos intentar que la obra del hombre se convierta en una oración”.

Y he aquí donde verdaderamente comienza su rezo humanístico: “Volver a creer en la pirámide, en la catedral, en el ideal, en el amor místico humano, en la imagen de la nada y del todo, en la crucifixión de la vanidad y de la ambición, en la ley interior de la fe, la forma y el color como expresión de la adoración, lo monocromático expresando lo metafísico, la experiencia emocional, la línea que con su modestia crea el mundo de la fantasía espiritual, irracional y absurda, en la belleza del canto gregoriano, en el servicio y en la entrega absolutas”.

Méndez Gallardo dijo que a Goeritz constantemente se le ha adjetivado a su trabajo como lúdico, “por el uso de un trazo infantilizado de intención inocente, efímero e inofensivo, y por la manera constructiva en que deja al azar o a la voluntad la propia organización de las formas”. Pero advirtió que lo de Mathias es “una estrategia para mirar lo que no se ve. Es la suya una propuesta que desmanteló la forma en que venía funcionando la industria cultural del arte en México, y con ello la visualidad del mexicano en la que arte sólo era aquello que imitaba la realidad social-politizada”. Es Goeritz –dice Méndez Gallardo, parafraseando a Borges en su libro La lotería en Babilonia– “el único juego posible, por existir en un sistema de cosas ya establecido y automatizado que caracterizó el inicio de la desorganización de las cosas, y que abrió a México a una nueva forma de jugar al arte”.

“Su obra de escala colosal, articularía una nueva estética basada en la conmoción del espectador. El recurso de escalas desbordadas, le permitiría utilizar un tema común en México: la monumentalidad, tan patente en la arquitectura y escultura prehispánicas, pero con un lenguaje nuevo: el de lo cinético y lo geométrico, contra uno figurativo y cargado de mensaje ideológico”. Pero a la vez, “Goeritz dislocó su propia propuesta inicial, basada en el principio de la modernización y la velocidad, para después introducir el carácter de lo sagrado”.


A decir del propio Goeritz —señala Méndez Gallardo—, a él no le interesaba ser un buen pintor o escultor, sino que trataba de ser un filósofo, un pensador que se valiera del arte para resolver sus propias preocupaciones y las de su tiempo, que viviera dedicado a la búsqueda de valores recónditos y que convirtiera sus hallazgos estéticos en respuestas tentativas, creativas y espirituales.

Por ello, para la académica el arte de Goeritz “es un juego de estrategias, que en su afán de establecer nuevas relaciones formales y motivar con ello una alternativa para los sentidos, terminara por construir espacialidades alternas a las del museo y la galería, a la vez que discursos distantes del artista, del crítico y del historiador de arte afamados, o al de los grandes sistemas de creencias”.

Así, desde varios frentes de la inquietud humana, “Goeritz incluiría en su discurso teórico y artístico el concepto de Gesamtkunstwerk  la ‘obra de arte total’, como la ilusión de un arte mayor que se desplegara de la egocéntrica pequeñez de una ambición individual. Este sería un concepto de crucial importancia para el desarrollo del discurso de la arquitectura emocional, concebido por Goeritz en 1953, y que funcionaría como la interpretación mexicana de la monumentalidad y el color. Comprendido como la reunión de los esfuerzos creativos en un todo, Goeritz integraría diversas disciplinas como componentes inseparables de una nueva arquitectura, cuyo emblema sería el de la catedral; expresión de un arte entendido como medio de elevación espiritual, pronunciándose así por la trascendencia del arte y la conmoción religiosa”. Para él “la obra de arte sería una especie de nueva religión, que tras el vaciamiento espiritual y la destrucción moral de una época que hizo del arte un útil más, instaba a un género de obra de arte de corte más filosófico o metafísico, que con valores estéticos fuera la vía de transformación de la vida cotidiana”.

La exposición Do it yourself  organizada por el Centro de Arquitectura y Territorio, Arquiphilia Ludoteca, con apoyo del Centro Cultural Universitario y el MUSA, busca exponer la influencia de Goeritz en la arquitectura contemporánea. Consta de 23 maquetas construidas con piezas de Lego Architecture Studio, acompañadas de los 23 manifiestos de los arquitectos participantes —que en su mayoría son de Guadalajara—, que explican el proceso de construcción física y conceptual de cada pieza. Además de una maqueta que se construye de manera colectiva con las piezas de lego que el propio público puede acomodar.