Felipe Ponce y Elizabeth Alvarado

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Tras años de gestiones y discusiones, el pasado 23 de abril entró en vigor el Reglamento de la Ley de Fomento de la Lectura y el Libro. Casi seis meses después, conversamos con Felipe Ponce y Elizabeth Alvarado, apoderados de la editorial independiente local Arlequín, sobre los claroscuros de la norma y su repercusión real en el negocio de los libros.

¿Cómo les ha ido desde la entrada en vigor del Reglamento?
Creemos que en teoría es importante, pero en la práctica apenas empieza a operar. Ha pasado poco tiempo y todavía no se ven muchos resultados, pero algo positivo es que hace que las relaciones entre editores y libreros sean objeto de revisión. De hecho nosotros hemos tenido que renegociar con los libreros, porque a partir del Reglamento las condiciones del descuento que les damos ya no pueden ser las mismas. Para ser el primer ajuste, ha sido positivo. Y no sólo para nosotros, ya se empieza a ver que bajan los precios de los libros: el Fondo de Cultura Económica, por ejemplo, como ya no tiene que dar descuentos tan exraordinarios, puede dejar de contemplar esa pérdida en el precio de lista de sus títulos. Es la tendencia que están siguiendo las demás editoriales, también.

¿A qué te refieres con ese “descuento”?
Se trata del porcentaje del precio de venta que el editor ofrece como ganancia al distribuidor o librero. Los grandes puntos de venta tienen políticas muy agresivas a este respecto: para vender en Gandhi o Sanborn‘s, un editor tiene que conceder el 50 por ciento, con lo cual una editorial pequeña difícilmente alcanza a cubrir los gastos de producción del libro. Así, el que sale perdiendo es el editor, pero lo hace de todos modos por no salirse de ahí.

¿Entonces cómo han logrado subsistir editoriales como la suya?
Nosotros ni pensamos en esas grandes cadenas. Sanborn‘s no nos interesa porque su perfil es muy claro y muy disímil del nuestro. En Gandhi sí vendemos, pero ni son volúmenes maravillosos ni lo negociamos nosotros, lo hacemos a través de una distribuidora. Con quienes sí negociamos es con Gonvill y hemos tenido buena recepción de los nuevos términos que plantea el Reglamento.

¿Ustedes dirían que se está respetando la norma?
En las librerías sí, pero hay un ámbito donde no: el libro de texto. Y esto es especialmente grave porque el gran mercado editorial está en las escuelas. Ahí es donde de veras se mueve el negocio y la Ley ni siquiera toca ese punto. Es una Ley incompleta: no estipula que los libros sólo puedan venderse en las librerías. De esta laguna surge la oportunidad para que muchos editores ofrezcan sus libros directamente, bricándose al librero. Esta es una práctica desleal, porque el giro del editor no es vender libros, sino producirlos.

Pero también podrían beneficiarse de esa laguna las editoriales independientes, ¿no?
No, porque en este punto nos volvemos a enfrentar a los gigantes editoriales, que ofrecen descuentos imposibles para editoriales pequeñas, hasta del 40 por ciento. Así que ellos se quedan con la venta, porque el criterio económico y el colorido del diseño son los que más toman en cuenta las escuelas, lamentablemente, por sobre la calidad del contenido. Y lo peor es que este beneficio ni siquiera se refleja en los consumidores reales (los estudiantes), sino en quien cierra el trato (directores, coordinadores, profesores). Para evitar estas prácticas es que debería estipularse que los libros se vendan en las librerías. Me refiero a que los compradores vayan a los establecimientos, y no que las empresas vayan a las escuelas, pues ¿por qué desaprovechar la oportunidad de que el estudiante se interese por otros títulos y compre un libro más?

¿Qué opinan de los negocios de otro giro que también ofrecen libros, como las cafebrerías?
No funcionan. La verdad es que no sirven para vender libros, sólo los usan para vestirse. La cuestión es hacer que la gente vaya a los lugares especializados en libros, las librerías. La Ley tendría que fomentar ese hábito de compra, que de otro modo es nulo, porque la gente está acostumbrada a comprar el libro como parte de la lista de útiles. Así ¿cómo se espera crear un mercado editorial?