Elogio a la ambivalencia

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Zeno Cosini es un personaje que encarna plenamente el espíritu del novecientos. El espíritu de la época moderna que todavía en la actualidad se discute si haya terminado o si estamos en su etapa de superación. O si somos “post”.
Figura ambivalente, afligida por una profunda doblez y la falta de integridad, el protagonista de la obra maestra del escritor italiano Italo Svevo, La conciencia de Zeno, representa al hombre “nuevo”, nacido de la ruptura con el romanticismo del 800, influenciado por las nuevas teorías científico-positivistas, pero con un dejo de la antigua metafísica, caracterizado tanto por las obras de Schopenhauer como por la de Nietzsche y Freud.
Un hombre crecido en un periodo de crisis, de renovación, en que se manifiestan a través de su excentricidad y neuróticas cavilaciones las contradicciones propias de una sociedad en vilo entre las certezas ofrecidas por el status quo del antiguo régimen y las imponderables posibilidades que abría la modernidad y el desarrollo de las ciencias.
El libro gira en torno a una naciente disciplina, el psicoanálisis, que el personaje principal, más cercano a las teorías positivistas, consideraba como una técnica más espiritista que científica. Pues la historia de Zeno, nacido a finales de 1800 en una próspera familia de comerciantes de Trieste, ciudad italiana que entonces pertenecía al Imperio Austro-húngaro, se desarrolla en los primeros años del siglo pasado, en el periodo en que empiezan a difundirse las teorías de Sigmund Freud.
El libro de hecho es una supuesta autobiografía que el protagonista escribe bajo la dirección de su médico, que veía en ello un buen preludio del psicoanálisis, y que luego publicó para vengarse de que el paciente hubiera dejado la cura.
Sin embargo, más que una biografía lineal, la conciencia de Zeno está subdividida por evocaciones de sucesos importantes de la vida del personaje –su vicio del cigarro, la muerte del padre, su matrimonio, su infidelidad, sus negocios–, aún conservando una cierta unidad y sucesión cronológica. La unidad la confiere justamente la conciencia del personaje, cómo se renueva y cómo se refleja en las diferentes situaciones y que, de este modo, resultan estrechamente ligadas una con la otra.
La incapacidad de vivir, de tomar decisiones para su vida (“me ha sido siempre difícil pararme cuando me muevo, o ponerme en movimiento cuando estoy parado”), el paliativo ofrecido a esta apatía por los buenos propósitos (dejar de fumar o dejar a la amante), pero sobre todo su personal concepción de salud y enfermedad, atraviesan como un sutil hilo conductor, impregnando con una profunda ironía toda la obra.
Es por eso que, rechazando el diagnóstico del psicoanalista que consideraba padecía del síndrome de Edipo, el protagonista identifica su enfermedad gracias a la excéntrica teoría del doctor Karl von Basedow. Es más, en el Morbus Basedowii no sólo cree descubrir el secreto del organismo humano, sino de la existencia entera.
La teoría del doctor alemán prevé que el balance perfecto del organismo humano se encuentra en un punto intermedio entre quienes sufren de su morbo, que “implica un generosísimo y loco consumo de fuerza vital a un ritmo precipitado”, y los organismos que en cambio se encuentran “empobrecidos por avaricia orgánica, destinados a morir por una enfermedad que parecería de agotamiento”.
Zeno traspone esta teoría a la sociedad entera, que, para ser dinámica, necesita de estos elementos contrapuestos. Pero al mismo tiempo sabe que este equilibrio es frágil: “El justo medio entre las dos enfermedades se encuentra en el centro y es designado impropiamente como la salud, que no es más que una pausa”.
Una pausa excesiva provoca de nuevo la enfermedad. Por eso el protagonista no entiende a los que logran vivir en el presente como “verdad tangible en que segregarse y cobijarse”. A Zeno en cambio no le queda más que enfrentar la vida, “una enfermedad siempre mortal”, a diferencia de las demás, en cuanto “enorme construcción sin sentido”, sin resignación, sino con aceptación y obediencia.
La vida por Zeno no es dura o injusta, más “original”: “La ley natural no otorga el derecho a la felicidad, sino que prescribe miseria y dolor […] ¿Por qué quejarse? No obstante todos se quejan. ¿Por qué no mueren y no viven callándose?”.