El viento de los tastoanes

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Salí volando del rectángulo de metal, colocado en un fragmento de la plaza para resguardarme. No había viento en el cielo. No había aire en las bocas: estaba el sol de Tonalá a todo plomo: en un instante iluminó el rostro de la multitud. Transformó en seguida a las máscaras. Fueron aún más grotescas las efigies de los tastoanes.
Escuché, a mis espaldas, la vuelta del viento, roto por el trayecto de ciento ochenta grados de la vara de membrillo que, sostenida por la representación de Santo Santiago se levantó del piso y dio media vuelta al mundo, hasta ir a detenerse en la piel del tastoan, que se revolcó de dolor. Una roja línea se dibujó en la broncínea piel. De haber chocado metal con metal, habrían salido chispas, pero no: era la dureza y la flexibilidad de un golpe en la carne: la vara se plantó en el desnudo brazo del muchacho.
De la boca de la multitud volvió a emerger el aire. La jauría vivificó el antiguo ritual. La tribu se escuchó otra vez, como ¿desde hace cuánto tiempo? Las crónicas nos llevan hasta la llegada de los españoles a esta orilla de la tierra, en el año de 1532 (y lo confirma, en La disputa de los tastoanes a finales del siglo XIX, Jesús Jáuregui). Con todo, nada suplanta a la experiencia de vivir la tradición: acto seguido, vuelvo a entrar al enrejado –el Tiempo se detiene, se eterniza la vida: resguarda los cuatro puntos cardinales; el Universo se transforma: es la mañana del 25 de julio y Tonalá es el centro de la Historia–; durante la travesía, que dura apenas un instante, se revelan todas las imágenes.
Es el camino. Es el borde de la nada. Es la vida en todo su esplendor. Es la unión de lo sagrado y lo pagano. Es la fiesta y la guerra. Es una multitud sin rostro que se revela en un instante. Es la belleza y lo grotesco. Es la mano que se alarga para tocar los pies del santo. Es la música y el ¡ay! Es la devoción y el espectáculo. Es la sangre y son las gotas de sudor bajo el sol: irradian luz, son la sombra. Es la máscara del tastoan, detenida en los ojos.
No hay viento. No hay aire. Es la fuerza de la vara con que serán medidos los demonios por Santo Santiago, que ahora entra en escena. Luego sale hasta huir de la mirada. Es el látigo enrojecido, purpurado, que lastima y corta. Son las cicatrices de los participantes. Es la guerra sostenida por siglos. Salgo y entro conforme la carrera de la tribu. Buscan. Se buscan. El santo y los rostros del horror, la pesadilla. Nadie los trajo aquí, al rectángulo de la batalla. Convocaron a la vía Láctea, a los hilos de sol, al hilito de sangre que ahora curan los paramédicos en una esquina del Universo, allí donde el viento es contenido y se convierte en un rostro. Desde ahora es el rostro de quien porta la máscara. Es el alma del niño tomado de la mano de su padre. Es la herida y la mano del santo, cubierta de vendajes. Es la lastimadura de la vida. Es la mano del Rey de España triplicado en dudas, en incomprensión. Son el pito y el tambor y la voz del tastoan número veintinueve: pide su canción para ser perseguido y vareado. Es el cuerpo y los cuerpos rotos, humillados. Les dan de palos y no gritan: aúllan para sus adentros y el alarido se petrifica en máscara.
Alargo la mirada: allá, después de esa calle está el Cerro de la Reina. Desde el promontorio miraban los tonaltecas todo el Valle. A esa altura el sol (¿el Sol de hoy es el mismo que el de hace cinco siglos?) es más brillante y debe hacer brillar la sangre de quienes allá, en este instante, realizan el ritual. Alguien –una voz nacida de la nada– advierte que este año la reunión de tastoanes ha sido una de las más numerosas. La gente está allá y aquí, y el siguiente lunes, donde las mujeres bailan y braman de dolor. Donde son flageladas. ¿Cuándo es ayer? ¿Dónde está mañana? Acude la multitud a mirar. Se alegra. Se molesta. Se consagra. Soy ellos al centro del centro. Mujeres-hombres-niños. Alguna vez quienes observan serán vistos. Los que se resguardan atrás del rectángulo de metal entrarán al espacio sin tiempo. Y una mirada se postrará ante sus máscaras. Quizá vendrán a verlos y se asombrarán. Tal vez los juzgarán: “…los famosos tastoanes no son interesantes bajo el aspecto histórico, ni dignos de conservarse bajo la estética, ni capaces de servir para nada que no sea atraer las burlas de las gentes sobre nosotros y para volver más estúpida, si cabe, a la raza indígena…”, como el escritor porfiriano Victoriano Salado ílvarez, en 1895, dijo mirando de lejos y sin comprender…