El Santuario
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Lugar de tradiciones religiosas, de comida tradicional muy a la tapatía, el barrio también ha tenido como huéspedes a poetas y narradores, pero de su pasado resuenan nada más las notas de un danzón que parejas de ancianos bailan en el jardín central

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Las notas de un danzón envuelven el perímetro del jardín central del barrio, recientemente remozado y que se ubica justo frente al templo de El Santuario. Un grupo de bailarines, mujeres y hombres de edad avanzada, animados y coordinados por un hombre que renquea, ensayan una coreografía.

El danzón es un baile de sutilezas, de movimientos al ralentí, que lo dotan de una elegancia que no tiene parangón con ningún otro género musical, pienso al ver a las figuras que bailan en el jardín. Las mujeres, de abanico en mano y vestido. Y los hombres, de sombrero, pantalón de campana y zapato de charol para el relumbrón. Pregona el coreógrafo y corrige: “Hombres, cuiden a su dama”.

Más allá las ollas de atole de masa de las mujeres que ofrecen buñuelos humean a la noche. Atraído por esa visión me acerco, pido uno. La anciana deja a un lado el rebozo y me sirve un jarro.

Esta noche de fines de enero hace frío. Y sopla un viento fuerte. A pesar del movimiento, la animación del jardín proviene del danzón, e irradia a los comercios y paseantes, quienes atraídos por la música y seducidos por el baile presenciamos la coreografía y aplaudimos tras cada ensayo.

La mezcla de aromas es intensa en un barrio que, a duras penas, podría decirse, todavía funciona como pulmón de una ciudad, donde el ruido de automóviles y camiones ya no es audible, porque el tráfico vehicular fue desviado desde hace años hacia Federalismo y Mariano de la Bárcena, cuando comenzaron las eternas obras de la línea 3 del Tren Eléctrico.

El barrio, más allá del perímetro del jardín y la parroquia, incluso en el recién estrenado Paseo Alcalde, luce aletargado, como si quisiera despertarse de una larga siesta. Dos cuadras abajo, sobre Liceo, el Mercado Alcalde permanece quieto, animal oscuro. Sin embargo, hay una viveza que se desprende de los puestos de cañas, buñuelos, tacos, atole, cacahuates; de las cenadurías y las antiguas panaderías de Manuel Acuña y Herrera y Cairo. De los numerosos vendedores que ofrecen medicinas a media calle.

El hombre que renquea corrige a una pareja que da un giro en la dirección equivocada. “Hacia la derecha, con paso doble”, grita. Y aplaude el esfuerzo.

Desde las bocinas instaladas en el atrio del templo nos llega el sermón de la misa, la voz del cura suena cascada, admonitoria; sin embargo, las notas del danzón ganan terreno y campean por todo el sitio. Y los espectadores lo agradecemos. Además, esta música le viene bien al escenario: porque de aquel viejo barrio de El Santuario de hace más de dos siglos, años en que su parroquia surgió como epicentro por iniciativa del Fraile de la Calavera, queda poco. O casi nada. Unas cuantas casonas, señoriales pero deterioradas, que fueron construidas cuando el barrio tuvo auge y familias acomodadas se vinieron al lugar con todo y sus bártulos.

En el barrio, como todavía es palpable, predominó la clase media, incluso pequeños negocios y fábricas, hilanderas y de oficios diversos. Hoy se le frecuenta, sobre todo, por los locales de medicinas, y algún trámite en el Palacio Federal, donde en un principio estuvo el Beaterío, una escuela para niñas de artes y oficios.

Le pago el atole a la anciana y hago rueda, como otros, a la coreografía. Un hombre viejo, de sombrero y bastón, cruza el jardín, elegante, parte plaza.

El barrio es también una flor de juegos antiguos. Y en ese sentido, sostiene una lucha frontal contra las ideas que trae aparejadas la modernidad. Las modificaciones o desaparición de los espacios, las construcciones y las palabras, el lenguaje como tal, es donde se evidencia este encuentro colosal. Y lo viejo, las más de las veces, queda noqueado, en la lona, de donde se levanta nada más que para retirarse a su esquina a rumiar su derrota.

Aun con tanto cambio y borrón y cuenta nueva en la fisonomía barrial, no es difícil imaginar al niño y adolescente Agustín Yáñez bajando por Manuel Acuña hacia el jardín principal del barrio. Espigado y vivaz, actuando, quizá, lo que años después escribiría en Flor de juegos antiguos, ese pequeño devocionario de las tradiciones y juegos infantiles de calle y barrio.

La historia de El Santuario, como barrio, sin duda la cuenta su gente, sus edificaciones, sus rumores de casa en casa. Pero de la gente propia del barrio queda poca, es escasa. El trazo arquitectónico original también se desdibuja, se pierde en el tiempo, pero sobre todo bajo esa manita de gato que supone la modernidad, lo propio de una gran urbe. Dejo atrás las notas del danzón y el jardín y me enfilo hacia Federalismo, pero todavía no cruzo la calle cuando una voz me saca de mi marasmo.

—¿Medicina? —por enésima vez me pregunta un hombre que pasea en bicicleta por la calle Pedro Loza. No se detiene, no espera respuesta. Su sombra se pierde al doblar en Hospital.

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