El rancio olor del aleph

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fotos del interior de la libreria de libros usados, ubicada en la calle Lopez Cotilla y Madero. foto giorgio viera.

Pilas de libros amarillos e incompletos que han perdido sus hojas como un hombre viejo pierde el cabello; tristes botaderos de a 10 pesos la pieza repletos de nada, estantes desordenados, libros vaqueros descontinuados y pornografía impresa con imágenes de gente que ahora debe de tener nietos, todo apilado junto a discos de acetato de Rocío Durcal y Topo Gigio. Lugares de donde rara vez uno puede exhumar un buen libro con olor a moho y la etiqueta de precio original aún pegada en su lomo. Es el juego de azar de comprar en una librería de segunda mano en Guadalajara.
Encontrar el libro buscado en una de estas tiendas requiere de muchos factores poco probables. Uno tiene que ser en parte arqueólogo, en parte lingí¼ista y comerciante, además de afortunado, para dar con el ejemplar perfecto en las condiciones correctas al precio adecuado. La mayor parte de las veces el comprador poco avezado se lleva una fea sorpresa cuando descubre que la edición que acaba de adquirir no es la misma que le han exigido en la escuela o en el despacho, y ésta va a parar directamente a la basura, lugar de donde, probablemente, acababa de salir.
La realidad es que la gente que compra libros en esta ciudad rara vez lo hace por gusto y no por pedido, y aquellos que sí lo hacen por lo general no son sibaritas de la literatura. Prefieren las comodidades del libro nuevo y de la gran librería: plástico contra la humedad y papel amarfilado, búsqueda computarizada por ISBN, lista de títulos escolares preseleccionados, secciones de autores recomendados y demás. Pero además existen otros dos grandes motivos para que las librerías de usados de Guadalajara agonicen: falta de interés por parte de sus dueños y poca publicidad.
Las grandes librerías muestran a sus compradores un brillante camino amarillo directo a la tierra de Oz a través del cual se les llena la cabeza con ideas pop sobre la literatura. La mercadotecnia ha vuelto el hecho de leer best sellers una cuestión de moda. Son, pues, los mercadólogos, no los autores ni los lectores, los que deciden qué está in leer. Las librerías de usados, por otra parte, no cuentan con grandes campañas publicitarias ni con pilas enteras de copias del autor más vendido del momento, y por si esto fuera poco, para el lector promedio, la actitud de algunos vendedores de libros usados tampoco ayuda.
Javier Valadez, dueño de la librería “El desván de Don Quijote”, ubicada en Lopez Cotilla 813, nos confesó que lleva 20 años dedicándose a la venta de libros usados, “por amor al libro”, y que su tienda ha estado abierta a su cargo por 14. Añade que en su negocio no hay épocas buenas o malas, que no teme a la competencia de librerías nuevas y que por lo general las ventas son parejas todo el año, “excepto cuando la gente quiere libros de texto escolares, porque aquí no tenemos muchos de esos”. Nos dice también que la gente busca más que nada libros técnicos especializados que ya no se consiguen en otras partes, y que eso, más que la literatura, es el pilar de su negocio. Todo suena muy bien hasta que decidimos ponerlo a prueba pidiéndole un par de libros técnicos cuyos títulos no sólo no reconoció, sino que además decidió no buscar a razón de contestar una llamada telefónica en su auricular de Bluetooth.
Situación semejante se nos presenta en la “Librería Cervantes”, situada en la Avenida Juárez a menos de dos cuadras de Federalismo. Su dueño, Alberto Cervantes, nos relata una situación similar con respecto al mercado de los libros usados. Nos dice que se dedica al negocio por gusto y que considera que la competencia de librerías nuevas no es su peor enemigo, sino la falta de lectores cultos. Nuevamente el problema viene con la consulta, pues cuando preguntamos por la existencia de algunas ediciones raras que podrían interesar a un par de lectores entendidos, nos contesta que él no maneja nada parecido a excepción de una edición de poemas firmada por Elías Nandino que no tiene a la venta, sino enmarcada entre cristales detrás del mostrador para que nadie la toque.
Pero a pesar de los problemas que algunas librerías de usados tienen en Guadalajara no todo está perdido. Negocios como la “Librería Romo”, que encontramos también en López Cotilla 667, o la librería “ítaca”, situada en Marsella a media cuadra de la calle antes mencionada, salvan a las demás de su especie. Sus dueños, verdaderos amantes de los libros, no sólo conocen su negocio a la perfección, sino que aprecian lo que las buenas ediciones de antaño pueden aportar al mundo de los libros.
La “Librería Romo”, así como “ítaca”, conjugan la venta de libros nuevos con la de usados y ostentan algunas ediciones raras o descontinuadas dignas de adquirirse. Sus dueños, además de cordiales, tienen bien organizados sus libros, acomodados por temáticas y en buen estado, al grado de que al estar entre sus estantes no pudimos evitar adquirir algunos títulos por demás útiles, como una edición en pasta blanda de la novela Mona Lisa acelerada, de William Gibson (hace años descontinuada en México por Minotauro), cuyo precio en lista triplica lo que pagamos por ella.
Ciudad de México, en la Donceles
En la capital de nuestro país la situación es diferente, al menos cuando hablamos de libros. Las librerías de la ciudad de México tienen la particularidad de poseer secciones enteras de libros protegidos con vitrinas y candados. El fin de estas medidas, inimaginables en las librerías de Guadalajara, es el de resguardar libros viejos, raros o descontinuados que están valuados en miles de pesos.
Los tesoros detrás de estas vitrinas, a veces intimidantes, son, por lo general, primeras ediciones, libros autografiados por escritores famosos o por presidentes; códices, libros raros en otros idiomas, ediciones ilustradas por artistas de renombre e incluso peculiaridades como una autobiografía de Porfirio Díaz editado en Inglaterra. Estas rarezas, por supuesto, distan mucho de ser baratas. Los dueños de estas librerías conocen perfectamente su valor, y por ello el costo de una primera edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, puede rebasar los 15 mil pesos.
Otra particularidad de estas librerías es su sistema de clasificación y sus muebles. Los libros generalmente están ordenados alfabéticamente por temas, por autores o por géneros en enormes libreros que llegan hasta el techo de las casas viejas que han sido habilitadas para la venta de libros usados. Frente a semejantes murallas de papel el visitante puede llegar a sentirse diminuto e impotente al darse cuenta de que el título que está buscando se encuentra varios metros por sobre del piso.
Una virtud más de estos negocios es la diversidad de revistas especializadas que tiene en existencia para que cualquier estudioso suba por unas escaleras empinadas y las saque de algún desván lleno de polvo, cuyo falso piso de madera se lamenta a cada paso. Algunas otras piezas no tan especializadas, como la revista El cuento de Edmundo Valadés, o algunos números de El corno emplumado podrían estar a sólo unos pasos de la entrada, junto a los viejos números del National Geographic.
A pesar de todas estas lindezas y virtudes, tan atractivas para quienes aman los libros, tanto en Guadalajara como en el DF la constante en las librerías de usado es la hostilidad de los dueños hacia los clientes y su desinterés por la actividad que desempeñan. Ante la solicitud de una recomendación para un lector novato, el señor Ubaldo López Casillas, dueño de la Librería Selecta y de la Librería Popular, contestó: “No sabría decir. Estoy sacado de onda”. Incluso la mención de la procedencia del cliente (especialmente si no es del DF), puede llegar a ser motivo de que el librero adopte una actitud negativa e incluso grosera con éste.
Mercurio López, dueño de las librerías Bibliofilia, Inframundo y Hermanos de la Hoja, nos hace una observación curiosa sobre uno de los libros más vendidos: El Príncipe, de Maquiavelo. Esta obra se vende todo el año, mientras que los libros esotéricos se venden más en la temporada decembrina. Algunos otros libreros señalan que sus tomos más vendidos son los de superación personal, los de técnicas de masajes y los de herbolaria, mientras que todos coinciden en lo lamentable que es la falta de interés en la lectura en nuestro país.
A manera de recomendación, el cazador de libros usados de la ciudad de México puede visitar, además de la calle Donceles, el centro de Coyoacán, el “tianguis de la Lagunilla”, el Paseo de la Condesa y “el pasillo del estudiante”, situado a un costado de la Biblioteca Central en la UNAM. De igual forma en la ciudad de Guadalajara los bibliófagos curiosos cuentan con otros lugares además de los locales ya mencionados. Dicho sea el caso del “tianguis de los libros” (como se ha dado a conocer popularmente), que se coloca la noche de los sábados sobre el camellón de la Avenida Chapultepec, el “tianguis cultural”, y los diversos puestos del “baratillo” que también se encargan de la venta de libros usados, si bien con poco cuidado y dedicación.

Una “mejicana”

Obra máxima de las llamadas “novelas de la revolución”, la crónica del autor jalisciense Mariano Azuela se imprimió en España por primera vez en 1930, en la mítica editorial Espasa-Calpe. Destacan las ilustraciones de Benet para las portada y su páginas interiores, además de las capitulares. En las últimas páginas de la primera edición se rescata la letra original de la “Adelita”, además de su partitura para ser interpretada.
Libreros de la calle Donceles en la ciudad de
México: 120 pesos.

Diamantes entre el cieno

La guerra del fin del mundo
(1981)
La primera edición de la novela de Mario Vargas Llosa es de Plaza & Janés. Destaca la ilustración de la portada, en la que aparece la figura del Consejero (héroe de la obra) correspondiente a un grabado reproducido en periódicos del siglo XIX, época en que se sitúa la historia.
Librería Cervantes: 120 pesos.

Terra Nostra
(1975)
La entonces editorial mexicana Joaquín Mortiz fue la responsable de editar por primera vez la novela de Carlos Fuentes. Este ejemplar fue encuadernado en tela y el tiraje de 10 mil ejemplares contiene además, litografías originales de Alberto Gironella.
Tianguis “Baratillo”: 80 pesos.

Cantares completos
(1975)
La obra cumbre del poeta Ezra Pound se imprime en español por primera vez por la editorial Joaquín Mortiz. Destaca la introducción, el anecdotario y la cronología escrita por el traductor, oriundo de Los Reyes, Jalisco, el erudito José Vázquez Amaral.
Librería frente al Roxy: 100 pesos.

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