El milagro de Bradbury

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Conocí Tucson en el invierno pasado. Caía una lluvia helada que calaba los huesos. Las cordilleras, que conforman Mont Lemon —a unos minutos de la ciudad y pasado un sensato tiempo—, se poblaron de nieve. De pronto el paisaje arizoniano, donde el sol deslumbra los ojos y baña el desierto y la vida urbana, desaparecieron para convidar a los sentidos a un distinto mundo…
En esa ciudad, a la que asistimos el 22 de febrero, en 1932 había vivido un niño que después se convertiría en escritor, y luego en una celebridad. Ray Bradbury tenía doce años y con su familia se trasladó a Tucson. Fue allí que descubrió la escritura. Fue allí donde comenzó esta larga travesía de vida y creación. En su más reciente libro, traducido al español, nos narra en breves palabras el descubrimiento de su vocación literaria, del desierto y el poder de la imaginación.
“…Regresamos a Tucson cuando tenía doce años; esta vez la vida allí me pareció aún más emocionante, porque nos instalamos a las afueras de la ciudad y tenía que irme caminando al colegio todos los días a través del desierto” —indica Bradbury en la introducción a la primera de las dos noveletas (En algún lugar toca una banda… y Leviatán 99) incluidas en Ahora y siempre, y publicadas por Minotauro en un volumen. Leviatán 99, desde mi punto de vista, es un fracaso literario y En algún lugar toca una banda… no es una novela, es un milagro de la vida y de la escritura. “Camino de mi clase de séptimo curso, pasaba ante fantásticas variedades de cactus, encontraba lagartos, arañas y, en ocasiones, serpientes…”; “…ése fue el año en que comencé a escribir”.
¿Un milagro? ¿Cómo nombrar a una escritura donde el tiempo ni el espacio existen? ¿Donde Summerton, un pueblo creado a partir de un viejo recuerdo, pleno de felicidad, se aparece en medio del desierto? A ese pueblo llega un viejo periodista y lo único que existe es el pitido de un viejo tren que nunca llega. Encuentra un hostal y se instala y le invitan a recorrer el pueblo, ¿qué encuentra? La inexistencia de las cosas. ¿Todo es un sueño? ¿Todo es una trampa de un recuerdo nacido en Bradbury a la edad de doce años? Quien en realidad vuelve a Tucson, vuelto Summerton es el viejo-niño Ray. Pero encuentra nada. ¿Nada? Los pobladores han tenido que inventar una argucia para atraer a los escritores y colocarlos en la posibilidad de una biblioteca de inmortales. Allí están ¿quiénes? Todos los grandes autores de escrituras que han transformado al mundo desde la poesía, la narrativa, la historia… Pero es el lector quien recorre, en realidad, ese pueblo casi fantasma: revive cada vez que alguien abre unas páginas de ciertos libros y el mundo despierta. El autor, Bradbury, retorna al año de 1932 y nos describe la felicidad de un descubrimiento en su vida: la vocación literaria. No lo dice así, lo evoca y nos entrega la pasión, el sueño… el deseo del retorno.
Porque En algún lugar toca una banda… surge de una imposibilidad humana, aquella de encontrar el espacio y el tiempo donde se fue feliz. Ray Bradbury responde a sus viejas deudas de escrituras, y este breve texto responde a Fahrenheit 451 (1953), donde son quemados todos los libros, porque leer representa un peligro para el Estado. Ahora Bradbury despliega sus dones y coloca a los libros en un espacio excepcional, y les otorga la distinción de ser no objetos, sino creaciones exquisitas del género humano. Son el súmmum de la humanidad. Pero allí, en Summerton, albergan a los grandes libros y a sus autores y los ponen en la delicia de los ojos de cada lector del mundo para que cada vez que sea abierto uno el universo vuelva a crearse. No hay espacio ni tiempo: todo es inmortalidad. El viejo periodista es invitado, pero declina la invitación de momento. Luego regresa, pasado un tiempo, y ya no encuentra al pueblo: ¿se ha cerrado para siempre? Ha desaparecido y lo único que queda es el tren y su sonido en el aire. Así como lo describo parece simple: ¿no me fue dado el don de poder describir el milagro?
Me niego a hablar del fracaso que es Leviatán 99 —digo, solamente, que es una pobre respuesta a las Crónicas Marcianas de 1950.