El «humorista» Mark Twain

Conocido por muchos como escritor de novelas juveniles, y por los demás debido al humor del que hacía alarde en sus escritos y conferencias, en obras como "Las aventuras de Huckleberry Finn" el escritor norteamericano nos lega no sólo documentos literarios, sino documentos históricos sobre las costumbres, creencias y la esclavitud que caracterizaban la sociedad estadounidense de su tiempo

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En la primaria, sor Consolata conservaba como libros preciosos a Las aventuras de Tom Swyer y Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. “Si te portas bien —decía desde su escritorio— te presto estos libros”. Para ella, la lectura era un premio que se tenía que merecer. Alta, de carnes enjutas y vestida de negro, pontificaba: “Tenemos la inteligencia —remarcaba con el dedo índice apuntando al cielo al igual que la ceja— y con ella el hombre hizo la escritura y la lectura”.

Ella como algunos otros consideró a Mark Twain (Samuel Langhorne Clemes 1835—1910) como un escritor para niños y jóvenes. Los más, sólo lo consideraron como un humorista de los buenos. En sus conferencias, Twain comentaba que él, con su nacimiento, había incrementado en uno por ciento los habitantes de Florida, Missouri, su pueblo natal: sólo había cien habitantes. También solía confiar que a los cuatro años de edad (otros escriben que a los quince días de nacido) su hermano gemelo murió ahogado. “Desde entonces no sé si yo soy yo o mi hermano”, afirmaba con desenfado.

Twain es un sinónimo. Es una expresión de los navegantes del río Mississippi que significa la marca de dos brazas de profundidad, una medida fluvial.

Sus lectores siempre apreciaron sus novelas y conferencias. Entre ellos destaca uno que sostuvo: “…toda literatura moderna sale de un libro de Mark Twain titulado Huckleberry Finn. Es el mejor libro que hemos producido. Toda la literatura norteamericana emerge de esta novela”. Su nombre era Ernest Hemingway; y es mucho decir ya que antes está Moby Dick (1851) de Melville.

Twain advierte desde el inicio de su novela que “Huck vive en los Estados Unidos, en una época que destaca por la pobreza y la esclavitud”. Así la novela registra costumbres y supercherías de la época y que todavía perviven, como la de tirar sal por encima del hombro izquierdo para “conjurar la mala suerte”. Dividida la novela en 43 breves capítulos, éstos se deslizan rápidamente por su lenguaje sencillo haciendo la lectura liviana. “La novela exhala un cariño familiar, con un sentido de la caricatura y la parodia… ”, escribió Pérez Gallego.

Las aventuras de Huckleberry Finn fue vetado por algunos profesores por sus expresiones peyorativas: el adjetivo negro cargado a una persona es usado en la novela más de doscientas veces. Sostienen que lastima a la sociedad “por su carga racista”. Esta acción ha levantado las opiniones como tolvaneras. Una a destacar es la de la Dra. Churchwell: “… la culpa del destierro de Huckleberry Finn de los programas escolares es de los educadores, no del lenguaje del libro. No se puede decir ‘modificaré a Dickens para que sea compatible con mi método de enseñanza’. Los libros de Twain no sólo son documentos literarios, son documentos históricos, y esta expresión es totémica, pues codifica toda la violencia de la esclavitud.” Historia y literatura se unen para dejar un documento que registra la sujeción hacia los afroamericanos.

Melville hizo navegar el ballenero Pequod por los mares del mundo para contar su historia. Twain deslizó una sencilla canoa por las aguas del Mississippi. Ahí, Huck y Jim huyen aguas abajo; el primero de las reglas sociales, buenos modales y religión; y el otro de la esclavitud.

Leer Las aventuras de Huckleberry Finn de niño es ser parte de la tripulación que navega por el Mississippi. Leerla de adulto es sentir los sufrimientos de los afroamericanos por intereses de unos cuantos, eso sí, religiosos hasta la médula.

La noticia de la muerte de Twain remarcó su fama de humorista. En sus últimas horas de vida les dijo a las enfermeras: “¿Por qué luchan ustedes para conservarme la vida? Lo mismo me da dos días de vida que cuatro”. Fumador empedernido por más de cincuenta años, falleció por angina pectoral.

Acá en México, El Imparcial (22 de abril de 1910) cabeceó en primera: “Muere el humorista Mark Twain”. La mayoría lo conoce ahora como el  autor de cientos de frases célebres para toda ocasión. A manera de ejemplo: en esta época del internet, donde predomina el escrito breve, la mercadotecnia utiliza una de sus sentencias: “Si hubiera tenido más tiempo, hubiera escrito una carta más corta”. Es claro que de estas palabras emana el pensamiento de Baltasar Gracián: “Lo breve, si bueno, dos veces bueno”.  Y ésta trae ecos de Hesíodo: “El mejor tesoro de los hombres, una lengua parca…” La calidad por encima de la cantidad, virtud que escasea en los textos de internet y más en los chats.

Días antes de su fallecimiento, un periódico se atrevió a titular su nota: “Mark Twain a las puertas del sepulcro”. Otro anunció su muerte cuando ésta aún estaba lejana. Twain le envió un carta: “Señor Director.— Su periódico de usted publica hoy una noticia que me parece un poco exagerada…”.

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